Tricking

“Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».” (Jn 6,60-69 / XXI Domingo Ordinario B)

 

 

Algunos lo llaman tricking, otros lo conocen como free running o parkour. No son exactamente lo mismo, pero comparten la locura de andar desafiando la ley de la gravedad con saltos y piruetas. A mí me encanta, aunque no soy experto en la materia. Al intentar volar y dar vueltas en el aire uno se encuentra con un serio problema: el miedo. Da miedo caerse, da miedo golpearse, da miedo no lograr hacer la pirueta completa y fallar en el intento. Sobre todo, da miedo porque duele.

La diferencia entre un buen piruetista y uno malo no es cuestión de tener o no miedo. La diferencia está en cómo se maneja. El que puede saltar y hacer maravillas en el aire no siente menos miedo que el que no se atreve a saltar, simplemente supo aceptarlo y superarlo mejor. Lo peor que no puede hacer es dudar a medio salto: fallo y caída asegurada y dolorosa. Hay que saltar con decisión o no saltar. Punto.

Y Jesús sabe que seguirlo a Él es como hacer tricking: o estamos full dentro o full fuera, pero no podemos tener un pie aquí y otro allá. Él sabe que seguirlo es difícil, exigente, costoso. Pero también sabe que es el único camino hacia la verdadera y plena felicidad. Por eso les plantea la pregunta a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?” Y nos la repite hoy a nosotros: “¿También vos querés marcharte?” Con un pie dentro y otro fuera nos vamos a caer; va a doler, y mucho. El Señor no quiere gente a medias: o todo o nada. ¿Podemos repetir con san Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.“?

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