Superar los obstáculos

“Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.” (Mc 8,27-35 / XXIV Domingo Ordinario B)

Hace unos días hablaba con algunas personas sobre la misión de Cristo aquí en la tierra. Contemplábamos el mal en el mundo y veíamos cómo Jesucristo vino para salvar al mundo, para librarnos de ese mal, para sanar esta enfermedad que nos afecta. Y esto me recordaba una típica queja que la gente le hace a Dios: ¿Por qué sigue costando tanto, por qué sigue siendo tan difícil, por qué sigo encontrando mal en mi vida, si estoy siguiendo a Cristo, si creo en Él, si le amo con todo mi corazón?

Claro, sería muy bonito poder decir “Creo, Señor” y que todo ya estuviera resuelto: libre de problemas, la vida ya hecha y el cielo asegurado. Es lo que nuestra comodidad humana suplica de rodillas… no, no es cierto: ponerse de rodillas sería demasiado pedir para nuestra pereza y falta de lucha. Todos quisiéramos recibir las cosas empaquetadas y con moño de regalo. Pero la vida no funciona así.

Lo que vale la pena cuesta: si no hay sudor y sangre, no vale. Esto aplica para las cosas humanas: ¿por qué no va a ser válido para las cosas espirituales, que son más importantes? Cristo prometió el 100 x 1… pero también dijo que el paquete venía con sufrimientos, persecuciones y dolor incluidos (cf.: Mc 10,29-30). Jesús vino a salvar al mundo, a sanar el problema del mal, a librarnos de este dolor: pero no quitándonoslo, sino enseñándonos a superarlo. La vida no puede consistir en los obstáculos que encontramos en el camino, sino en el triunfo que alcanzamos al superarlos. El cielo vale la pena, vale la vida… y Cristo ya dio su vida por nosotros: sólo falta que le demos la nuestra también.

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