Si no cambian y se hacen como los niños…

“¡Otra vez Navidad! ¿Qué puedo hacer para que esta Navidad no sea una más de entre otras?” Ésta es la pregunta que muchos nos hacemos Navidad tras Navidad.

Creo que Jesús nos da una pista: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor» (Lc 9,48).

Sinceramente, de entre las cosas que más me cuestan, es el tratar personas con alguna enfermedad o síndrome. No sé si se deba a un trauma de niño o simplemente por personalidad o por sensibilidad al ver el sufrimiento.

Además, lo curioso es que lo que nos suele costar, suele suceder cuando menos lo esperamos, y así sucedió un día que fui a visitar a una familia en la que uno de los hijos, tenía un cierto síndrome. De edad, tendría ya unos veinte; su apariencia estaba un poco deformada; el tipo de síndrome no sé cuál sería, pero su manera de ser era el de una niña de tres años.

Al entrar en la casa, saludé uno por uno a los miembros de la familia, pero ella en particular, fue la que me salió al encuentro. Tal vez es porque no sé cómo manejar personas especiales, pero me puse nervioso, pues me abrazó como si yo fuera alguien muy querido de toda la vida (era la primera vez que la veía). Pasamos a comer, y ella se sentó junto a mí y de ahí en adelante no se me despegó (literalmente): me tomaba mi mano y quería que le acariciara la cabeza, luego se acurrucaba en mi hombro y así se quedaba. Entre que su mamá le decía que ya me dejara comer en paz y entre que ella no quería, me di cuenta al final que no tenía que saber cómo se tratar de personas con síndrome, ellas son las que te enseñan a cómo tratarlas. Pues, son un “tú” que es infinitamente dignísimo y bello, y que al tratar con mi “yo” (altanero, prepotente, soberbio, etc., etc.) lo transforman en su imagen. Puedo decir que ha sido una de las experiencias más bellas de mi vida.

«El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor» (Lc 9,48). Creo que ahora tienen más peso estas palabras.

Tal vez el secreto para que esta Navidad no la vivamos indiferentemente como otra Navidad que viene y pasará, es maravillarnos de que Jesús es como estos niños, su espíritu de sencillez que nos cambia: «Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18:3). Se apunta a sí mismo y nos pone una sola condición: ser sencillos como los niños.

Esa es la lección que tantas veces he recibido de estos niños en espíritu y en cuerpo: hacerse a ellos para, no sólo amarlos como lo merecen, sino también y más aún, para ser dignos nosotros de su infinito amor. Y si Jesús es el Eterno Niño, porque es el Eterno Hijo, entonces para ser capaces de experimentarlo, es necesario hacerse sencillo como un niño.

Esto no es sólo el misterio de la Navidad, sino también su belleza. Jesús es el niño que quiere que nos hagamos niños con Él para gozar del Amor de Dios Padre, y para hacernos niños hay que dejar a lado todo orgullo. Éste es el Espíritu de la Navidad: «Pues conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre a fin de enriquecerlos con su pobreza» (2 Co 8,9).

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1 Comment

  1. aeche93@gmail.com'
    Ana
    22 diciembre, 2018 at 11:44 — Responder

    Hagamonos niños !! Gracias

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