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“Winter is here”: Ignacio de Loyola y Agustín de Hipona cabalgan hacia el Muro

Reflexiones teológicas sobre el último episodio

(AVISO: “The night is dark and full of spoilers”…así que no nos hacemos responsables de los que puedas leer a partir de aquí…)

La temporada 7 de Juego de Tronos se cierra con demasiado buen sabor de boca: ¡casi parece que a los “buenos” les van bien las cosas! Ya la serie, pese a sus añadidos de violencia y de sexo, es probablemente más amable, en este sentido, que los libros: los personajes son menos complejos, resulta más fácil clasificar a muchos de ellos como “buenos” – aunque no carezcan de defectos – y son menos rematadamente desgraciados. No sé: los diálogos en casa Targaryen son de un idealismo conmovedor. A Tyrion la serie le perdonó la nariz cortada, y su humanismo y desinterés le han convertido en una especie de pequeño Papa Noel, lleno de sabiduría y bondad, que hace las veces de director espiritual para Danny, ayudándole a controlar sus peores impulsos. ¡Y hasta Brienne tiene quien le guiñe el ojo! Littlefinger es castigado, y el final de temporada tomó un color definitivamente apastelado en el momento en que casi pareció que hasta incluso Cersei también se iba a sumar al carro de los buenos….fue instante glorioso: la escena estuvo a milímetros de precipitarse en una  canción Disney.

Bromas aparte: lo cierto es que se atenúa la política y renace la épica. La común amenaza parece devolver el sentido común a Westeros, y los jugadores del “Game of thrones” podrían aparcar sus diferencias y encontrar de nuevo la senda hacia la paz y el bien. Aunque la amenaza parece ser también una piedra de escándalo, que hace manifestar lo que hay en los corazones: saca lo mejor y peor de cada uno. Sale a la luz la opción más radical de cada corazón: estar dispuesto a posponer, arriesgar o incluso sacrificar la ambición, el honor, el poder y hasta la propia vida por el bien de todos, por el bien de la Humanidad…o bien coger tus barcos y encerrarte en una isla hasta que pase la tormenta, esperando que el Mal no llegue hasta tus puertas: aunque muera el universo entero, aunque todo Westeros sea devorado por el Invierno y sólo queden los lobos para hacerme compañía. “Yo, minoría absoluta”. O peor aún, fomentar el Caos y utilizarlo como escalera para trepar, abonando el propio ascenso con los cadáveres de mis semejantes. Porque apostar por el bien común es siempre un riesgo. Implica confiar en los demás. Implica no tener el control de todo.

Pero hay que elegir. Son sólo dos las opciones. Como las “dos banderas” que nos presenta San Ignacio de Loyola en sus “Ejercicios Espirituales”: la de Cristo y la del Diablo. Y elegir la bandera del Diablo no significa adorar a Satanás. Creo que a muy poca gente se le ocurriría no someterse a un dios como Dios y arrodillarse en cambio ante un diablo como el Diablo. No: elegir la bandera de Lucifer significa elegir lo que él eligió: “Non serviam”, no serviré. Me amaré sólo a mí mismo y no dependeré de nada que no sea yo.

San Agustín, unos cuantos siglos antes, habló más bien de dos ciudades: la ciudad del amor a Dios hasta el olvido de uno mismo, y la ciudad del amor a uno mismo hasta el olvido de Dios. Amor a uno mismo, que como señala Ratzinger, no es verdadero amor, sino egoísmo. Y, cuando hablamos de amor a Dios, será bueno no olvidar tampoco, como decía San Ignacio, a “Dios en todas las cosas”. La Filosofía y Teología católicas enseñan que Dios está presente en todos los seres. Él es el Ser por excelencia, Él es, como dijo a Moisés “el que es” (“Yo soy el que soy”, o “el que es”). Todos los demás seres (átomos, elementos químicos, seres vivos, animales, seres humanos) existimos en la medida en que “participamos” de Dios y somos sostenidos por su aliento creador; y nuestra vida, identidad, bondad y belleza son un reflejo de la suya. Nos da el “ser”, que podemos imaginar -simplificando a lo bestia y al borde de la herejía- como una especie de “Fuerza” al estilo de Star Wars, una energía primordial de la que está hecho todo lo que existe; como la luz que está tras todos los colores. Por ser creaturas hechas de “ser”, no somos Dios, pero “en Él somos, nos movemos y existimos”. Por eso está siempre unido el amor a Dios y el amor al prójimo (y en realidad, como subrayan los cristianos orientales, también el amor a todo lo creado, a todo el universo). Cuando el hombre valora, respeta y defiende a sus hermanos, o cuando custodia la creación, está en realidad adorando el brillo de Dios presente en todas las cosas.

