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Tips para la oración

“Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.” (Mt 15,21-28 / XX Domingo Ordinario A)

 

 

A veces nos encontramos en situaciones que no dejan sin palabras. Me pasó con una señora española, joven, que me encontré por las calles de Roma. Estábamos preguntándole a la gente si tenía intenciones por las que querían que rezáramos en el seminario. Ella se quedó sorprendida: no te pasa todos los días que un religioso te para a media calle de Roma y te pregunta si puede rezar por vos y tus intenciones… Pasada la primera sorpresa, cambió a modo ataque: “Y si ustedes rezan, ¿es mejor? ¿A ustedes Dios si los escucharía y a mí no?” Inmediatamente intenté explicarle que no era así… Dios nos escucha a todos, pero si rezamos juntos es mejor.

Al parecer, no fue suficiente mi respuesta porque siguió insistiendo… y de repente, me soltó la bomba: “Y si Dios es tan bueno, ¿por qué permite cosas malas…?” Y luego, con lágrimas en los ojos, como un reclamo, añadió: “¿Por qué permitiría que se te muera un hijo?” Créanme que pasé de confianza al 100% a como -200%… ¿Qué le podía yo decir una señora que acababa de perder a su hijo? No tenía palabras. Casi me pongo a llorar con ella. Pero cuando estaba a punto de soltar la primera lágrima, ella me dijo: “No, no… yo no he perdido un hijo, pero podría pasar…” Después de esas palabras, no sabía si reír o llorar.

Susto aparte, me quedo con la primera pregunta: ¿es mejor que un religioso pida algo en la oración? La verdad… no. No importa tanto quién pide; lo que más importa es cómo pide las cosas. Eso es lo que nos suele fallar. Aunque, en realidad, es mucho más sencillo de lo que creemos. Basta ver el ejemplo de la cananea.

En su petición a Jesús descubrimos las tres cualidades que nuestra oración necesita si queremos que sea eficaz: fe, insistencia y humildad. Pedir con fe significa que creo y confío firmemente en el poder de Dios: Él puede concederme las gracias que yo necesito en mi vida. Pedir con insistencia, implica cansar a los apóstoles de tanto pedir… tan hartos estaban que ellos mismos empezaron a pedirla a Jesús que oyera a la cananea. Y pedir con humildad quizá sea lo más importante: significa saber que no merezco la gracia que estoy pidiendo; que si la recibo, es por pura bondad de Dios; que si no la recibo, es porque Dios tiene algo mejor preparado para mí y para muchas personas más.

Claro, sencillo no necesariamente significa fácil. Aquí, escrito, suena fácil… llevarlo a la práctica, al día a día… ¡creo que ya no tanto! Pero ese es el camino a seguir. El Señor nunca dijo que sería fácil; al contrario, nos demostró que es difícil. Pero no nos dejó con dudas sobre el camino. El camino está clarísimo: hay que seguirlo a Él. A Él le pediremos las gracias necesarias para seguirlo con la cruz a cuestas. Y Él ya nos dijo que para que nuestra oración sea eficaz tiene que estar llena de fe, tiene que ser insistente y tiene que provenir de un corazón humilde.

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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