“Tu eres mi hijo amado…” (Mc 1,11)

“[Juan] proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».” (Mc 1,7-11 / Bautismo del Señor)

 

 

Y sucedió que aquella mañana, llegaste desde tu casa y fuiste bautizado, por el padre, en la parroquia. Apenas te echaron el agua en la cabeza, se rasgaron los cielos y el Espíritu Santo bajó hacia tu corazón. Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.” Esa es la gracia que Jesucristo nos alcanzó al hacerse hombre como nosotros, morir y resucitar por nuestros pecados y enviarnos al Espíritu Santo: que el Padre nos vea con el mismo amor que a Él. Cristo ha venido a nuestros corazones, se ha hecho nuestro hermano… por eso, cuando el Padre nos ve, ve a su Hijo y nos ama como lo ama a Él.

A todos nos pasa: no nos damos cuenta de lo que significa en hecho de estar bautizados. Para muchos, es un compromiso social que nuestros papás cumplieron cuando estábamos pequeños. ¡El bautismo es uno de los regalos más grandes que hemos recibido! Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha introducido dentro del misterio de la Santísima Trinidad.

Pero allí vamos nosotros a meter la pata… ¡típico! De bebés, el Padre no tenía ningún problema para ver en nosotros la imagen de su Hijo. Pero conforme vamos creciendo, esa imagen se va ofuscando, manchando, rompiendo… a tal punto, que ya no se reconoce nada. Si el Padre no puede ver en nosotros a su Hijo, ¿cómo nos va a amar como lo ama a Él y concedernos todas las gracias que necesitamos?

Es nuestro deber mantener esa imagen nítida, limpia, pura en el alma. ¡Y es lo que más nos conviene! ¿Queremos sentir el amor de Dios? ¿Queremos recibir su gracia? ¿Queremos vivir la vida plena para la que fuimos creados? Muy sencillo: dejemos que el Espíritu Santo pueda esculpir la imagen clara de Cristo en nuestra alma. Mantengamos nuestra alma pura, en vida de gracia, como una ventana limpia y pulida, para que el Padre y todos los hombres puedan gozar de la luz de Cristo que llevamos en el interior. Y sigamos creciendo en esa vida de gracia, cultivando las virtudes, profundizando en la oración, asemejándonos cada día más a Jesucristo, nuestro Hermano y Señor. Así escucharemos de nuevo, con toda claridad, las palabras del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.

 

 

Foto: El Papa Benedicto XVI bautiza a un niño

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