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Un pobre “relato hipotético”

Si algún día estuvieras caminando por la calle pensando en mil cosas y llegando a tu casa te encontraras un sobre tirado debajo de la puerta que, por su misteriosa y elegante envoltura te invitara a tomarlo, muy seguramente lo inspeccionarías por ambos lados; probablemente te preguntarías: “¿de quién será?” No tiene nombre, por lo que haría más grande la curiosidad.

Supongamos que de un momento a otro decides abrirlo y ves inmediatamente que está escrito, en letra grande: “te amo”. Puede que el deseo de saber quién es aumente pero sin ninguna urgencia ni necesidad, pues es un “te amo” universal; Un “te amo” general, abstracto, como el de aquellas tarjetas que se venden en las plazas con ocasión de un día especial. No te dice nada, no toca tu vida. No es personal.

Más adelante, aburrido de pensar y pensar decides dejar el sobre en algún lugar y, al quitar el dedo del lugar donde sostenías la carta, en letra mucho más pequeña, te das cuenta que está escrito: “te amo” y tú nombre seguido. Pueden pasar muchas cosas pero, ciertamente pensarás en alguien específico; pasarán rostros por tu mente, con el fin de encontrar alguien concreto, alguien conocido. Aquí sí toca tu vida. Es personal.

Aunque esto sea un pobre “relato hipotético”, es muy parecido a la manera en la que muchas veces vivimos nuestra relación con Dios. Una relación general, universal y abstracta que puede funcionar por algún tiempo pero como toda tarjeta sin nombre comprada en alguna plaza, termina en un cajón arrumbada, para luego tirarla.

Es verdad que la experiencia del amor de Dios no es algo que podamos lograr con la pura voluntad pues es un don gratuito, pero es un don que Él anhela dar: Es en la experiencia de la necesidad de pedir este don donde comienza la experiencia personal de su amor.

Esta experiencia personal es lo único que puede explicar la existencia de tantas personas que han entregado, de manera radical, su vida entera. San Juan Pablo II, Madre Teresa, Rafael Arnáiz, personas comunes y corrientes que abrieron las puertas de su corazón a Dios y pusieron en Él su deseo de hacer cosas grandes, de dejar huella… sus deseos de amar.

Esta experiencia personal es lo único que puede explicar la sonrisa de una mujer que ha visto morir ante sus ojos a su familia ante la oportunidad de renegar su fe. Es lo único que puede explicar que en el mundo existan personas que no tienen nada material y, sean ellas las que pudieran dar una cátedra a la sociedad sobre lo que es la felicidad.

Puedo decir sin duda que ninguno de ellos tuvo o ha tenido un encuentro con la idea de Dios; con un “te amo” universal; con una carta tirada en la calle sin nombre o destinatario. Muy al contrario cada uno de ellos se ha encontrado con un Dios real, concreto, que conocía su nombre, su apellido; su historia, sus rincones escondidos, Todo. Nadie pone en juego su vida por «una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» (Benedicto XVI, Deus Caritas est)

Se encontraron con «Aquel que murió y se entregó por mí”. ¡Por mí!, es decir, implica una relación, implica un “Tú y yo”. Sin caer en un individualismo que me llevaría a encerrarme en mí mismo; muy al contrario, esa experiencia personal y real con Dios me lleva a hacerme más persona en cuanto a que me lleva a abrirme a los demás, me lleva a formar una relación interpersonal con los otros. Me lleva a interesarme por lo que está fuera de mí… en pocas palabras me lleva a verdaderamente amar.

La experiencia personal del amor de Dios, es una experiencia que toca, que transforma; una experiencia que despierta, renueva, convierte… es una experiencia Real.

Si algún día estuvieras caminando por la calle, pensando en mil cosas y de pronto alguien te dijera «No temas, porque yo te he redimido. Te he llamado por tu nombre y eres mío.» (Is 43, 1) ¿Qué harías? ¿qué pasaría? Solo tendría que aclararte que esta vez no se trataría  de un pobre relato hipotético.

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One Comment

  • Willian O. Santos

    9 noviembre, 2017 at 19:38

    Muy buena la analogia… Creo la narrativa desde el inicio capta la atencion y despues te obliga a seguir leyendo para entender la conclusion de la historia.
    Gracias!

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