¿Seres invisibles? ¡Muchas gracias!

Por Roberto Allison Coronado, LC
rallison@legionaries.org

El otro día me pasó algo extraño.  Estaba saliendo de la misa en la mañana, cuando me llegó desde el comedor una deliciosa fragancia. “Hoy es miércoles- pensé-, día de chilaquiles”. Y efectivamente, poco tiempo después de haberme sentado a la mesa, llegó un hermano con una bandeja llena de chilaquiles rojos, aún humeantes, con  queso fundido en la superficie… una delicia.

Instintivamente, le di gracias a Dios por el plato. “Pero, Roberto, espera un momento”- pensé. ¿Sólo a Dios debes agradecerle este desayuno? ¿Acaso el plato cayó del cielo? ¿No deberías agradecer a alguien más? Entonces, caí en la cuenta de que los chilaquiles no habían llegado a mi plato por arte de magia. Había una gran cantidad de personas concretas que habían puesto su granito de arena para lograr que este plato llegara. Pienso ahora en el cocinero que los preparó,  en el hermano mesero que tuvo la gentileza de traerme la bandeja hasta mi mesa, en la señora que donó los totopos, o en aquella otra que regaló los jitomates, en el gerente del centro que puso el dinero para comprar el queso. Y si comienzo a indagar más, llegaré hasta el empleado que colocó los jitomates en la cámara que a su vez fueron transportados hasta el seminario por otro trabajador, sin olvidar al campesino que los cultivó.  Toda una cadena de favores, de gente invisible que nos ayudan, cada día, a poder vivir mejor.

Yo siempre he considerado una mentira el creer que el hombre es un ser autosustentable, totalmente independiente. Dependemos de los otros hasta en las cosas más sencillas. ¿Qué sería de nosotros sin la empresa que nos da luz eléctrica, o la que nos proporciona el agua? Dicen los expertos que el hombre es el ser más indefenso del planeta y que es el que pasa mayor tiempo bajo la protección de sus padres.

Ni siquiera en el terreno de las ideas nos salvamos. La mayoría de las cosas que hemos aprendido las hemos recibido de alguien. Lo que leemos ha sido escrito por otros. Y el conjunto de nuestras ideas, si las analizamos bien,  no son más que una mezcla de las ideas de otros, un refrito que más o menos hemos adaptado.

En este sentido, lo más lógico es que seamos agradecidos. “Es de bien nacido, ser agradecido” refiere un dicho popular. ¡Hemos recibido, quizás sin merecerlo, tanto, de tantas personas!  ¿Por qué, entonces, es tan difícil encontrar gente agradecida? ¿Por qué la gratitud se ha convertido en una virtud tan extraña, como si fuera una flor exótica o un animal en peligro de extinción? ¿Qué es lo que nos impide ser agradecidos?

Muchas veces se debe a una actitud de soberbia, a una errónea suposición de creer que “yo me lo merezco todo”. Y así, por nuestra falsa altivez, nos subimos a  un imaginario estrado tan alto que no nos deja ver lo que los demás hacen por nosotros. Y, al final de la vida, ese estrado está tan por encima, que nos vemos de repente solos sin nadie quien nos quiera o nos comprenda. No porque no haya nadie que nos ame, simplemente es que hemos creado una trinchera inalcanzable e inaccesible a la que ya nadie puede entrar. Es por eso que esta clase de personas no saben amar o no pueden descubrir que lo son “porque si no conocemos qué recibimos, no despertamos al amor”, decía Sta. Teresa.

Pero no creo que la mayoría de las personas vivan así. Existe una actitud tanto más sutil cuanto más peligrosa que nace de nuestro tan enraizado egoísmo. Es la actitud de quien, por preocuparse demasiado de sí mismo y sus cosas, no ve lo que recibe del otro. Es como el niño que por fijarse demasiado en la mancha de la ventana, no contempla el bello paisaje que tiene enfrente.  Y es que no es tan difícil descubrir el bien que recibimos. Decía San Juan Crisóstomo que “recibimos beneficios que superan en número a las arenas del mar”. Es entonces cuando todas las personas que de alguna u otra manera, nos sirven, se convierten en seres invisibles, inexistentes, y terminamos por desconfiar de los demás.

¡Dios nos libre de estas actitudes! Tú, por tu parte, trata de ser agradecido. ¡Qué bien entendió esto Santa Teresita de Lisieux que sabía ver como don cada detalle aparentemente insignificante! Porque, efectivamente, todo es don, todo es regalo. Y cuando se ve todo desde esta perspectiva, díganme ustedes si no descubriremos un mundo de personas  concretas, con nombre y apellido, dispuestas a ayudarnos. Y ya no te será tan difícil entrar a ese mundo de seres invisibles, advertirás  un mundo lleno de cariño y descubrirás que en cada situación de la vida, hay cientos de personas que han hecho algo por ti, aunque sea en algo tan sencillo como un plato de chilaquiles.

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1 Comment

  1. Fernando Zamora
    20 noviembre, 2015 at 19:39 — Responder

    Muchas gracias por tan hermoso comentario.

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