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“Volare”

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Volare… oh oh!

Cantare… oh oh oh oh!

Nel blu dipinto di blu

Felice di stare quaggiù…

 

Fue la primera vez que oí su voz… y cuando lo escuché, fue cantando. Volare, esa canción famosa de Domenico Modugno que se convirtió en un himno de la música popular italiana. Volare. Curioso. Anteriormente la había escuchado, interpretada de una forma chusca en un video casero por un par de chinitos. Ellos eran muy graciosos, principalmente porque la grabación de su malogrado intento de proyecto musical, se desarrollaba nada más y nada menos que en la cocina de su casa. En el video no había coreografía ni bailarinas, pero no podía faltar la presencia femenina en persona de la mamá de uno de ellos que, lavando la vajilla, esperaba desesperada a que los “niños” terminasen de jugar.  Pero ahora, esa canción tiene un significado muy diverso para mí.

 

Penso che un sogno così non ritorni mai più,

mi dipingevo le mani e la faccia di blu,

pur d’improvviso venivo dal vento rapito, e incominciavo a volare nel cielo infinito…

 

Todo comenzó por una enfermedad. Roma me dio —mejor dicho, nos dio, porque fuimos cinco los afectados— una calurosa bienvenida con una infección de hepatitis A, causada por unas moras que comimos en un postre.  Al menos yo empecé a sentir una fiebre sinigual, dolor de estómago, escalofríos… eso sin dejar de advertir el notable color amarillo que corría por la cara de mis compañeros. Los que teníamos los síntomas tuvimos que dirigirnos cuanto antes al hospital. Era de noche. Al llegar a urgencias, el doctor de guardia no quería recibirnos porque “no era hora”.

—¿Cómo que no es hora?—dije a mis adentros reclamando— ¿acaso los virus tienen horario laboral?

Después de un estira-y-afloja accedió a recibirnos, nos hizo una revisión general, tomó nuestros datos, nos registró y colocó en una habitación. Haciendo el trayecto hacia mi cuarto asignado —que por cierto, era una habitación de dos camas—, en el pasillo escuché esa voz, y sin darme cuenta, me encontraba compartiendo habitación con él. Sí, con él…

 

E volavo, volavo felice più in alto del sole ed ancora più su,
Mentre il mondo pian piano
spariva lontano laggiù,
Una musica dolce suonava soltanto per me…

—esta es mi canción favorita, ¿sabes? Y así me encuentro ahora: volando, alto, muy muy alto…— dijo dirigiéndose a mí el desconocido señor que miraba sin descanso el techo del cuarto, tronaba los dedos a un cierto compás y no se percataba que, más que volar, estaba atado y entubado en una cama.

—Sí, es muy bonita la canción— respondí más que por sinceridad por compromiso mientras me quitaba los zapatos. — ¿Cuál es su nombre, señor?

Recuerdo la posición en la que se encontraba ese hombre: totalmente recostado y boca arriba. Estaba semi-desnudo. Su edad oscilaba entre los sesenta y los sesenta y cinco años; tenía el cabello canoso, nariz aguileña y la tez morena, propia de los habitantes del sur de Italia. Desgraciadamente, algo me saltó a la vista y me desvió hacia su entrepierna. Me percaté de que padecía de un edema escrotal, cosa que hacía más repulsivo y difícil el momento para mí.

E volavo, volavo feli… (Creo que le corté la inspiración). Me llamo Luigi. Se nota a leguas que no eres italiano.

—de hecho, acabo de llegar a Roma. Soy mexicano. Me llamo Alberto.

— ¡Ah! ¡México, México! ¿Cómo va esa canción de México? ¡Canta y no llores! ¡Cómo es bella esa música mexicana! ¡Ay, ay, ay ay!

—sí, mucho— contesté. Esa fue la puerta que necesitaba abrir Luigi para que yo pudiera dialogar con él.  Posteriormente, hablamos de una forma tan natural, que pareciera que conversara con un conocido; me imaginaba en él a Don Jaime, el panadero de la esquina de mi casa en México, o a Tóbal, el vecino que tenía enfrente de mi casa y que tenía la fama de ser el de mayor edad de la colonia. Fue así que tanto mis miedos por el inseguro italiano que maniobraba, como el disgusto causado por la imagen que vi anteriormente, se desvanecían poco a poco…

 

Ma tutti i sogni nell’alba svaniscono perchè quando tramonta, la luna li porta con se;
Ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli
Che sono blu come un cielo trapunto di stelle…

 

Además del edema, Luigi sufría de una hepatitis crónica. Casado, pensionado, cuatro hijos… en fin, toda una vida y una familia hecha. Me tocó conocer a tres de sus hijos. Paola, la menor, fue la primera en visitarlo. Ella trabajaba en el gobierno como asesora de los inmigrantes que llegaban a Italia. Resultó que ese día era el cumpleaños de Luigi. De eso me di cuenta porque Paola le llevó un pastel y regalos, además de corear el tanti auguri a te a su querido padre. Luigi se sentía muy feliz al lado de su hija. Para él, el obsequio más hermoso que pudo haber recibido en esa mañana, se le cumplía en la persona de Paola. A Luigi se le veía muy contento. De hecho, cantaba Volare y repetía el felice di stare quaggiù del coro una y otra vez. Eso fue por la mañana. En la tarde, llegó su hijo Maurizio junto con Letizia, su novia. Le llevaron comida —libre de sales, o sea, insípida, por su delicada salud— y ambos comenzaron a contarle lo que habían hecho en el verano.

En un inicio, yo intentaba respetar el espacio de Luigi para que pudiera disfrutar de su familia, pero al final, él mismo me iba involucrando en el buen ambiente que tenían y en las conversaciones, de una forma tan sutil como la humedad entra en una casa.

Dai, Maurizio, vieni qua, ma guarda che bravo ragazzo! È messicano!— decía Luigi a su hijo haciendo ademán de manoteo de fuera hacia dentro tan propio de los italianos.

De esa forma él me presentaba sus familiares. Me llegué a sentir en ocasiones parte de su familia. Cantaba y me repetía ¡Messico, Messico! ¡Viva Messico! Era una persona muy positiva, o al menos eso parecía. Me inyectaba mucho ánimo. A su lado, mi enfermedad se volvía fútil, e incluso, estúpida ¿Qué derecho tenía yo de quejarme de mi fiebre teniendo el ejemplo de Luigi? Todo se volvía más llevadero, incluso aquéllos exámenes vergonzosos que me aplicaban las enfermeras periódicamente. Ambos platicábamos de diversos y muy interesantes temas. También, me motivaba a salir de la estancia para visitar a mis otros compañeros dispersos por el hospital. De hecho, me fugaba intentando no ser descubierto por las apáticas asistentes que me atendían, pero especialmente por el doctor encargado, que me regañaba por todo.

Encontré a uno de mis compañeros, David, que le tocó compartir cuarto con un musulmán de muy descuidada higiene. Me contaba que podía escuchar a la perfección la acción de masticar, deglutir y tragar cada bocado que tomaba su compañero de habitación. Era algo desagradable. Otro amigo, Felipe, compartió estancia con El Romano, que se hizo famoso entre nosotros por sus constantes riñas entre los italianos que no pertenecían a la capital. Se peleaba con quien fuera. A pesar de su carácter, tenía un corazón muy noble.

Una vez, decidí visitar a Felipe y al Romano a su habitación para ver juntos un juego de fútbol de la Serie A por la noche. Todo salió conforme al plan: yo tenía que cenar rápido y cruzar la puerta después de la revisión ordinaria de la presión y la fiebre que se hace cada noche. Hubiera preferido no ir a ese juego, pero, viendo en retrospectiva, creo que fue mejor para mí. Todo parecía color-de-rosa, hasta que escuché el sonido gutural de vómito que provenía de mi cuarto. Era Luigi. Rápidamente me dirigí a la habitación, me situé justo en el marco de la puerta de entrada apoyando ambas manos en el marco, pero al volver mi mirada hacia adentro, un instinto casi animal, diría yo, me hizo volver mi cuerpo de espaldas a la pared externa de la habitación. Era vómito de sangre, llamado técnicamente hematemesis. Lo peor de la situación era que, aunque hubiera querido ayudar, no podía, no sabía.

Dejé entrar al médico y a las enfermeras para que se hicieran cargo del escenario. Atendieron a Luigi, limpiaron la suciedad de la habitación, y después de hora y media me permitieron pasar. El Luigi cantor que conocí había huido. Ahora, un cuerpo tembloroso y asustado se había apoderado de él: sonidos —más que sonidos, quejidos— que salían débilmente de su boca, sustituían el alegre y melodioso volare que anteriormente recitaba; aquéllos dedos melodiosos que solían reemplazar la rítmica batería de la pieza musical, ahora estaban apoderados de un temblor consecuencia del mal de Parkinson. Viendo mi estado de shock, el doctor se dirigió a mí y dijo que el vómito era causado por una úlcera estomacal, causada en parte por la hepatitis que sufría, y que debía tener mucho cuidado al acercarme a él, porque podría infectarme.

Poco tiempo después, me recosté en mi cama y me dediqué a observarlo en silencio. Tiritaba bastante. Trataba de conseguir una charla con él,  hablar de aquellos temas que le gustaban, a lo mejor le encantaría platicarme algo sobre Italia y sus lugares más hermosos, como Florencia, Venecia o Campaña; posiblemente le interese saber algo más de mi país, a lo mejor conocía la música del norte de México, probablemente había escuchado El Rey o México lindo y querido, … todo era inútil.

