“Venid y veréis.” (Jn 1,39)

“Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».” (Jn 1,35-42 / II Domingo Ordinario B)

 

Todos guardamos, en nuestra memoria, fotos enmarcadas de los días más importantes o trascendentes en nuestras vidas. Uno de esos momentos que jamás olvidaré, se remonta a un miércoles de diciembre de mi primer año en Roma. Salimos temprano de casa, antes de que saliera el sol. Tomamos el tren hacia la plaza de San Pedro. Hacía un frío horrible: con dos calcetines en cada pie, suéter y abrigo todavía se me congelaba la piel, la sangre y los huesos. Llegamos a la plaza casi dos horas antes de que empezara la audiencia con el Papa. Estaba bastante vacío, por lo temprano, y logré asegurar una silla en la segunda fila.

Allí estuvimos, muriéndonos del frío, hasta que llegó la hora en que salía el Papa. Después de un par de vueltas, el papamóvil estaba a punto de pasar en frente de nosotros. Pero unos 20 metros antes, había un grupo de adolescentes gritando. El Papa revisa el reloj, se acerca al conductor y le indica que se detenga. Y se bajó a saludar al grupo de jóvenes. Luego, empezó a caminar hacia nosotros, saludando a todos. Gracias a Dios, a mi lado estaba otro legionario argentino y llevaba mate. Ese fue el detalle: el Papa se detuvo en frente nuestro y se puso a disfrutar el mate por unos minutos.

También recuerdo de la misma manera el día que sentí el primer llamado a seguir al Señor en la Legión, el día de mi primera profesión y muchas otras aventuras que he tenido a lo largo de mi vida. Todos tenemos este tipo de recuerdos. Y Juan no era la excepción. ¡Imposible que se olvidara de su primer encuentro con aquél que le cambió la vida! Hasta nos indica la hora: “…era como la hora décima.

Juan tuvo un encuentro personal con Cristo que le dio vuelta a su mundo. ¿Y vos? ¿has tenido un encuentro así con Jesús? ¿Te acordás? ¿Volvés a él continuamente, como un esposo recuerda el día que vio a su esposa por primera vez? Volver a ese primer encuentro, hacer memoria de esos momentos fuertes, nos da fuerza para la lucha, nos impulsa hacia adelante. Y si aún no has tenido una experiencia de encuentro personal con Cristo, no hay tiempo que perder: ¡pedíselo al Señor hoy mismo! Yo sé que Jesús, presente en la Eucaristía, tiene esas palabras en la punta de la lengua: “…venid y veréis.

 

 

Foto: Caro Mendoza

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“Venid y veréis.” (Jn 1,39)