Un Corazón traspasado de Amor

“Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».” (Jn 19,31-37 / Sagrado Corazón de Jesús B)

 

 

¡Este Dios que tenemos es increíble! Primero nos sueña, se ilusiona con nosotros. Nos regala un universo entero. Nos crea a su imagen y semejanza. Y a pesar de que la regamos, nos sigue amando con locura. Nos ama tanto que se hizo hombre, como vos y como yo. Es más, Él ofreció su propia vida para pagar la deuda eterna que habíamos contraído al ofender a Dios. Y por si fuera poco, decidió quedarse con nosotros, aquí, en este mundo, hasta el final de los tiempos… cuando podremos entrar a la casa del Padre, donde nos ha preparado una morada.

A nivel humano, ver una cruz, ver al Crucificado, resulta absurdo. Siendo objetivos: es un fracaso total. Perdió… ¡y de qué manera! Hasta inspira piedad y pena ajena. Si todo hubiera terminado ese Viernes Santo…: un cuerpo descuartizado, sin vida… ni siquiera le tuvieron que romper las piernas porque ya estaba muerto… Bastó un golpe de lanza al pecho para que su corazón soltara las últimas gotas de sangre.

Pero ese es el mayor signo de grandeza: saber ocultar tanto poder y tanta gloria entre nuestras miserias. Es allí, en ese Corazón traspasado, donde deslumbra la grandeza de nuestro Dios. Él se hizo vulnerable para curar nuestras heridas; débil, para hacernos fuertes; mortal, para abrirnos las puertas de la eternidad. Ante ese Corazón perforado por amor a nosotros, abierto de par en par, no nos queda más que postrarnos y adorarlo… y abrirle el nuestro para que Él entre y haga maravillas con nosotros.

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