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Silencio del corazón de Jesucristo

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Por Sebastián Rodríguez LC

A veces pasamos la semana deseando que llegue un día más tranquilo, un día para descansar, para “pensar en nada”. No nos damos cuenta que somos nosotros los que entramos en un ritmo acelerado de vida que nos lleva al cansancio y al estrés. ¿Guardamos silencio cada día? La virtud del silencio es fundamental para vivir en paz. Nos ayuda a madurar las convicciones de vida; potencia la reflexión, la disciplina de la inteligencia, de la voluntad y de los sentimientos. La comunicación entre dos o más personas no podría darse sin el silencio para poder escuchar al otro. Sin el silencio no se podría valorar con detalle las distintas notas musicales de una melodía. Sin esta virtud sería imposible escuchar a Dios, que habla en el silencio, y no podríamos interiorizar nuestra relación con aquél que nos ama.

El Sagrado Corazón de Jesús es reflexivo, ora, escucha, comprende, sabe cuando hablar y cuando callar. Sus decisiones no las toma a la ligera y busca una noche de oración, de silencio, de reflexión para escuchar a su Padre y ver qué decisión tomar. Se silencia antes de escoger a sus discípulos o antes de dar un discurso importante.

A veces nos pueda pasar que experimentamos silencio en nuestra misma oración, frente a Cristo Eucaristía. Un silencio que se nos hace eterno cuando esperamos una respuesta y decimos con el salmista: “escondiste tu rostro y quedé desconcertado” (Sal 29,8). El silencio de Dios es difícil de comprender, también los santos lo experimentan. San Juan de la Cruz escribe: “¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”. A veces el Sagrado Corazón lo permite para que le busquemos con mayor deseo, pero no olvidemos que Dios habla de muchas formas. Nos podemos acercar a Él a través de la Sagrada Escritura, de la Iglesia, de los milagros que nos confirman nuestra fe, o simplemente con una pequeña y simple frase: “Jesús, yo te amo”.

Pidamos a Dios que no le tengamos miedo al silencio, que seamos capaces de silenciar nuestra alma y nuestro corazón para que encontremos esa paz interior que nos lleva a la alegría de tenerle a Él como Amigo.

Señor, ayúdame a verte en todas partes, a caminar en mi día a día de tu mano. Ayúdame a confiar en Ti y a darme cuenta que el tiempo que pase en silencio, buscándote, escuchándote en mi interior, no es tiempo perdido, sino que es el mejor momento del día. Ayúdame a decir como Madre Teresa de Calcuta: “mediante mi oración me hago una con el amor de Cristo y comprendo que orar es amarle, que orar es vivir con él y esto significa hacer verdad sus palabras. Orar es para mí estar 24 horas al día unida a la voluntad de Jesús, vivir para él, por él y con él”.

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