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Un corazón abierto para los divorciados vueltos a casar.

Por Andrés Orellana, LC

Hoy quiero escribir sobre el tema del momento: los divorciados vueltos a casar. Como en todos los temas de la vida, de la Iglesia y de actualidad, el Espíritu Santo nos guía y nos ilumina mostrándonos el camino a seguir. En la Liturgia de estos días encontramos pistas nos indican claramente una dirección. Tenemos delante de nosotros tres fiestas importantes que nos marcan un itinerario: la ascensión, pentecostés y el Sagrado Corazón de Jesús.

La Ascensión, que en algunas partes del mundo celebramos el jueves pasado y en otras hoy domingo, es la fiesta del cielo y de la misión. Jesús sube al cielo, glorioso, triunfante, después de haber cumplido su misión: ¡ha vencido a la muerte y nos ha ganado la vida! Pero ese triunfo no se ha manifestado por completo: todavía hay muerte y pecado en el mundo, todavía sentimos las consecuencias del mal, y por eso Jesús les da a sus discípulos la misión de ser continuadores de su obra, y les da el poder para hacerlo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.”

La Ascensión nos presenta la meta final de nuestra vida, y nos enseña que la redención que Cristo obró es para todas las personas. Todos no significa los justos, sino los pecadores, a quienes Cristo vino a redimir. Todos incluye a los pueblitos en el último rincón del mundo, donde nunca han recibido a un misionero cristiano, pero también aquellos católicos que no han tenido una buena formación en la fe, que no van a Misa los domingo o no están de acuerdo con algunas doctrinas de la Iglesia… o simplemente no las entienden. La redención de Cristo es para todos, y es tarea de los discípulos de Cristo salir al encuentro, ayudarlos, hablarles en su idioma.

Hoy en día también tenemos un problema de idiomas. Aunque hablamos la misma lengua, muchas veces no nos entendemos. Cuando decimos “matrimonio” mucha gente piensa en una fiesta, en un evento social en el que se celebra que dos personas empiezan a vivir juntos, quién sabe por cuánto tiempo. La fiesta tiene que quedar bien. Cuando los sacerdotes hablan de “matrimonio”, piensan en un compromiso de por vida, un amor radical, incondicional, pase lo que pase; un amor tan sincero y tan profundo que así la otra persona me sea infiel, yo me comprometo a serle fiel hasta la muerte, me comprometo a ayudarla a que llegue al cielo. Este amor radical es el único que te llena, que te hace feliz; es el amor con que Cristo nos ha amado. Cuando te comprometes a amar así, Cristo te da la gracia para hacerlo, para que tu vida sea un constante crecer en el amor. Hay un problema de comunicación, no nos estamos entendiendo; y sin embargo es nuestra misión hablarle a la gente en su idioma para traerles el evangelio y la gracia de Cristo.

Esta misión no sólo es difícil, sino que si contamos sólo con nuestras propias fuerzas es imposible. ¿Cómo Cristo nos va a pedir algo imposible? La fiesta de Pentecostés nos da la respuesta: No estamos solos, es el Espíritu Santo quien nos da la fuerza. Así, en la historia de la Iglesia, vemos cómo los discípulos, cuando se dejan guiar por el Espíritu Santo, encuentran verdaderamente la solución a los problemas y la fuerza para llevarla a cabo.

Hablando el mismo idioma, a veces no nos entendemos. El día de Pentecostés, pasó exactamente lo contrario: la gente, que hablaba diferentes idiomas, de repente se entendían, y nadie se explicaba cómo. Es el lenguaje del amor que nos hace darnos a los demás, salir de nosotros mismos para entregarnos sin miedo, sin reservarme algo para mí. Estamos hechos para amar, y amando nos entendemos. Cuando alguien en verdad nos ama, lo entendemos, aunque no siempre correspondamos a su amor. Cuando amamos a alguien lo comprendemos, porque el lenguaje del amor está escrito en nosotros. Pero también es amor el dejarse amar. Quien no se siente amado, no puede amar.

Entonces para amar es necesario abrir el corazón al amor de Cristo. Con un corazón cerrado por el miedo, no nos dejamos amar. Tenemos miedo a perder ese amor propio, miedo al vacío, miedo a quedarnos sin nada. Por eso decía con fuerza san Juan Pablo II: “¡No tengan miedo! ¡Ábranle de par en par sus corazones a Cristo!” y agregaba Benedicto XVI: “Él lo da todo y no quita nada”.

El Espíritu Santo nos lleva siempre a Jesús. Su mensaje no es sólo « informativo », sino «performativo »; es decir, nos transforma. Y nos transforma en Jesús. Nos lleva siempre a ser más como Él. Si vemos al corazón de Jesús  – y podemos contemplarlo especialmente en nuestra tercera fiesta, el primer viernes de Junio, la fiesta del Sagrado Corazón – vemos que no es un corazón indiferente, frío, que juzga a los pecadores y los abandona. ¡Al contrario! El corazón de Jesús es compasivo, misericordioso. Sale al encuentro de la gente, las cura; se olvida de sí mismo hasta el punto que su familia pensaba que se volvió loco, porque se olvidaba hasta de comer. Se compadece de las masas al verlas “como ovejas sin pastor” y no duda en cambiar sus planes y se pone a enseñarles en vez de irse unos diitas de vacaciones. Es un corazón que odia las apariencias vacías y el legalismo, es un corazón amable, que sabe ver lo bueno en cada persona. Es un corazón atento a las necesidades de los demás, que los busca, que sale al encuentro. Es, en definitiva, un corazón abierto; y esto es lo que podemos ver en cada crucifijo.

Jesús respondió al mal con el bien. Frente a cada problema que veía el respondía con actos de caridad, de amor. Nosotros amamos siempre con una mezcla de intereses, intereses personales e intereses comunes. Dios ama con un corazón puro. Su interés personal es que todos se salven. Por eso nos amó hasta el extremo y dejó que un soldado, con una lanza, le traspasara el corazón. De ese corazón traspasado brotaron sangre y agua, que son símbolos de los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía. De su corazón traspasado nació la Iglesia, y es nuestra misión hacer que esa sangre redentora llegue a todos los hombres.

El tema de los divorciados vueltos a casar no se trata primariamente de si pueden o no recibir la comunión. Pensar así reflejaría una mentalidad legalista. El tema de los divorciados vueltos a casar requiere y nos recuerda a todos que el corazón de Cristo sigue abierto. Nos invita a todos también a abrir nuestro corazón a las necesidades de los demás, a creer en ese amor de Cristo que al resucitar ha vencido la muerte y todos los males habidos y por haber. Como a Tomás, Jesús nos invita hoy a meter las manos en su costado y a tocar su corazón, que es ver cuánto nos ha amado a nosotros. ¡Nos invita a no ser incrédulos sino a creer en su amor!

¡Pidámosle a Cristo que nos permita tocar su corazón! ¡Que el fuego y el amor que salen de ese corazón también se enciendan en el nuestro! ¡Que nos permita compadecernos del mal de los demás! ¡Que nos permita escuchar a los demás sin juzgarlos, buscando comprender por qué dicen lo que dicen! Jesús hoy nos bendice y nos vuelve a dar su misión: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.” Sí, Señor, llevaremos tu alegría a todas las personas: el anuncio de la salvación.

Sagrado Corazón de Jesús: ¡En ti confío!

 

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