Si quieres…

“Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.” (Mc 1,40-45 / VI Domingo Ordinario B)

 

 

De plano que Jesús tiene favoritismos… y no hablo de los grandes sabios ni de los doctos en la Ley y la Escritura ni de los grandes predicadores. Las mejores lecciones del evangelio siempre salen del encuentro de Jesús con alguien sencillo, humilde… como el leproso de este domingo.

Si quieres, puedes limpiarme“. ¿Cuántas veces hemos rezado así? ¿Cuántas veces hemos puesto, en el primer lugar, el querer de Dios? ¿Cuántas veces hemos dejado que Dios sea Dios? El contrario suele ser nuestro “normal”: queremos cambiar de trabajo con Dios, queremos ser nosotros los que deciden qué debe suceder y qué no, queremos pedir y queremos que se cumpla al instante, como si fuera truquito de magia.

Dios siempre nos quiere dar lo mejor, lo que más necesitamos. Pero ahí vamos nosotros a pedir lo que se nos antoja. Sólo tenemos que escucharlo un poco, entender qué quiere Él para nosotros y entender que eso es lo mejor que nos podría pasar, aunque no lo veamos. Con el tiempo se va a saber…

A veces, parece que nos cuesta creer que Dios sea bueno, que nos ama con todo su corazón, que sólo nos quiere ver felices… El día que se nos olvide, miremos a Jesús clavado en esa cruz, contemplemos lo que Él hizo por cada uno de nosotros. Entonces, recordaremos las palabras de san Pablo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” Y aunque no veamos claro, pongámonos de rodillas y empecemos nuestra oración con las palabras de este leproso: “Si quieres…

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