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Siguiendo sus huellas

Foto: Essential Maldives de Chi King

Ya en las películas, impresiona ver cómo uno de los personajes resulta ser un experto cazador que sabe rastrear a su presa, se trate de un animal o de un hombre o de cualquier otro tipo de sujeto. Sus ojos descubren huellas donde ojos normales ven tierra cualquiera; su nariz distingue olores que narices normales ni se imaginan; sus dedos perciben los cambios más sutiles de temperatura. ¡Todo un film de ciencia ficción! Impacta aún más saber que, desde hace siglos, seres humanos, como tú o como yo, ha desarrollado esta destreza porque su vida dependía de ello. Quizá a veces las películas de hoy lo exageren un poco, pero en gran parte reflejan la realidad.

Estos cazadores de primera no recibieron un don sobrenatural que les cambió radicalmente la vida  de la noche a la mañana. Todos nacieron con la posibilidad de adquirir esta habilidad y todos tuvieron que invertir horas, días y años de arduo trabajo, sudor y sangre para alcanzar la maestría de este arte. El germen se encontraba en su interior: sólo debían alimentarlo, ejercitarlo, robustecerlo. Todo hombre sería capaz de alcanzar la pericia en cualquier campo del saber, teórico o práctico: todo a un cierto precio, claro está. Sólo necesita realizar dos pagos: el primero, de confianza en su capacidad; el segundo, de esfuerzo y ejercicio diario de perfección. Ambos, sobre todo el segundo, deberán realizarse a plazos constantes por lo que dura la vida: en este banco no se aceptan los pagos únicos.

Cualquiera de nosotros habrá hecho experiencia de perseguir a alguien o algo, al menos de pequeños, cuando se jugaba. De inmediato surgían en nosotros ciertos instintos. A veces, nos guiaban por senderos que conducían al éxito en la búsqueda; a veces, sólo nos confundían y nos hacían perder el camino. Con el ejercicio y la práctica, descubrimos detalles que antes habíamos pasado de largo y distinguimos patrones que nos ayudan a acertar con más constancia y precisión: pistas que el ‘buscado’ va dejando al ‘buscador’. Este proceso se puede ver en actividades tan dispares como juagar a las escondidillas o resolver problemas matemáticos.

Así mismo, podemos regresar a reflexionar en esos momentos de nuestra vida en que hemos contemplado la belleza de un atardecer en la cima de una montaña o recostados en playa. Quien ama el arte, no puede permanecer inmutable ante un Rubens, un Velázquez o un Rembrandt. Es difícil llegar al Paraíso y no gozar con Dante o ser un mero espectador en las aguerridas luchas de Aquiles, Ulises y Eneas o contener las lágrimas ante el amor fracasado de tantas tragedias. Cuánta conmoción al oír el Lacrimosa de Mozart o la IX Sinfonía de Beethoven. Y ¿qué decir de la belleza más grande que logramos contemplar en esta vida? ¡Cómo se nos revuelven las entrañas ante la hermosura, no sólo física, de otro ser humano!

Todo nuestro ser se estremece y se lanza hacia arriba, hacia el infinito, porque la caducidad de esta vida no puede ser el todo.  Si este mundo es todo, entonces no es nada. De manera instintiva, desde lo más profundo de nuestro corazón, se eleva un grito hacia el más allá, hacia lo que no alcanzamos a comprender, hacia lo trascendente, hacia el Trascendente, el Totalmente Otro, el que sabemos que tiene que estar allí aunque no lo podamos ver. Tanto orden, tanta perfección, no se dan por casualidad. Algo, Alguien, se esconde detrás del velo que cubre nuestro horizonte.

No se trata de una experiencia particular y excepcional, propia sólo de un selecto grupo de personas favorecidas por quién sabe qué numen. La historia constata que esta experiencia ha sido vivida por miles de millones de seres humanos de todas las épocas. Cada hombre lo experimenta de manera única y personal, pero a todos los lanza hacia el Infinito. Con tristeza hay que reconocer que no todos han atracado en puerto seguro. Quién ha ignorado la llamada, quién la ha combatido con fiereza, quién se ha encaminado y ha quedado encallado en algún escollo. Cada hombre tiene su historia. Cada hombre decide cómo reaccionar. Pero cada hombre, en su interior, debe reconocer que no se trata de un cuento de hadas.

Como aquellos expertos cazadores, hemos nacidos con la semilla que contiene todas las potencialidades de este arte. Al inicio, nos asombramos y sentimos mariposas en el estómago. Es aquí cuando comienza a pasar el cobrador de impuestos. Dos son los pagos a realizar. En primer lugar, hay que reconocer esta capacidad innata en nosotros. Como decía Tertuliano: « ¡O testimonio del alma naturalmente cristiana! [1]» Nuestro espíritu clama a un Dios único, creador de todo el universo. Incluso, me atrevería a decir ‘sobre todo’, cuando más profundo un hombre ha caído en las tinieblas del pecado, al ver el más mínimo destello de luz, suspira con paz y gozo, y cualquier oído sutil logrará distinguir el  « yah – weh » que emana de sus labios y se eleva al trono celestial.

Cuando se ha reconocido ser capaces y se confía en este increíble don que poseemos todos, es hora del segundo pago. Éste se realiza por medio de mensualidades o « cotidianidades » de esfuerzo, ejercicio y lucha constantes. Cada día, al despertarse, hay que darse cuenta que Dios me ha regalado un nuevo día. Al ver o recordar a las personas que amo, debo agradecer su compañía y su amor. Incluso cuando acechan los dolores y las desgracias, tengo que saber agradecer lo bueno que he recibido y pedir la gracia de poder sobrellevar estas dificultades. ¡Antes dicho que hecho…! No será fácil, porque nada de lo que de verdad vale la pena en esta vida, es fácil.

¡Qué maravilla saber que Dios quiere que lo encontremos! Invisible, pero no se nos esconde; incomprensible, aunque quepa en nuestro interior; inestimable, y percibimos su gloria: así de grande y majestuoso es el Rey y Señor del universo[2]. A nosotros sólo nos queda buscarlo. Ya depositó en nosotros la semilla. Reguémosla, abonémosla, ayudémosla a crecer y el árbol de la sed insaciable de Dios dará sus frutos.

[1] Tertullianus, Apologeticum, XVII.

[2] Cfr. Ibidem.

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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