Archivos

Vocación al Matrimonio

El matrimonio no es sólo una cosa que pasa, ni simplemente otra etapa de la vida. El Matrimonio es una vocación.

¡Estamos llamados a llegar al cielo! pero ya, en esta vida, podemos empezar a vivirlo, porque todos estamos llamados al amor. El Matrimonio es un camino para vivir el amor, y así, llegar al cielo; porque el cielo no es otra cosa que vivir en la comunión y en la plenitud del Amor, que es Dios. El Matrimonio no es una obligación moral ni social; ¡es una vocación! Nadie está obligado a casarse. Pero Dios, que es omnipotente y nos quiere felices, en su infinita sabiduría y misericordia, cuando creó a algunas personas, pensó en el Matrimonio como el camino para su santificación, es decir, su plena y total realización personal en Cristo. Es Dios mismo quien pone este deseo en el corazón de los que están llamados al Matrimonio, y como Dios nunca pide nada que no le podamos dar, nos da también la fuerza sobrenatural que necesitamos para transformar nuestra vida, para cumplir con todos los deberes y las exigencias del matrimonio, y así, creciendo en el amor, gozar de su infinito amor en esta nueva familia.

A muchos no les falta el deseo de casarse, ni el deseo de tener una relación estable, de decir su ¡hasta que la muerte nos separe! Más bien el problema es que se sienten incapaces de tener tal estabilidad, sea económica, psíquica o emocionalmente hablando. Es el miedo a comenzar una obra que no voy a poder terminar, o de meterme en una batalla sin las fuerzas para ganar. Es un miedo al fracaso: ¡un miedo legítimo! especialmente en un tiempo donde nos faltan modelos, ejemplos de personas que nos precedan y que nos muestren con sus vidas: “Es por aquí, ¡Sí se puede!”.

Por eso quería mencionar dos ejemplos de matrimonios que se me han quedado especialmente grabados en la memoria.

El primero es el de unos amigos que conocí aquí en Roma: Benito y Gaby. Estando aquí en Roma, y visitando tantas Iglesias, un día me contaron la historia de su vocación:

Benito siempre había sido un muy devoto de la Inmaculada Concepción. Desde chiquito tenía una imagen de ella en su cuarto y a ella le pedía su intercesión maternal cuando necesitaba algo especial. Un día, iba a cenar con María Gabriela (Gaby), entonces su novia. Como la relación ya se estaba poniendo seria, y Benito tenía que decidir qué hacer, antes de salir a buscar a Gaby se puso de rodillas ante la imagen de la Virgen y le hizo una oración sincera, que brotaba del corazón: “Mamá – le dijo – si María Gabriela es la mujer que Dios ha pensado para mí, dame una señal.”

Por su parte, María Gabriela ese día estaba arreglando su casa; estaban sacando todas las cosas del ático para organizarlas. Mientras sacaban las cosas de su abuela -que ya estaba en el cielo-, y les quitaban el polvo para decidir qué botar y qué guardar, su mamá encuentra una estampita de la Inmaculada Concepción. La iba a botar, porque su familia no era particularmente devota, pero antes de botarla se le ocurrió una idea y dándosela a su hija, le dice: “Gaby, por qué no le das esto que encontré a Benito, que a él le gustan estas cosas.”

Cuando Benito llegó esa noche a buscarla para ir a cenar, suena el timbre de la casa y le abre Gaby, le da un beso y un abrazo y con la estampita en mano le dice: “Benito, mira lo que encontramos, esto es para ti”. Benito se quedó frío, paralizado de la claridad de la señal que le había mandado la Virgen, y por lo fuerte del impacto del momento, se dio la vuelta y se regresó a su casa. Ahí, de rodillas en frente de la Virgen, aceptó de Dios a Gaby como la mujer para su vida, y ya prometió amarla y serle fiel. El día siguiente le pidió el matrimonio.

El segundo ejemplo: Estando en el norte de Italia algunos párrocos nos pedían ayuda para ir a bendecir las casas. Es una tradición a la que están acostumbrados muchos italianos, y como algunas parroquias son tan grandes, piden ayuda a seminaristas para ir casa por casa, pidiendo la bendición de Dios y llevando a las personas la alegría de la cercanía de Jesús.

Era una tarde en Novara y ya habíamos visitado muchas casas, apartamentos, familias y a muchas personas, pero ninguna como la pareja del último piso de ese edificio amarillo. No me acuerdo de sus nombres, ni de la dirección donde viven, pero la mirada de esas personas no se me va a olvidar jamás. Vivían en el último piso de un edificio de 8 pisos sin ascensor. Tocamos el timbre y nos abren dos viejitos con una sonrisa de oreja a oreja: “¡pasen! ¡Pasen!”

Tenían más de 90 años, y subían y bajaban las escaleras todos los días, pero eso no era lo más impresionante. Lo más impresionante es que te contaban, con una alegría profunda y contagiosa, que llevaban más de 60 años de casados. Se conocieron cuando eran adolescentes y habían pasado por toda clase de pruebas. Pasaron por la dura crisis del “dopoguerra”: los duros tiempos de escases después de la segunda guerra mundial. Los dos tuvieron que trabajar, a veces con dos trabajos por el día y hasta la noche. Ella había hecho de todo por sacar adelante una familia con 6 o 7 hijos. Y tenían una alegría que te dejaba sin palabras.

El hermano que estaba conmigo y yo escuchamos sus historias, cómo bromeaban entre ellos, cómo se divertían y se la pasaban bien. Pero lo más hermoso era ver cómo se alababan y se decían cosas buenas el uno del otro. Se querían y se estimaban mutuamente, y todo en un clima de mucha alegría, y con una profunda humildad. También bromeaban con nosotros, nos ofrecieron galletas y algo de tomar, y después hicimos, todos juntos, una oración.

Al salir del entre apartamento el hermano y yo hubo un momento de silencio. Fue la misma experiencia de los discípulos de Emaús, cuando se dijeron entre ellos: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lc 24, 32) Estas personas nos habían anunciado el evangelio, porque su amor era tal que en él reconocimos más que un amor humano: era Jesús resucitado quien amaba dentro de ellos.

Sí, el matrimonio no es un deber, ni una obligación social, es una vocación, y cuando Dios te llama a algo, nunca te abandona. Él está contigo a lo largo del camino, te da la fuerza para seguir adelante. No todo fue color de rosas para esos viejitos que me encontré en el último piso de un edificio de Novara, pero su vida ahora era fecunda y plena, porque pudieron superar las dificultades con la fuerza de Jesús: es la fuerza del amor.

María recibió la vocación a ser Mamá por parte del ángel Gabriel. José la recibió en un sueño: “No tengas miedo de recibir a Maria por tu esposa” Mt 1, 20.

Por eso, escuchemos de nuevo el mensaje del ángel: “¡El Señor está contigo!”, “No tengas miedo, porque has encontrado gracia ante Dios”. ¡No tengan miedo a vivir en plenitud la vocación al matrimonio! La Iglesia y el mundo necesitamos del testimonio de su amor, un amor que puede confiar sin límites en el amor de aquel quien nos ha amado primero, y que permanece fiel a su amor por nosotros para siempre, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario