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¿Qué significa “Venga tu Reino”? El “Regnum Christi Code”, desvelado

¿Cristo Rey Nuestro? ¡Venga tu Reino! La respuesta, para los legionarios y miembros del Regnum Christi, es instantánea, automática, de puro reflejo condicionado de Pavlov. Para muchos, era la frase con la que te despertaba el respo del ECYD en las convivencias, y la primera vez no entendías muy bien qué se suponía que estaba sucediendo. En todo caso, seguramente muchos la respondemos en piloto automático, sin reflexión de ningún tipo. Y, sin embargo, me pregunto si sabemos verdaderamente qué significa. Recuerdo que, preguntándole a un miembro del ECYD sobre su significado, me respondió que tenía algo que ver con la venganza de Dios, que “vengaría” su Reino. Hum…muchos Avengers y poco evangelio, me temo…

Podemos resolver este misterio, este nuevo “Código Da Vinci” sobre el significado oculto de este lema, buscando la respuesta en un texto del Evangelio, que parece no tener nada que ver, ya que no se habla de reinos para nada…

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30)

Empecemos la investigación. ¿A qué se refiere Jesús con eso de tomar su “yugo”? Así, de buenas a primeras, suena feo. Más todavía, si nos enteramos de que el yugo, para el judío, era un símbolo de esclavitud, de servidumbre. Pero espera, resulta que también existía entre ellos la expresión “tomar sobre sí el yugo del Reino de los cielos”, que significaba, precisamente, aceptar a Dios como Rey y Señor, aceptar su soberanía sobre la propia vida, recitando con los labios y el corazón el Shema’: El Señor es uno sólo. Pero, aunque Dios era el Señor, su Realeza, su Dominio no era todavía manifiesto y evidente en el mundo, y por ello el hombre podía también rechazar esa soberanía -y a menudo lo hacía- “sacudiéndose de encima ese yugo”. La historia, para esa visión judía, era el tiempo que le era dado al hombre para decidir si adherirse o no a ese Reino de Dios, antes de que llegara el final de los tiempos, y con él la llegada definitiva del Reino. Por lo tanto, empezamos a entender de qué va esto: Jesús está afirmando que Él es Dios, y nos está invitando a que lo reconozcamos como rey. Decir “Venga tu Reino” es, en primer lugar, lo mismo que aceptar a Jesús como mi Señor, aceptar su reinado sobre mí. De hecho, en los primeros años del cristianismo, antes de que se formulara el Credo que rezamos en misa, la afirmación cristiana básica era “Jesús es el Señor”. Raniero Cantalamessa indica que “Señor” es el único título que los demonios no le reconocen a Cristo: le llaman “Santo”, e incluso “Hijo de Dios”, pero no “Señor”. ¿Por qué? Porque los dos primeros títulos son una realidad objetiva: ellos no pueden evitar que Jesús sea Hijo de Dios. Pero “Señor” implica una dimensión subjetiva: al llamarle así, lo reconozco como mi Señor. Si los demonios lo hicieran, se convertirían en ese mismo instante en ángeles de luz. También el escritor ruso Dostoievski, en “Los hermanos Karamazov”, hace decir al diablo que en el momento en que dijera “Hosanna”, ascendería al cielo y el infierno se disolvería en la nada.

Hay un cuadro del Greco que ilustra bien el ideal de que “venga su Reino”, deseándolo no sólo en mí, sino en el universo entero. Se llama “La adoración del nombre de Jesús” o “El sueño de Felipe II”, y representa al monarca, en la parte inferior del cuadro, orando en un reclinatorio. En lo alto del cielo está el “nombre” de Jesús, el anagrama IHS (Jesús Hombre y Salvador), y el resto del paisaje representa simbólicamente el resto del universo (cielo, tierra, infierno) adorando ese Nombre. El cuadro está evidentemente inspirado en la frase de San Pablo “Que toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame que Cristo es Señor, para Gloria de Dios Padre”. Ese ideal queda comprendido también en el “¡Venga tu Reino!”. Naturalmente, ni la Iglesia ni el Regnum Christi cometen el error que se ha cometido en otras épocas, es decir, imponer el reino de Dios con las armas del César. El Reino de Dios crece sólo con la libre adhesión en el amor de cada persona, o no crece en absoluto. Sólo tú puedes reconocer a Jesús como Señor.

Pero -podríamos preguntarnos-¿por qué está obsesión de Dios por mandar? ¿Por qué un yugo, por qué hablar de servidumbre, de reyes y súbditos? ¿Es Dios un tirano, como los reyes del mundo, que se afirman aplastando a los demás? ¿Es un ser receloso que nos quiere a todos debajo de su bota? Si fuera así, tendrían razón Nietzsche, Prometeo, Sartre y los titanes. La rebelión sería la única opción posible para ese hombre que se sabe libre, se sabe espíritu, y como tal, llamado a tomar las riendas de la propia existencia. Pero no, para nada: Dios no es ese oscuro personaje que nos sugieren las palabras de la serpiente en el Edén. Dios es un rey cuya soberanía nos libera y cuyo poder nos da vida.

Para explicar esto, hay que entender la visión que tenían de la libertad los judíos. Para ellos, existen sólo dos opciones: se sirve a Dios, o se sirve a los ídolos. El hombre no es un ser tranquilamente libre al que se le imponga servir a Dios. La realidad es la contraria: el hombre, dejado a su suerte, cae una y otra esclavo de otras fuerzas. El filósofo judío Filón indica que el que se aleja del servicio de Dios, que es misericordioso, se convierte necesariamente en esclavo de las creaturas, con lo que se pierde toda esperanza de libertad. Puede caer esclavo del poder de los hombres, de lo que llamaríamos hoy el Estado: por eso dice un dicho rabínico que quien se sacude de encima el yugo de la Torah, cae bajo el yugo del gobierno. Pero no hay necesidad de que vengan tiranos a oprimirle. Él hombre de por sí solo tiende a caer esclavo de los ídolos: del trabajo, del dinero, del poder, del sexo, de su egoísmo narcisista. Decía Don Fabio Rosini que un ídolo es una imagen, una visión que te formas (de tu futuro, de lo que “necesitas” para ser feliz, etc…), a la que adoras y ofreces sacrificios. Esperas que te dé la vida, y en realidad eres tú el que le entregas la vida al ídolo, que acaba por consumirte. Podemos pensar en el ejemplo, muy evidente, de la droga.

Además, como dice el Papa Francisco en la Lumen Fidei, la idolatría hace perder al hombre su unidad personal y existencial:

“La idolatría es siempre politeísta, ir sin meta alguna de un señor a otro. La idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto. Quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: «Fíate de mí»”

Ante esta situación de esclavitud que vive el hombre, Dios se compadece y baja a liberarlo. Se presenta a nosotros como “El Señor tu Dios, el que te sacó de Egipto”. Pero la libertad no subsiste, no sobrevive lejos de Dios. Sin un Señor que la defienda, el diablo encuentra la casa vacía, y vuelve con siete demonios peores que el primero. De hecho, Jesús, en este pasaje evangélico no se está dirigiendo a un hombre feliz e independiente, invitándole a destrozarse la espalda cargando un yugo. Está invitando a los hombres, que se encuentran esclavos bajo otros yugos, literalmente “trabajando duro y pesadamente cargados”, y promete darles descanso.

Y con esto pasamos al segundo punto. Jesucristo no sólo es la fuente de la libertad, sino también de la vida, de la felicidad. Promete darnos descanso. Pero cuando Jesús dice “descanso” (en griego, ανάπαυσις), está usando una palabra que tiene resonancias muy fuertes para los oídos judíos. Nosotros sólo pensamos en una hamaca al sol con una piña colada, o de un pasajero bienestar psicológico-emocional. Pero ellos sabían que esa ανάπαυσις era lo que Yahvé había prometido dar cuando les guiaba en el desierto, y con la que se refería a la Tierra Prometida. Es la misma paz que Dios prometió dar a Salomón, el rey ideal, y la misma que traería el Mesías según los profetas: Isaías hablaba de ese descendiente de David, que sería “una bandera para las naciones”, y cuyo “descanso” sería glorioso. Vamos, cosa seria. El descanso que traía Dios era una sola cosa con su Reino: era su consecuencia natural. La soberanía de Dios, la gloria de Dios, es que el hombre viva, que tenga vida en abundancia, que tenga una existencia plena. Cuando Juan el Bautista manda preguntar a Jesús si Él es el Mesías, el que ha de venir, Él responde sólo mostrando cómo cura enfermos, resucita muertos, anuncia la Buena Noticia a los pobres: muestra cómo Él es realmente el que trae el descanso de Dios al hombre, el que restaura y supera el Paraíso originario y lleva nuestra alegría a su plenitud.

Por lo tanto, no: Dios no es un tirano megalómano con un deseo irrefrenable de tener súbditos. Y no se trata tampoco sólo de que buscar una libertad sin Dios es sólo una ilusión (que es verdad). Es que, además, reconocer la soberanía de Dios (es decir, reconocer nuestra verdad, nuestra condición de creaturas) es aceptar la relación con Dios, relación que es la fuente de nuestra felicidad, de nuestra realización humana, de la plenitud personal. Por eso a Jesús le gustan tanto los niños y los pobres; porque ellos saben lo que es verdad de todos los hombres: saben que son limitados, que son insuficientes, saben que necesitan recibir la vida de otro, saben que la felicidad no brota de ellos, necesitan recibirla. Por eso San Juan habla del Reino como el agua viva, que es la vida del Espíritu Santo en nosotros, y por eso quizás algunos de los santos padres decían que decir “venga tu Reino” era lo mismo que pedir “venga tu Espíritu”. Cuando Jesús nos dice “Tomad sobre vosotros mi yugo”, está diciendo lo mismo que dirá en el Evangelio de San Juan: “Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva”.

Y por eso dice también San Juan Pablo II que el Reino de los Cielos es “el cumplimiento definitivo de las aspiraciones de todos los hombres (…) es la plenitud del bien, que el corazón humano desea por encima de todo lo que puede ser su herencia en la vida terrena, es la máxima plenitud de la gratificación de Dios al hombre”.

Guardini explica todo esto diciendo que el hombre ha sido creado por Dios no como un objeto, sino como un tú, como una imagen de Dios. El dominio de Dios sobre la creación no busca explotar, sino dar vida: hacer que aquello sobre lo que domina alcance su perfección. Y Dios llama al hombre a ser, a su imagen, “señor”, para que hagamos lo mismo con el mundo. El paraíso, en este sentido, era la existencia humana en el mundo conducida de acuerdo con esta voluntad bienhechora y “perfeccionante” de Dios. Este acuerdo se basaba en la aceptación de la relación de dependencia que el hombre tenía con Dios: suponía aceptar la propia condición de ser señores por gracia. El pecado consistió en querer ser señores sin Dios, en tratar de afirmarse cortando la relación con el Dios que les afirmaba, del que les venía todo lo que eran y tenían.

¿Qué pasa entonces? La historia de la salvación consiste, para Guardini, en la creación de una comunidad que busca que su voluntad sea el principio dominante: el Reino de Dios. Esta historia, que inicia en Israel, está jalonada de fracasos, de frustradas realizaciones del Reino de Dios, a las que Dios responde con “nuevas creaciones”, nuevas oportunidades. El último rechazo del Reino de Dios fue la crucifixión del Hijo, a la que Dios respondió con la nueva creación de la Resurrección y la efusión del Espíritu Santo. A partir de allí, el cristiano, el hombre nuevo, es el lugar donde se hace presente el Reino de Dios, como germen, esperando su manifestación definitiva en la vida futura.

Nos hemos enrollado ya mucho, y no podemos desarrollar aquí otros muchos aspectos de la espiritualidad del Reino, a la que Cristo dedicó buena parte de su predicación. Queda para otra ocasión hablar de cómo el Reino es una realidad dinámica, que actúa en el mundo; que pide nuestra colaboración, pero a la vez es un don gratuito y con fuerza propia que sobrepasa infinitamente nuestros esfuerzos; en qué sentido servir es reinar, qué tiene que ver todo esto con el Sagrado Corazón, cómo este Reino tiene una dimensión social y pública, sin que eso signifique volverse fundamentalista ni volver a la Edad Media, y qué significa, a la luz de todo esto, ser legionario de Cristo, “buen soldado de Cristo Jesús”-en palabras de San Pablo- que pone toda su existencia al servicio de ese Reino, etc, etc, etc…acabaremos, por lo tanto, simplemente resumiendo lo dicho en que

  • Decir “¡Venga tu Reino!” es aceptar a Jesús como mi Señor, centro de mi existencia, el único Absoluto en mi vida.
  • Decir “¡Venga tu Reino!” es desear ardientemente y esforzarse para que Cristo sea conocido y así muchos otros acepten libremente su amor y su reinado.
  • Ese Reino no supone un Dios tirano ni un hombre humillado, sino una promesa de libertad y de realización, de plenitud, de felicidad, que es fruto de vivir en la verdad, y en una relación personal de amor con Dios.

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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