Un tierno amor apache

Por Javier Gaxiola, LC

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Cuentan que, en una ocasión, Santa Teresa de Jesús se trasladaba de Ávila a otro pueblo de España para visitar a sus monjas. En el camino no encontraba más que trabas y dificultades de todo tipo. En una de esas, cansada ya de tanto inconveniente, exclamó con un grito fuerte al cielo: “Señor, ¿no ves que estamos trabajando en Tu Nombre? ¿Por qué permites tantos obstáculos?” En su interior Dios le respondió: “Teresa, es que así trato a mis amigos”. Y la tremenda Teresa, con esa irónica desfachatez española que le caracterizaba y sin pelos en la lengua, contestó en voz baja y a regañadientes: “Pues por eso tienes tan pocos”.

Es verdad que a veces podemos sentir que Dios sí, nos ama, pero con amor apache. El Señor prueba el amor de sus elegidos. Los limpia como oro en el crisol. Los purifica, para ver qué tan auténtico es su amor, y poderlos así liberar de todas las cadenas interiores que los esclavizan. Pero también es verdad que el amor de Dios es sobre todo tierno, y en general la liturgia del adviento, especialmente la de este domingo, es una flagrante prueba de ello.

Existen estudios realizados a niños en el primer año de vida que fueron atendidos en instituciones donde a pesar de recibir alimentos y remedios cuando enfermaban, no tenían oportunidad de interactuar con adultos. Luego de 6 meses estos niños comenzaban a manifestar cuadros de indiferencia hacia los adultos, reflejos disminuidos y retardados, además de presentar un gran atraso en el desarrollo del lenguaje y en la exploración del mundo. El tacto convertido en caricias es fundamental en la vida del hombre. A través de él, crecemos y maduramos sintiéndonos identificados y reconocidos como personas humanas.

Dios sabe bien esto. ¿Cómo no iba a saberlo, si Él nos creo? Y por eso nos recuerda que su amor, es EL amor por antonomasia. Y el amor es tierno. La primera lectura nos habla de consolación. De un pastor que apacienta a su rebaño, que lo carga con cariño con sus brazos y lo acaricia con ternura. Un pastor que cura a las ovejas madres que han dado a luz. La Sagrada Escritura utiliza verbos que hablan de tacto. Que hablan más de dar que de recibir. De preocuparse por su pueblo que tanto ha sufrido. Dios viene, no a juzgar, sino a consolar y a apacentar. De hecho, el libro en el que se encuadra la primera lectura, dentro del de Isaías, se le llama comúnmente “libro de la consolación”. Dios observa el cansancio de su pueblo que se encuentra exiliado, y siente ternura por él.

Aceptémoslo. No existe nada más tierno que un bebé. Sea un bebé humano o también un animal. No hay quien pueda resistir ante una creatura recién nacida o de pocos meses de vida. A todos nos saca una sonrisa, o un saludo infantil, o nos hace producir caras, gestos y sonidos extraños. Y es que Dios lo sabe. Y por eso decidió encarnarse. Pero no apareció como un extraterrestre, ya adulto, en la tierra. Nació de una muchachita palestina, casada con un varón justo descendiente de David, y se hizo un bebé indefenso. Porque Dios viene no a juzgar, sino a salvar. Y lo primero que quiso hacer es romper las barreras, y suscitar ternura.

Este domingo Dios nos invita a bajar la guardia. Rompe nuestros muros interiores, pero sin violencia. Dios nos gana con su consolación. Nos quiere acariciar. Nos quiere decir que no importa lo dura que haya sido nuestra lucha en los años que llevamos en la tierra. Él está de tu lado. Nos recuerda que hay un cielo que nos espera y que se muere porque lo alcancemos. Y todo esto nos lo dirá con obras en unas semanas cuando vivamos junto a nuestros seres queridos y junto a toda la Iglesia universal el misterio de la Navidad. Por ahora déjate querer, porque él sabe mejor que nadie cómo te sientes y por qué lloras. Ya no te resistas y baja la guardia. Es sólo un bebé.

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1 Comment

  1. Pablo Romeo Madriñan
    9 diciembre, 2014 at 11:30 — Responder

    Javier, los legionarios sois tan tremendos como Teresa de Jesús, feliz adviento 😉

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