Un sueño llamado Europa (II)

Nos duele Europa. Nos duele, no sólo por el atentado que hace unas semanas golpeaba París y conmocionaba al mundo. Nos duele también porque Europa, parafraseando a Ortega, “es todo lo que no debía ser, y casi nada de lo que debía ser”.

¿Por qué? ¿Por qué anochece en Europa? ¿Por qué el Viejo continente no da sino muestras de cansancio?

(Viene de un artículo anterior)

Tal vez nos pueda dar una respuesta ese europeo perturbado y genial que fue Nietzsche, que adivinó el ocaso de Occidente mucho antes que sus contemporáneos:

“¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”?” 

(Y que ante las carcajadas y burlas de los transeúntes, respondió…)

“¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir”, les gritó. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde se dirigen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? 

(Y añadió…)

“He llegado demasiado pronto. No es aún mi hora (…) Es necesario dar tiempo al relámpago y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los astros, tiempo a las acciones, cuando ya han sido realizadas, para ser vistas y oídas. Este acto está más lejos de los hombres que el acto más distante; y, sin embargo, ellos lo han realizado.”

Hasta aquí Federico Nietzsche. Pero, ¿a qué se refería nuestro profeta del nihilismo? ¿Qué es lo que estaba denunciando?

Durante siglos, Europa había forjado su identidad en la síntesis de la racionalidad griega, el Derecho romano y la fe cristiana. La Modernidad fue el intento de prescindir de Dios, pero seguir conservando todos los valores adquiridos gracias a la fe.

Es decir, fue el intento de sustituir esto:

Paradigma Cristiano

  • Dios es amor
  • El hombre es hijo de Dios
  • Por tanto, amémonos como hermanos

Por esto:

Paradigma Moderno

  • Dios no existe
  • El hombre es hijo del mono
  • Por tanto, amémonos como hermanos

Nietzsche se dio cuenta de que esto es imposible. La cosa había colado durante un tiempo, y la luz aún brillaba, como la de esas estrellas muertas de cuya muerte aún no nos hemos apercibido. Pero, como dijo Víctor Hugo, el vaso vacío pierde cada vez más el aroma…han pasado los años, las décadas y los siglos y hoy, en medio de una racionalidad estrecha y relativista que se cuestiona cada vez más su capacidad y sus pasadas conquistas, el europeo se ha dado cuenta de que no hace pie, de que no pisa suelo firme. Se ha dado cuenta de que el relativismo escéptico que ha adoptado por única creencia no le permite defender los valores que una vez consideró inviolables, no le permite poner a salvo los Derechos Humanos que una vez creyó universales y sacrosantos.

Por tanto, me parece hay que tomar conciencia de que salvar a Europa requiere, en primer lugar, confiar de nuevo en la Razón en mayúsculas, abandonando los relativismos decadentistas a la moda. Y requiere, en segundo lugar, reencontrar en nuestras raíces cristianas inspiración y fundamento para los valores que han hecho grande a Europa.

Naturalmente, esta lectura histórica no pretende decir que la Iglesia como institución, o siquiera la mayoría de los creyentes hayan sido siempre modélicos e irreprensibles, ni que hayan sido siempre la vanguardia en la defensa de esos valores. No se trata de volver a las discusiones absurdas de ateos y creyentes echándose a la cara la Inquisición y los gulags (“¡y tú más!”). Se trata de reconocer que los valores europeos sólo han crecido a la luz de las premisas cristianas, en las que han madurado, y que son incomprensibles sin ellas.

Tampoco se trata de proponer una especie de vuelta al Medioevo. Se trata de reconocer que un signo de interrogación no es la mejor bandera para una sociedad que pretenda tener algo que proponer, y que el relativismo no puede ser fundamento para los Derechos Humanos. Se trata de reconocer que la religión puede ser una fuente de racionalidad, y una fuente de inspiración válida para el discurso público, como sugiere el interesantísimo debate que Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger sostuvieron sobre este tema en 2004. De reconocer que si una vez intentamos construir una sociedad “etsi Deus non daretur”, como si no hubiera Dios, tal vez podamos llegar a mejor puerto probando ahora con un “como si hubiera Dios”.

Pero todo esto no ocurrirá por casualidad, así porque sí. La Historia, como dice Ortega, puede avanzar a saltos, pero para ello requiere -Europa requiere- una generación de jóvenes “en forma”, llenos de “pasión fría”. Mente fría, corazón ardiente, voluntad decidida. Como dijo Máximo, hubo una vez un sueño llamado Europa… y de nosotros depende que sea realizado.

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