Servir con alegría

“Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».” (Mc 10,35-45 / XXIX Domingo Ordinario B)

 

 

A mí, siempre me da risa este pasaje. No tanto por Santiago y Juan o por Jesús, sino por los demás discípulos. Los hijos del Zebedeo andan nerviosillos, calculando el momento perfecto para pedirle algo al Señor. La oportunidad se presenta. Se avientan. Ponen la pregunta en la mesa. Jesús les responde. ¡Y los demás discípulos se enojan!

Eso sí es ridículo: típica reacción verde, como la envidia. Juan y Santiago hicieron lo que Jesús les había estado repitiendo: “Pidan y se les dará…” (Mt 7,7) ellos se acercaron a Jesús y le pidieron. Y Jesús les dio. Pero no les dio el pescado, sino la caña, la carnada y los anzuelos para que se lo fueran a pescar.

Por eso, me da risa. Basta pensar en las carcajadas de Dios Padre al ver esta escena, y otras semejantes en las que nosotros somos protagonistas. No sé qué será más gracioso: vernos molestos porque alguien más ha hecho algo bien o ver que le sale el tiro por la culata al que se creía muy listo. Dios se ríe de estos hechos ordinarios de la vida.

Aprendamos a reírnos nosotros también. Que brille esa sonrisa al ver los triunfos de otros. Que se escuche nuestra alegría al ver cómo Dios nos da limones y no la limonada ya hecha. Porque esa sonrisa, esa alegría, es efusiva. Se contagia. Se transmite. Y, a través de ella, Dios también puede llegar a los corazones de quienes nos rodean. Eso es servicio: el servicio de la alegría.

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