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Zaqueo, Tim Guénard y la Misericordia de Dios

Pasó hace dos mil años con un recaudador de impuestos que se arrepintió, y sigue pasando hoy en día con los pecadores más o menos públicos que deciden acercarse al maestro: el Señor les mira, se queda en su casa y todo cambia.

Inesperadamente. No creo que Zaqueo haya puesto en su agenda que ese día pasaría Jesús por su ciudad. Ni que él, Zaqueo, se subiría a un árbol para verle; ni que, en segundo lugar, le tendría como invitado en su casa… mucho menos que terminaría diciendo: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más” (Lc 19, 8). ¿Qué pasó en el corazón de este hombre?

Es curioso, porque Nuestro Señor dice que hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve que no necesitan convertirse (Lc 15, 7), pero no nos dice lo que el pecador experimenta con el perdón. El gozo profundo de ser mirado con la Infinita Misericordia de Dios. De participar en la misma vida de Dios por la gracia… Eso lo deja como una sorpresa para que cada uno de nosotros lo experimente en primera persona.

Hace unos años salió un libro autobiográfico titulado “Más fuerte que el odio”. Es la historia de un hombre, Tim Guénard, que ha sufrido y sido odiado desde su más tierna edad. De un hijo pródigo que se ha escapado de la casa paterna para dilapidar su fortuna de manera disoluta.

Como respuesta él mismo ha odiado al mundo y a los que le humillaron. Desde sus padres que le abandonaron y maltrataron, hasta los que regentaban el orfanato al que fue asignado, o las personas que abusaron de él durante su juventud como vagabundo por las calles de París. Dentro de esta vorágine de sufrimiento, de rencor encallecido… se abrió una pequeña rendija dentro de su alma endurecida a través de una mirada de bondad. Primero por parte de un vagabundo, León, que le enseñó a leer. Después un policía que le había tratado con humanidad. Y por último de una jueza “de ojos verdes” que supo mirarle con cariño “como a su hijo”. Ese pequeño resquicio abierto, fue el modo en el que el Dios de la misericordia, “Big Boss”, como le llama él, salió a su encuentro. “Mi vida sin Big Boss era como una comida con mucho vinagre, y hoy mi vida es como un pastel”.

El encuentro de Tim con el rostro misericordioso de Dios no fue a través de una conversión aparatosa, no fue un momento de iluminación tan al gusto de Hollywood. Fue el encuentro paulatino, pero real, con un Amor que él anhelaba recibir a través de personas concretas. “Amar es creer que todas las personas heridas en su memoria, en su corazón o en su cuerpo, pueden transformar su herida en fuente de vida. Amar es depositar expectativas en el otro e inocularle el virus de la esperanza.”

Cuando nos encontramos frente a la fuerza de la Misericordia de Dios… sentimos vértigo. Nos supera, nos envuelve, nos transforma. ¿Quién puede comprender hasta dónde llega la locura del Amor de Dios por el hombre? Pero Dios no atropella y nos va acompañando hasta que podamos mirarle a los ojos, y mirarnos a nosotros mismos de la misma manera con la que él nos mira.

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