Vivir según las bodas de Caná

La liturgia de este domingo está llena de signos que hablan a nuestro corazón y buscan enseñarnos un elemento esencial para recorrer el camino hacia la felicidad. Se nos presenta, ya desde la primera lectura, el matrimonio, signo excelso de la relación que Dios busca tener con nuestra alma. El matrimonio es el culmen de las relaciones humanas, de donde tiene lugar la plenitud en el amor, la fecundidad, el don desinteresado de sí. Si bien, el punto crucial de este pasaje no es el acto del matrimonio en sí, que no es narrado, sino el agotamiento del vino.

La relación con Dios no comienza en los momentos de vino – signo de la alegría, del color, de la vitalidad de los primeros momentos – sino cuando éste se acaba. El desierto de la vida es el comienzo de la vida espiritual. ¡Cuántas tentaciones pueden llegar de abandonarlo todo al finalizar los tintes del amor sensible! El amor es una virtud teologal, proviene de Dios y, por tanto, sigue el ritmo divino. No es cuestión de mero deseo voluntarista de amar, ni de lecturas abundantes de autoayudas. El estilo divino, reflejado en toda la Escritura y en nuestra historia personal, es la vida por la Cruz… Dios obra en nuestra profunda pobreza.

¿Cómo hacer para sobrellevar la falta de vino? María Santísima nos enseña el cómo. Luego de descubrir nuestro limite al Señor, con la profundad humildad que le caracteriza, dice: “Haced los que Él os diga”. La clave es la obediencia. Obediencia que implica abandonarse en las manos de Dios, seguir su estrategia, no la nuestra, trabajar a sus tiempos… esperar. Hoy en día el obedecer es visto como señal de debilidad. Al igual que la ausencia de sentimientos como muerte interior. ¡Y mientras el hombre se impone con su autosuficiencia, su deseo de reafirmarse, su búsqueda de algún nuevo sentir… se endurece en su propia soberbia y vanidad! El corazón humano una vez endurecido es un arma letal que destruye – como una bomba nuclear – su alrededor y a sí mismo.

¡Qué en nuestras vidas en los momentos de escasez del vino, de Cruz, de dificultad… no reine la desesperación ni las acciones precipitadas, sino que podamos acudir a Cristo y presentar nuestra pobreza y deseo de esperar su obrar en nosotros, seguros de que Él actuará, aunque parezca a nuestros ojos por medios absurdos – como llenar las tinajas con agua – pero a través de nuestra obediencia y de aquello que irá inspirando e impulsando desde lo más profundo de  nosotros mismos, como los siervos humildes del Evangelio!

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