—Alberto, te..te..tengo frío, pero también tengo miedo, sobretodo tengo mimimimiedo…¡no quiero morir así!— repetía con las manos aferradas a su cobija ya arrugada por la fuerza de las mismas. No llegaba a captar si en verdad se dirigía a mí, o al techo que no paraba de ver.

— ¡Ánimo Luigi! —le insistía con ímpetu.

—¡tengo miedo! ¡tengo miedo!— repetía una y otra vez moviendo la cabeza de izquierda a derecha con ese sentimiento de rechazo a lo que podría venir, a lo que él mismo sabía que vendría.

La escena no podría volverse peor, cuando veo en la puerta de la habitación una mujer con un pastelito en la mano, con velitas encendidas y un Auguri a te en la punta de la boca; pero, como si hubiera sufrido un calambre en el rostro, se quedó pasmada no sabiendo qué hacer o siquiera qué decir. Me refiero a la otra hija de Luigi: Giselda.

—¿qué pasa?— pregunta Giselda primero a su padre, pero al notar el impedimento que tenía él de responder, dirige su confusa y espantada cara hacia mí. —¿qué sucedió?

—lo único que sé, es que el señor tiene un problema grueso en el estómago que no se le había tratado antes.

Segundos después de que mencioné el no se le había tratado, los ojos de Giselda comenzaron a llenarse de lágrimas y empezó a llorar. Ella era una mujer fuerte. Trató de mantener la compostura no obstante el sufrimiento que llevaba dentro. Sacó un pañuelo, se secó las lágrimas y, como si tuviera en su bolsa una máscara con una sonrisa dibujada justo para la ocasión, su faz mudó de triste a jovial.

 

E continuo a volare felice piu’ in alto del sole ed ancora piu’su
Mentre il mondo pian piano scompare negli occhi tuoi blu
La tua voce è una musica dolce che suona per me…

 

En el transcurso de la tarde-noche, intentamos levantar anímicamente a Luigi, para que se le quitara el miedo. A Giselda le dejé un rosario para que encomendara a la Virgen María la salud de su papá. A un cierto punto, a ella se le ocurre entonar Volare, y como si hubiera recibido alguna vitamina especial en su cuerpo, las manos de Luigi se tranquilizan, sueltan la colcha que sujetaban con tanto apego, y sus dedos comienzan a producir el ritmo plácido de esa tradicional canción. Luigi quería regresar. Ya de noche, el doctor vio necesario realizarle una endoscopía lo antes posible, pero tendría que ser en otro hospital. Fijaron la cita para la mañana siguiente. Esa noche, llegaron los tres hijos de Luigi que lo habían visitado en ese día. Vaya cumpleaños que se vivió. Paola se quedó a dormir junto a su padre, cuidando no le pasara nada.

Desgraciadamente, el problema volvió con otras dos series de vómito sanguíneo. Tuvieron que cambiarlo de habitación. Lo colocaron en una cámara particular, totalmente aislada, de manera que se pueda prevenir lo más posible el riesgo de contaminación por parte de alguien que pasara por el pasillo. Colocaron señales de alerta, que parecían más a esas señales de venenoso que colocan en los ácidos, o en los materiales radioactivos. Si se quería entrar al cuarto, era necesario colocarse una mascarilla, y, al salir, lavarse las manos enérgicamente.

 

Volare… oh, oh!…
cantare… oh, oh, oh, oh!
nel blu degli occhi tuoi blu,
felice di stare lassù.

 

Finalmente, el doctor me dijo qué tenía en realidad. Los síntomas hepáticos que yo presentaba, no eran más que una falsa alarma. Resultó que había tenido una fuerte infección estomacal causada por el postre que comí aquella vez. Me anunciaron que me darían de alta a la brevedad posible. Los últimos dos días que estuve en la clínica, compartí cuarto con un palermitano hepático. Casi ni nos dirigimos la palabra. Extrañaba ese tronar de dedos de Luigi, esa tonadita pegajosa del Volare.

  

***

 

A Luigi, lo llegué a ver por última vez cruzando el pasillo el día en que me dieron de alta. Paola le avisó que yo pasaría, para que al menos pudiera mandarme un adiós con la mano. Pasé, miré por el cristal, y ahí estaba. Se despidió de mí con una sonrisa en los labios. Después de dos meses, regresé al hospital para recoger los resultados de unos análisis de sangre que me aplicaron. Aproveché la oportunidad para preguntar por Luigi. Fui con el doctor, pero no me quiso decir nada al respecto. ¿Secreto profesional? No lo creo. No lo volví a ver, pero el recuerdo de su melodía me refresca el alma ante cualquier zarandeo de la vida. Ha pasado un año ya de lo sucedido. Ahora, volare, no es para mí un simple videíto que hicieron un par de chinitos en la cocina de su casa. Para mí, volare, encarna un himno que cantó un héroe en pleno culmen de su sufrimiento. Un héroe que me enseñó a…

Volare… oh oh!

Cantare… oh oh oh oh!

Nel blu dipinto di blu

Felice di stare lassù…

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