“Yo no le dije nada”

4097178488_85bdb622ec_bYo no le dije nada. Se levantó de la banca, se acercó a Ramón, le agradeció por la ayuda y se fue con lágrimas de felicidad en sus ojos. Yo no le dije nada. Me levanté de la banca, pregunté a Ramón qué le había dicho la señora a él y después me puse a terminar mi rosario. Yo no le dije nada. Después salimos del Domo, subimos al coche y nos fuimos de ahí, pero en lo único que yo pensaba era en que no le dije nada.

Era el día de San José obrero. Nos encontrábamos en la calurosa pero hermosa ciudad de Reggio Calabria, al sur de Italia. Buscábamos el Domo de San Pablo para estar presentes en la misa. La peculiar deformidad de las calles y avenidas italianas, en particular aquellas del sur del país, hacían que perdiera el norte con facilidad mientras manejaba. A pesar de llevar conmigo el navegador GPS, no lograba llegar a mi destino. Después de media hora de vueltas-y-vueltas, arribamos a la tan demandada Basílica.

Eran cerca de las once y media de la mañana y el tráfico había aumentado en el centro de la ciudad. Gracias al cielo encontramos un lugar. Me estacioné. Al ingresar ahí y ver la iglesia vacía, pensé que habíamos perdido la misa o que habían cambiado el horario. Ya decididos a retirarnos para buscar otra parroquia, el sacristán nos vio, se acercó a nosotros y nos comentó que la celebración sería en la primera capilla de la nave lateral izquierda: comenzaría en cinco minutos. Llegamos justo a tiempo.

Al terminar la celebración, hice mi genuflexión ante el sagrario rápidamente para salir de ahí y partir hacia nuestro siguiente destino. Di media vuelta, metí mi mano en el bolsillo, y al querer tomar la llave del automóvil, sentí que portaba otra cosa. Me alegré al reconocerlo: era mi rosario.

Ni tardo ni perezoso me dispuse a rezar el rosario caminando por las naves de la basílica calabresa. Repasaba cada una de los altares, me detenía a observar los diversos frescos… me imaginaba como uno de esos peregrinos medievales: comenzando su itinerario por la nave derecha, venerando una-a-una las reliquias de los santos custodiados en las capillitas, pasando luego por la girola para colocarse en la nave opuesta y terminar su recorrido…

Mi sueño medieval se vio interrumpido por una señora que me venía siguiendo. Sentía su presencia detrás de mí. A un cierto punto, decidí voltearme para encararla. Tendría unos cincuenta y cinco años, cabello negro, de baja estatura y algo de sobrepeso; vestía pantalón de mezclilla y una blusa roja de manga corta. Me miraba con cierta tristeza y algo de pena. Se acercó a mí. Me preguntó si podía hablar conmigo y le dije que sí. Nos sentamos en la última banca de la nave central. Siempre procuraba mirarla a los ojos, pero ella a mí no. De hecho, ella siempre mantenía la cabeza gacha, como si contemplara lentamente el suelo. Sin previo aviso, comenzó a decirme lo siguiente:

—Padre, tengo tres hijos, soy viuda, no tengo trabajo, no tengo para comer y quisiera trabajar. He buscado trabajo por todos lados, pero es inútil. Hoy vine con el Obispo a pedirle trabajo, a lo mejor necesita alguien para lavarle la ropa, hacerle de comer, limpiar la iglesia, pero dijo que no podía ayudarme, que me fuera: ¿Qué hago?

Segundos después de formularme la pregunta, la señora alzó la mirada y la dirigió hacia mí. Ella quería una respuesta, una ayuda, un consejo y lo quería de mí. Buscaba palabras de aliento y las buscaba de mí. Pero yo no sabía qué hacer, qué decir. Ahora se cambiaban los papeles: la que me miraba inmutablemente a los ojos era ella y el que bajaba la cara para contemplar-el-suelo, era yo. Pensé un momento. Realmente no sabía qué decirle. Tenía el rosario en la mano…¡tenía el rosario en la mano! Esperé unos segundos y le dije:

—Señora: no soy sacerdote todavía, soy seminarista. Tengo veintitrés años, soy muy joven. Además soy extranjero, vengo de México. Quisiera ayudarla, pero no sé cómo…—en eso sujeto fuertemente el rosario y le digo: —lo único que puedo hacer es encomendarla a María de Guadalupe para que le ayude y la asista en este tiempo de dificultad. De hecho estaba rezándolo antes de hablar con usted.

—¡Guadalupe! Exclamó la señora con un gesto que hizo que sus ojos irradiaran como de una esperanza bebé que acaba de nacer. —¡he escuchado hablar de ella y la he visto en imágenes! Cómo es bella la Señora de Guadalupe.

En eso me acordé: tenía justo en el carro unas estampas de la Guadalupana con las palabras que ella dijo al indio Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” Inmediatamente me levanté, y salí corriendo de la Iglesia. Llegué al automóvil, tomé una tarjeta, regresé rápidamente y se la di a la señora, la cual muy sonriente la aceptó con regocijo.

Ella veía y veía la estampita. Yo estaba muy emocionado y comencé a contarle la historia de la Virgen. Comencé a elevar la voz dentro de la Iglesia sin darme cuenta. Era impresionante. La virgen de Guadalupe no estaba conforme con ser la emperatriz de América. Buscaba más. Quería reinar en los corazones de los europeos, quería estar en el corazón de esa señora y darle consuelo.

Yo no me había dado cuenta, pero una mujer que se ubicaba tres bancas delante de nosotros, escuchaba la conversación. Me percaté de ello, porque nos hizo una seña con la mano, indicando que quería hablar con la señora que estaba conmigo. Ella fue y se sentó a lado de la mujer. Hablaron un par de minutos. Después regresó, y me dijo que esa mujer con gusto le ayudaría: le ofreció un trabajo en su casa como ama de llaves. Ella aceptó. Después de lo ocurrido, la señora no dejaba de agradecerme por lo que “le había dicho”.

—¿pero qué le dije?— le decía, por una parte a la señora y por otra a mí mismo.— Lo único que le dije fue que yo era joven, que no sabía cómo ayudarla… ¿qué rayos le dije?

Y efectivamente, yo no le dije nada. Se levantó de la banca, se acercó a Ramón, le agradeció por la ayuda y se fue con lágrimas de felicidad en sus ojos. Y efectivamente, yo no le dije nada. Me levanté después de la banca, pregunté a Ramón qué le había dicho la señora a él y después me puse a terminar mi rosario. No le dije nada. Después salimos del Domo, nos subimos al coche y nos fuimos, pero en lo único que pensaba yo era en esto: No, yo no le dije nada: todo se lo dijo La Virgen de Guadalupe.

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