Tras el sentido del sufrimiento: “Tiempo y un Personaje peculiar”

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Mi vida me parecía terrible. Sin saber qué hacer me refugié por estaciones en teorías y fórmulas que, según científicos y grandes matemáticos, logran explican toda la realidad. Fue un fiasco. ¿Se puede acaso explicar tu dolor o el mío con una fórmula o con una serie de pasos precisos? Creo que si pudiésemos colocar lo que experimenta un corazón humano en una calculadora, incluso de las más sofisticadas, inmediatamente aparecería como resultado: ¡Error! ¡Error!

El sufrimiento no es algo a entender a la primera. Requiere tiempo. Mucho tiempo. Si ves a alguien sufriendo, dale tiempo, acompáñalo. ¿Por qué? Porque no se puede responder en “abstracto” a las preguntas más importantes de nuestra vida. Estas tienen que interiorizarse, hacerse propias; con ellas tienes que, como se dice comúnmente, “darle vueltas”.

Ciertamente solo el tiempo no es la última respuesta. Con el lograrás ver las cosas de una nueva perspectiva. Más serena. Aun así necesitas una pieza clave, Alguien que dé un sentido. En mi historia, Cristo la clave. Al fin de cuentas, Él también había sufrido. ¿Por qué? ¿Acaso no pudo haberse “ahorrado” este paso? Él no lo quiso así.

Su dolor fue una gran mayor manifestación de amor y desde ahí, renovó el mundo entero. Nosotros buscamos generalmente una vida sin problemas, llena de comodidades, y si se nos presenta algún indicio o posibilidad de dolor, huimos. Pero el dolor no es un error, no, el error es cómo lo vivimos.

Dios obra en nuestro dolor y es capaz de sacar de los momentos más difíciles una vida nueva. El dolor se convierte con Él en una puerta que cruzar. No la cruces solo. Crúzala con Él. Es cuestión de dejarse llevar, de dejarse trabajar, de confiar. Abre el corazón y enriquece con tu dolor a los demás. Aprenderás desde ahí a comprender el dolor de otros. Descubrirás desde la fe que tu dolor es precioso, fecundo, útil. Te cuento una anécdota:

Edith Zirer fue una sobreviviente de un campo de concentración en Hassak. Ella misma cuenta su experiencia del 28 de enero de 1945, cuando entonces contaba con sólo 13 años:

«Estaba convencida de llegar al final de mi viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces él me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó. Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba, y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria: Padre Karol Wojtyla.» (Fuente: Alpha y Omega, Nº206/30-III-2000)

 

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