Los hombres aman ese ser presente en todo (que es a la vez verdad, bondad, belleza) de modo natural. Están hechos para ello, no pueden no hacerlo. Pero lo primero que aman, más espontáneamente, es su propio ser, y lo que les parece que les “afirma” en su ser, perfección y belleza: buscan su propio bien. Todo parece lógico hasta ahí. El misterio es que, si el cristianismo es verdadero, Dios no es así. Dios es una Trinidad de tres personas que se entregan totalmente el uno al otro, y en esta entrega mutua son una explosión infinita de ser, de belleza, de bien, de felicidad. Y Dios invita a los hombres a hacer lo mismo: a soltar sus manguitos y sus flotadores, y a lanzarse a la piscina; a vivir existencias “des-centradas”, a pasar del buscar el “ser-para-mí” a la actitud de “yo-para-el-ser”: a amar. Y lo más sorprendente es que, cuando lo hace, el hombre alcanza de golpe la felicidad que perseguía inútilmente en sus vanos esfuerzos de autoafirmarse y realizarse. La felicidad resulta ser como la puerta de Atreyu en la Historia Interminable: sólo se abre cuando no la buscas por sí misma. “El que pierda su vida por Mí (recordemos el alcance de este “”) la encontrará”. El bien es fecundo y siempre hay más felicidad en dar que en recibir.

El mal, en cambio, es siempre parásito: no hay nadie, nadie, que busque el mal por el mal, ni siquiera Satanás. Mal significa en realidad “mi (falso) bien buscado de espaldas al resto del universo”. Significa amar mi limitada luz sin querer compartirla con otros, ignorando que el fuego crece, no disminuye, al compartirlo, y que así mi luz se irá haciendo cada vez más pequeña. Como, de nuevo en la Historia Interminable, el recuerdo de la Emperatriz en la mente de Bastian. Esa clase de amor es el que tiene Cersei por su familia. Parecería que le honra, pero todo parece indicar que es realmente más egoísmo que otra cosa. Su amor por sus hijos parece más el cuidado que tiene por una parte de sí misma, que la entrega a otra persona que se sostiene por sus propios pies. La prueba es que, cuando los pierde, nada le impide seguir su juego. Parecería que lo hace por Jaime, que quedan el uno para el otro…pero este último episodio parece disipar hasta esa idea. Cersei juega por Cersei, y si está realmente embarazada, su bebé no significa para ella sino la prolongación de su egoísmo. Sí, desgraciadamente es posible. Es posible “amar” apasionadamente de forma apasionadamente egoísta.

Y el mal, además, no paga bien. Dice San Pablo que el salario del pecado es la muerte. Y no porque el Dios del Olimpo nos castigue con sus rayos: somos nosotros los acusadores, jueces y verdugos de nuestra propia ejecución.  “El que quiera salvar su vida, la perderá”. Como Littlefinger. Su drama no es realmente no es ser degollado por Arya. Su drama es la soledad. Es un hombre siempre solo, y si en un final alternativo hubiera ganado el “Game of thrones”, seguiría siéndolo en grado superlativo. Se puede ganar el juego y fracasar como hombre: reinar sobre Westeros y sentir que “todo es vanidad y atrapar vientos, porque la escena de este mundo pasa”. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma, si se encierra en el egoísmo y en la esterilidad? Una vez más: “hapiness only real when shared”. Ratzinger apunta, en este sentido, que el infierno es precisamente “la soledad irremediable en la que no puede penetrar ningún ‘tú’”, la soledad absoluta libremente elegida y reafirmada hasta el final…y al final de la partida, ese es el único fracaso que cuenta.

Esas son las dos banderas. Amarse uno mismo – y encerrarse en el propio egoísmo- o amar al Ser y a los seres más allá del propio ser- y así, de un modo misterioso, realizarse y alcanzar la propia plenitud, en un camino que va de la cruz a la luz. Claro que muchos hombres pueden no saber esto. Pueden no saberlo, y sin embargo estar amando el Ser, estar adorándolo allí donde lo intuyen; pueden no saberlo y estar intentando amar de verdad. Quizás no entiendan por qué hacen el bien, pero les basta saber que son “the shield that guards the realms of men”.

Aun así….permitidme una provocación final. ¿Realmente es posible amar así? ¿Sostener en el tiempo vidas “des-centradas”, buscando amar y servir? ¿No somos todos un poco Cersei, las más de las veces? ¿No es verdad lo que decía el Grand Maester Pycelle, de que todos los hombres albergan el asesinato en sus corazones? ¿Somos realmente capaces, con nuestras propias fuerzas, de salir del campo gravitatorio de nuestro egoísmo? ¿No será el cristianismo un yugo demasiado pesado, un ideal bonito, sí, pero imposible, que acabará por rompernos y amargarnos? ¿Con qué dragonglass daremos muerte a nuestro egoísmo? ¿Pueden nuestras obras buenas pagar por todos nuestros crímenes?

Dejémoslo ahí. Tal vez otro día exploremos el tema de mal en el corazón de los hombres de Poniente, y su búsqueda de Redención. (“…que tire la primera piedra: Pecado y Redención en Westeros”).

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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