Trigo y Cizaña

Este par protagonizan una de las parábolas más conocidas del Evangelio. Actualísimas parábolas. Es cierto que 90 de 100 hombres tenemos una gran propensión, que aumenta con el tiempo, de ser miopes que sólo ven las cizañas del campo: enfocarnos en las sombras del pasado, las carencias del presente, los defectos circundantes… en vez de enfilar nuestros ojos hacia el buen trigo, con la cara hacia el sol. Cuánto nos convendría acudir de emergencia al uso de los lentes correctivos de la esperanza, pues en nuestras vidas poco o nada se puede construir viviendo a la defensiva, entre una efusión de críticas amargas por hora.

Equivocarse es ciertamente parte del ser hombres, como lo es el caerse una y otra vez. Lo que no debería ser esencialmente humano es estar continuamente dando vueltas entre lamentos, esclavos de viejos rencores, sufriendo doble o triplemente los «ojalás» no cumplidos.

Me pregunto cómo sería nuestro mundo – no el ideal sino nuestro alrededor concreto – si el mismo tiempo que dedicamos a quejarnos – o al menos la mitad – nos dedicáramos a construir, a mirar el trigo, a regarlo con tesón. Mas parece que, paradójicamente, muchos nos hemos hechos cultivadores de cizañas, insecticidas del trigo con el arte de la indiferencia al bien presente y la exageración del mal pasado.

Es cierto que los errores antiguos son dignos de ser acusados, mas no puede olvidarse que el presente corre, y en éste, más vale ocuparse de dar vida al «ahora» que resucitar los males del pasado, que deberíamos definitivamente dejar morir, como muere el mal, no por lamentos, sino con perdón y aprendizaje positivo.

Es evidente que en nuestro mundo sobran pro-cizañas y que éstos gozan de publicidad gratuita. Mas, ¿dónde están los grandes cultivadores del trigo? ¿la gente llena de esperanza, de lucha diaria, de amor? Ésta debería ser nuestra verdadera preocupación: dejar plantados los asuntos en los que sí podríamos cooperar, por acudir a resolver aquellos que no existen o no pueden resolverse.

Dicen que los hombres viven un tercio de sus vidas durmiendo. ¿Qué harán con los otros dos tercios? ¿Vivir una vida llena de vida (valgan las múltiples redundancias)? o ¿quejarse y morir? Dios quiera que en el mundo hayan más hombres de color verde: de esperanza, optimistas, sinceros y abiertos, alegres y vivaces, con actitud brillante, positiva y enérgica. Maestros del perdón y del construir. Coherentes. Amables, disponibles, llenos de vida. Hombres con coraje, espontáneos, que saben respetar al otro, valorarlo, llenos de humanidad. Sencillos y humildes.

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