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¿Sufrimiento…? ¿Para qué?

Suena el despertador, son las cinco de la mañana, te estiras con pereza en la cama, te levantas, tomas el café, vas a la universidad o al trabajo, etc. Y así todos los días de lunes a viernes… Pasan los meses y nos acostumbrados a encontrarnos cada mañana con vida, vamos, regresamos y volvemos a ir, compramos y volvemos a comprar.

Parece que la vida no terminará y que todo seguirá igual de tranquilo como siempre, pero ¿qué pasa cuando algún dolor o sufrimiento tocan nuestras puertas? Hay algo en nosotros que se retuerce como caracol en sal pues no lo queremos.

El dolor y el sufrimiento no gustan a nadie, nos recuerdan la finitud de la vida. Es precisamente en medio de este sabor amargo cuando el hombre llega a cuestionarse sobre el sentido de la vida, le surgen preguntas como: ¿Por qué a mí? ¿Qué será de mi vida? Y si el sufrimiento es muy profundo: ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Dónde está Dios?

Es verdad que la medicina nos ofrece algún remedio de cara a un malestar físico, pero… ¿qué pasa con el dolor que sentimos allí en lo profundo de nuestro ser? ¿Quién se ocupa de palear el sufrimiento causado por alguna experiencia, pérdida o situación amarga?

Si bien el dolor y el sufrimiento no pueden ser extirpados de la vida humana, sí pueden ser encajados en ella.

Miguel de Unamuno presenta una forma interesante para encajar el sufrimiento en la vida, dice que el sufrimiento (por paradójico que suene) es una medicina para el ser humano; le ayuda al hombre a ser hombre, a forjarse. Es decir, los obstáculos o tragos amargos del vivir nos pueden hacer más fuertes. Pongamos lo dicho en esta analogía: el arte de tocar un instrumento musical es como el arte de vivir.

Un instrumento no se puede llegar a dominar con destreza sin esfuerzo y con un “poco” de sufrimiento. Hay que someterse a disciplina y constancia en los ensayos. Poco a poco se notan los resultados, pero también llegan las frustraciones, los retos… si el aprendiz tiene una meta que lo mueva de verdad, entonces ensayará con más precisión y constancia y no se desanimará. Y después de pasar por ese tiempo de sufrimiento, que conlleva el aprendizaje, el ejecutante se llevará una gran satisfacción; ahora ve lo útil e indispensable que fue ese periodo de sufrimiento y sacrificio, ya domina con maestría su instrumento hasta el punto de arrancar aplausos y lágrimas de su auditorio.

Así pasa con la vida, también aprendemos a vivirla a través del sufrimiento. Muchos al toparse con él tratan de evitarlo o simplemente dejan de vivir, pero otros deciden hacerle frente, beben ese amargo trago y lo superan; pasan por encima de él encontrándose más fortalecidos, más crecidos, más hombres al final de la prueba, ahora pueden ayudar a otros a pasar por ese indeseado trecho.

Así es, el sufrimiento no puede ser desencajado de la vida pero sí encajado y eso depende de nosotros. Entonces ¿Cómo encajo o asimilo el sufrimiento en mi vida? o dicho de otro modo ¿Cómo encuentro sentido a mi vida en el sufrimiento?

El fundador de la “logoterapia” (Víctor Frank) nos dice que se puede dotar de sentido a nuestra vida si se quiere, si se tiene una motivación o lo que él llama “voluntad de significado”, que nos ayude a asimilar el sufrimiento. Desde esta otra visión el sufrimiento vendría a representar un valor “pedagógico-funcional” de nuestra vida. Es cada uno el que encuentra un motivo o ilusión en medio del dolor; una madre soporta los dolores de parto para dar a luz a su hijo, un deportista olímpico se somete al duro entrenamiento para dejar a su país en alto y ser el mejor, etc…

Para algunos esa motivación puede ser el amor, para otros su país, para otros la familia, etc. Lo importante es encontrar ese motor interior que nos dé fuerzas ante el dolor. Para un cristiano el máximo ejemplo y motivación de cara al sufrimiento lo encuentra en Jesucristo que sufrió hasta la muerte por amor a nosotros y para salvarnos.

 

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