Ser madre de un consagrado… ¡Qué difícil y hermosa vocación!

Ser madre… una vocación maravillosa, única. Una realidad ante la cual cualquier palabra o artificio retórico queda corto. Maravillosa porque es recibir de Dios la capacidad de dar vida y cuidar con amor y cariño a un nuevo ser. Vocación porque es un llamado y un regalo gratuito de Dios.

Ser madre… un misterio que se agiganta y cobra mayor peso cuando se piensa que Dios confió a algunas mujeres la tarea de ser madre de sus consagrados, consagradas y sacerdotes. De esos hijos suyos tan íntimamente amados, elegidos para ser los instrumentos que le harían presente en este mundo. Ser madre de un consagrado… ¡Grande don y misterio!

Para el común de los mortales, será una mujer más, que va de compras al mercado y cuida del hogar. Otros quizá la verán como una desdichada a la que le tocó un hijo algo chiflado quien tuvo la genial idea de irse al seminario.O una hija un poco particular que se fue de misionera a la Conchinchina o a encerrarse en un monasterio de clausura. Una mujer sin nada de especial, sin milagros ni aureolas, ni apariciones o grandes señales. Eso según los hombres… pero Dios, ¿cómo verá a esa mujer?

Ser madre de un consagrado… Una vocación llena de sacrificios y renuncias. ¿Quién imagina el dolor diario de quien prepara la comida y ve día tras día, implacablemente, un lugar vacío, el puesto en el que estaba su hijo? Un puesto que nunca se llenará ¿O quién no duda de la congoja que siente aquella madre cuando escucha en un parque la voz de unos chiquillos corriendo que bien podrían ser sus nietos? Unos nietos que sabe nunca llegarán. ¡Sólo Dios sabe cuántas lágrimas, suspiros y llantos ha derramado en esas largas noches de insomnio, insomnio provocado por el dolor de la ausencia de un hijo! Un hijo que ya no está.

Ser madre de un consagrado… Una vida que implica generosidad, renuncia y mucho amor. Pese a todo, es una renuncia fructífera, una ofrenda que llena el corazón, un amargor que tiene algo de dulce. Algo difícil de explicar, pero sólo la que haya hecho la experiencia, lo sabe. Y esta experiencia sólo es posible desde la fe. Porque si ha aceptado esta misión, ha sido por la convicción de que Dios quiere siempre lo mejor, de que Él hará, a pesar de las dudas y temores, a sus hijos felices y de que nadie sabe mejor que Él cuál es el lugar de sus hijos. Y es así que él llena, con el don de Su presencia, aquel puesto vacío en la mesa; que Él engendra, a través de la paternidad o maternidad espiritual de sus consagrados, una inmensa multitud de hijos espirituales para aquel hogar; que Él mismo es quien enjuga esas lágrimas para convertirlas en gozo y paz.

Se ensalza a menudo la radicalidad de los santos. Se han escrito ríos de tinta para recordar sus milagros y logros. Poquísimo, en cambio, han sido los elogios que se han brindado a aquellas madres generosas. Casi en nada se ha valorado su silenciosa entrega. Sin embargo, la aceptación de la madre en la vocación de su hijo es algo fundamental para la historia de cualquier consagrado. No habría ningún consagrado, consagrada o sacerdote sin la abnegación amorosa y discreta de su madre. Detras de cada alma consagrada a Dios hay cantidades enormes de amor, oración y sacrificio materno.

Por eso en este mes de mayo dedicado a la figura de la madre, quisiera agradecer de corazón a todas las madres de los consagrados. ¡Gracias por su entrega, cariño y oraciones! ¡Gracias por su generosidad, por su compañía y cercanía! ¡Gracias por haber dicho sí al plan de Dios!Cualquier agradecimiento se queda corto comparado con todo lo que han hecho y siguen haciendo por nosotros. Quizá sólo en el cielo veremos la grandeza de su amor, la finura de su entrega. Simplemente, ¡Gracias!

Y no podría terminar esta reflexión sin hacer referencia a la Virgen María, modelo de todas las madres. Que ella bendiga y proteja las familias de los consagrados y les dé con su intercesión las gracias y dones que más necesitan. Que ella que también dijo sí al plan de Dios, nos enseñe tanto a las madres como a los hijos de cada familia, a ser generosos y confiar en el amor de Dios siempre.

María, madre de los sacerdotes, consagrados y consagradas, ruega por nosotros. María, madre y compañera de las madres de los sacerdotes, consagrados y consagradas, ruega por nosotros.

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Imagen: jsonline.com

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