Archivos

Uno más

Por Andrés Orellana, LC

pasion-de-cristo-cavizielEs más importante ser como Cristo que hablar sobre Cristo.

¿Qué significa ser como Cristo? Ser como Cristo, es decir: Hijo.

Seguramente cada uno de nosotros, en algún momento ha buscado ser especial. Muy dentro de nosotros, y especialmente desde la adolescencia, buscamos una respuesta a esa pregunta existencial: ¿Quién soy?

Lo más común es que busquemos la respuesta diferenciándonos de los demás. De repente la imagen exterior se vuelve lo más importante: soy el (la) que se viste a la moda, o la elegante, o el musculitos, o la sexy. O la actividad que hacemos: soy el karateka, o la cantante, o el futbolista. O algún talento natural: soy el inteligente, o el que habla bien en público, o el relaciones públicas. No falta el que busca la respuesta en lo negativo, soy el complejo de inferioridad. Pero ninguna de estas respuestas llena nuestro corazón. Por más talentos que tenga, mis talentos no son yo. ¿Quién soy?

Jesucristo, que tenía todo el derecho del mundo para mostrar que Él sí era especial, empieza su vida pública así: uno más.  Ahí estaba, en la fila de gente en el Jordán, con el agua hasta las rodillas, esperando para ser bautizado: uno más. Juan predicaba “un bautismo de penitencia para remisión de los pecados” (Mc 1,4), y venían los judíos que habían escuchado su predicación. Éstos habían encontrado una primera respuesta a su pregunta: soy un pecador. Iban a bautizarse por Juan, confesando sus pecados.

Y ahí estaba Él en la fila, uno más. El Hijo de Dios, el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, ¿díganme si no era especial? Pero Él no buscaba llamar la atención, simplemente pasaba por uno más. La paz que llevaba en su alma brillaba por su sencillez. La limpieza de su mirada; la rectitud de su conciencia, sin el más mínimo peso de ningún pecado, le daban a este Jesús un encanto especial. Y sin embargo, no encontramos en Él el más mínimo aire de superioridad o de arrogancia. Hace la fila como uno más.

Jesús no se avergüenza en llamarnos hermanos (Heb 2, 11). Él se sentía, era y es plenamente humano. Por eso asumió sobre sí nuestros pecados: por pura compasión y amor hacia nosotros. No vino a juzgar al mundo sino a salvarlo.

Es en esa humildad, en esa actitud de hermano que aprendemos a ser hijos. Es en esa confianza humilde que encontramos la paz, y es ahí que Dios nos eleva y nos hace escuchar su voz: “Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado” (Ps 2,7)

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario