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Tanto amó Dios al mundo…

“Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.” (Jn 3,16-18 / Domingo de la Santísima Trinidad A)

 

Una tarde de verano, Agustín caminaba descalzo por la playa. La brisa marina anunciaba la llegada de la noche refrescante, mientras el sol pintaba su adiós en el horizonte. Pero ni la dulzura del aire en su piel, ni el juego de luces en el cielo, ni el rugir de las olas, ni la relajante arena entre los pies lograban distraerlo del problema que sitiaba su mente: el misterio de la Santísima Trinidad… Ya le había dado miles de millones de vueltas al asunto; había buscado todo tipo de explicación, imagen o ejemplo; incluso había escrito cientos de hojas al respecto… y aún no lograba comprender cómo Dios podía ser uno y trino a la vez.

Absorto en sus pensamientos, se sentó en la arena, con la mirada perdida en el en algún punto más allá de las olas, quizá incluso más allá de este mundo. Tan concentrado estaba en su raciocinio, que no se dio cuenta cuando llego el niño. Era un pequeño, de como 5 ó 6 años. Traía en su mano una pala y un balde* de juguete. Y su sonrisa contagiaba su alegría a cualquiera. Después de corretear un poco, se instaló a unos metros de nuestro querido Agustín. Agarró su pala y empezó a escarbar un hoyo. Cuando se detuvo, el hoyo aún se veía pequeño: apenas le llegaba a las rodillas… Pero el saltó fuera, tomó el balde y salió corriendo hacia el mar con la misma determinación con que había hecho su hoyo.

Fue entonces que Agustín, en uno de esos momentos de distracción que le llega a todo genio, se fijó en el niño. Vio cómo el pequeñajo corría hasta entrar en el agua, llenaba su balde de agua, y luego, con gran cuidado, pero sin perder un solo segundo, regresaba de prisa a su hoyo para echarle dentro el agua que había recogido. Y esto lo empezó a hacer una y otra vez sin siquiera detenerse a descansar. Agustín podía haberse preocupado porque había llegado alguien tan cerca y él ni enterado… o porque había un niño en la playa sin ningún adulto que lo vigilase… o porque ya estaba oscureciendo… o por mil cosas más… Pero sólo una pregunta le invadía la mente: ¿Qué hace este niño? ¿No se da cuenta que toda el agua que pete en ese hoyo se le está escapando?

Intrigado por este pequeño, Agustín se levantó y empezó a caminar hacia él. Cuando llegó al hoyo, el niño se encontraba en el agua, llenando su balde. Agustín se arrodilló en la arena y lo vio venir con el balde lleno de agua, vio como el niño vaciaba el agua en su hoyo y como se daba la vuelta para volver al mar por más agua. Pero antes de que diera tres pasos, Agustín le preguntó: “¿Qué estás haciendo?” El niño se detuvo y volteó a ver a Agustín. Con su sonrisa hipnotizante le respondió: “Estoy metiendo el mar en mi hoyo”. Agustín quería reírse por la respuesta tan sincera e inocente del niño, pero prefirió seguir la conversación: “¿Y de verdad crees que sea posible? ¿No será demasiada agua para un hoyo tan pequeño?” En este momento, la sonrisa del niño resplandeció aún más, y con ese tono jocoso y pícaro de quien sabe que se salió con la suya, le respondió a Agustín: “Es más fácil que todo el mar entre en este hoy, que un hombre pueda comprender con su mente el misterio de la Santísima Trinidad…” Y en un abrir y cerrar de ojos, Agustín se quedó sólo en la playa, junto al hoyo que podría contener todas las aguas del mar…

Quien me conoce, sabe que no tengo nada de fideísta… pero hay misterios que superan nuestra razón. El misterio de la Santísima Trinidad no es para que busquemos explicarlo con nuestros ejemplos banales. Es para agradecerle a Dios el que se haya revelado, que nos ha dejado conocerlo un poco más, que ha venido al mundo por nosotros… para salvarnos. Porque el misterio más asombroso e inescrutable no es cómo Dios pueda ser uno y trino a la vez… sino cómo ese Dios puede amarnos tanto a nosotros, que lo hemos traicionado y contrariado, y amarnos hasta el punto de hacerse hombre y morir por nuestros pecados, para que los hombres pudiéramos entrar en el seno de la Trinidad y vivir allí por los siglos de los siglos.

 

*balde: cubo, recipiente

Foto: Sunset in the Sunset, de Kevin Krejci

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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