“¿Tú, quién eres?” (Jn 1,19)

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.” (Jn 1,6-8.19-28 / III Domingo de Adviento B)

 

 

Hoy me encontré con una de mis primas, después de varios años sin vernos. Ella iba con su novio. Después de que nos saludamos con un gran abrazo, lo primero que hizo fue presentármelo. Le dijo quién era yo y me dijo quién era él. Esa suele ser la dinámica cuando conocemos a alguien: “¡Hola!¡Buenos días! Luis Rodríguez… Un gusto…” Y espero que la otra persona también me diga quién es. Pero es impresionante cómo algo tan básico y cotidiano como decir quién soy o preguntárselo a alguien más, pueda ser al mismo tiempo una de las cuestiones más fundamentales e importantes en nuestras vidas.

Todos queremos hacer algo grande en nuestras vidas. Sólo podemos lograr cosas grandes con confianza en nosotros mismos, con compromiso, con pasión. Y la primera fuente de confianza, compromiso, pasión y miles de otras virtudes, proviene de la certeza de saber quién soy, de conocerme bien a mí mismo. Si no sé quién soy, no sé de qué soy capaz… y no podré seguir avanzando en el camino de la vida porque ni siquiera sé a qué punto me encuentro.

Esa era la grandeza de Juan el Bautista: él sabía quién era, con total claridad y certeza. Juan se sabía mensajero, testigo… “la voz que grita en el desierto“. Por eso juntaba grandes muchedumbres, por eso la gente se convertía al escucharlo, por eso los sacerdotes y levitas estaban preocupados por él: una persona que se conoce a sí misma sabe de qué es capaz, sabe para qué ha venido al mundo y no se va a detener hasta cumplir su misión.

Con frecuencia se nos escurren de los dedos estos días de adviento entre la preparación de los regalos y las fiestas… o las fiestas de navidad adelantadas. Pero un momento de preparación para un evento tan grande siempre nos tiene que llevar a hacer una pausa. Tiene que surgir desde nuestro interior esa pregunta. Juan, testigo de la luz, vino a preparar el camino para Jesús. Jesús, el Hijo de Dios, vino para dar su vida a cambio de la mía. Y yo… ¿quién soy? ¿para qué estoy aquí? Cada quien tiene que encontrar su respuesta personal; no hay respuestas prefabricadas. Pero estoy seguro de que todos podemos empezar con esta certeza: soy un hijo amado de Dios, que se hizo hombre, como yo, para que yo pueda ser más como él.

Previous post
"El problema de la problemática"
Next post
De la mano de Papá

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

“¿Tú, quién eres?” (Jn 1,19)