Una alfombra digna del Rey de Reyes

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».” (Mt 21,1-11 / Domingo de Ramos A)

 

 

En Latinoamérica, las alfombras de Semana Santa no pueden faltar. Y para algunos puede parecer medio trágico: uno se mata trabajando con la espalda doblada, de rodillas en el suelo, bajo el sol… por horas o hasta días… para que le arruinen todo en cuestión de dos minutos que tarda la procesión en pasarle encima. Y aun así, seguimos haciendo alfombras enormes, increíblemente detalladas, con los colores más variados.

Pero quien ha colaborado en la preparación de una alfombra, sabe que es un honor. Las alfombras no están allí para que les tomen fotos, ni para poder decir que somos grandes artistas… Las alfombras tienen un solo fin: adornar el camino para Jesucristo, Hijo de Dios, Rey de reyes. Él camina por nuestras calles en estos días y queremos que cada paso que dé esté a la altura de su dignidad.

En la antigüedad, sobre todo en oriente, a los reyes y nobles, se les cargaba a todas partes. Sus pies no podían tocar el suelo, porque este no era lo suficientemente digno. Incluso los siervos se acostaban en el piso para que sus reyes caminaran sobre sus espaldas, antes de tener que poner el pie en la tierra.

Este es el significado del gesto de todos aquellos judíos hace dos mil años. En ese momento, veían a Jesús como “el profeta, de Nazaret de Galilea”. Era el Hijo de David, el rey, que tenía que entrar “montado en una borrica”. Y si de verdad era tan importante, tenían que prepararle una entrada a la altura de su dignidad.

Pero no sólo le ponían cosas bonitas, como palmas y flores. Numerosos judíos se quitaban sus propios mantos y los tendían por el camino para que Jesús pudiera pasar sobre ellos. Ahora nos toca a nosotros recibir a Jesús en nuestra ciudad, en nuestra casa en nuestro corazón. ¿Le voy a preparar su camino? ¿Lo voy a adornar con las flores de la caridad y la humildad? ¿Me voy a quitar los mantos de mis comodidades, mis gustos y mis seguridades, para que Él tenga una hermosa alfombra a sus pies? Porque Dios no se deja ganar en generosidad; “Él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones” (Deut 7,9).

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