Viernes Santo y el Cristo muerto, día de conmoción

Semana Santa. Tiempo de vértigo, de conmoción, de admiración. Un cuadro me ha recordado el suceso más importante de la historia, el día en que la humanidad fue otra, y que los cristianos recordamos cada año. Me refiero al cuadro de Hans Holbein “El Cristo muerto

En ella se ve el cadáver de Cristo en su tumba. Es la imagen de un hombre muerto con la respectiva rigidez cadavérica. Las facciones del rostro están contraídas por el dolor. El cuerpo, desecho, es el de un hombre torturado. Incluso se puede apreciar en las manos el inicio de la descomposición del despojo. Es un cuadro al que no estamos acostumbrados y por eso en una primera impresión, la pintura repugna. Pero lo que Holbein quiso expresar es simplemente la realidad: Cristo ha muerto.

Dostoyevsky lo menciona en su novela “El idiota” y se sabe que el gran literato ruso pudo contemplarlo el mismo cuando estaba expuesto en el muesto de Basilea. Y penetró profundamente en su alma. Conmocionado y casi enajenado por la impresión, murmuró a su esposa:

“Un cuadro así puede hacer perder la fe”.

Este cuadro impresiona, turba, incomoda. Nos recuerda sin tapujos este suceso inédito de la historia. Pues la Pasión del Señor no es un recuerdo meramente piadoso, lejano en el tiempo. Muchas veces hemos reducido la Semana Santa a formas de piedad popular y folclóricas. A un rasgo cultural. Un simple recuerdo. Incluso, en un tiempo de descanso para ir a la playa y tomar el sol. Debemos confesarlo: los cristianos hemos azucarado la Pasión, la hemos sepultado bajo millares de súspiros de dolor más o menos sinceros. O en una serie de oficios que debo cumplir, una lista de tareas que debo realizar. Sin penetrar en el vertiginoso misterio.

Cristo murió por mí. Sufrió, sangró, se retorció de dolor. El Hijo de Dios aceptó sumergirse en el abismo negro de la muerte con todo lo desgarrador y pavoroso que eso conlleva. Compartió hasta el fondo nuestra condición humana, sus glorias y sus penas. Y también sus pecados:

“A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él”. (2 Co 5,21)

¡Y cómo no le iba a doblarse bajo el peso de todo el mal del mundo, de la humanidad! Por eso tuvo miedo en Getsemaní. Por eso lanzó aquel grito de angustia en la cruz- “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”(Mat 27, 43)- porque en ese momento sintió en su carne todo el mal del mundo para expiarlo. Cristo se hizo pecado por mí, para salvarme.

Viernes Santo es la fiesta de la humanidad. El día en que lo humano se reconcilia con lo divino, gracias al único Hombre-Dios que amó a los hombres hasta el extremo. Desde este momento ya nadie puede desesperar de su pecado, pórque Cristo, nuestra Pascua, nos ha salvado. Vendrá luego la resurrección del domingo para confirmarnos que el amor, el Amor divino, es más fuerte que la muerte. Es más fuerte que todos los pecados de los hombres.

Pero para llegar al Domingo, es imprescindible pasar por el Viernes.

“No hay redención sin sangre” (Hb 9,22). “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24)

Y Cristo me invita a cargar su cruz con Él. Y si Cristo padeció todo esto por mí, -te invito a que vuelvas a ver el cuadro- ¿a qué estoy dispuesto yo a sufrir por Él?

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Imagen: “Cristo Muerto” por Han Holbein

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