Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo

En medio de la soledad de la playa de Tiberíades se vislumbraba el horizonte infinito del mar y el silencioso susurro de las olas.

Cristo desde la playa contemplaba la barca donde estaban sus discípulos. Allí estaba el Señor, en silencio. La barca era llevada de un lado a otro por las mansas olas y el suave viento matutino. Los discípulos, liderados por Pedro, estaban tristes por no haber pescado nada. Una voz rompió el silencio haciendo eco en el inmenso: Amigos! ¿Tenéis algo para comer? Ellos entristecidos por el fracaso de la pesca contestaron un tímido “no”. Otra vez la misma voz les gritaba: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Le hicieron caso y echaron la red a la derecha. De inmediato, la red se llenó de peces y casi no podían sacarla del agua.

Algo pasó en sus corazones en este momento. Un recuerdo vivo y candente del primer encuentro con Aquel que había cambiado sus vidas. Juan, impulsado por este vivo recuerdo, dijo a todos: ¡Es el Señor! Pedro, sin pensar dos veces, se tiró al agua y fue al encuentro del Señor. Los demás siguieron en la barca para llevar a la orilla la red llena de peces.

El horizonte irradiaba la luz del sol y todo parecía enfocar y dirigirse a Aquel que había resucitado del seno de la muerte después de tres días.

La alegría de este reencuentro fue algo muy especial y marcó para siempre la vida y el corazón de los Apóstoles.

El mismo Cristo que les llamó, volvía a confirmarles el llamado y animarles a seguir adelante sin miedo, pues Él estaba con ellos y estará para siempre. Era tanta la alegría que no había palabras que alcanzaran transmitir lo que sentían en sus corazones.

Mientras los demás comían y disfrutaban de la alegría de la presencia del Señor, el corazón de Pedro, pleno de esta alegría, sentía en lo más íntimo el deseo de sanar sus heridas por haber negado al Señor.

Cristo nunca pasa indiferente ante nuestras necesidades y súplicas. Él conoce profundamente nuestro corazón y sabía lo que pasaba en el corazón de Pedro. La mirada de Cristo llena de paz y amor se dirigió a Pedro, que en lo más íntimo de su corazón le clamaba: Señor, perdóname! Cuenta conmigo, mi vida es para Ti!

Leyendo su corazón, Cristo le preguntó: Pedro, ¿tú me amas más que éstos? Pedro le respondió: Señor, Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta mis corderos. Otra vez el Señor le preguntó si le amaba y Pedro otra vez le respondió: Sí, Tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. El Señor le preguntó por tercera vez a Pedro si le amaba. Pedro, sin saber qué responder, saca de lo más íntimo de su corazón la respuesta: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! Y el Señor le respondió: Apacienta mis ovejas.

El amor del Señor por Pedro y por cada uno de nosotros es tan grande, tan inmenso que no sabemos cómo corresponderlo. Las palabras del Señor sanaron las heridas de Pedro y, el Señor le fortaleció confirmándole en su vocación diciéndole: ¡Sígueme!

Muchas veces pecamos y negamos al Señor. Muchas veces nos sentimos incapaces de acercarnos al Señor, pues, contemplando nuestras heridas y nuestras miserias, no nos sentimos dignos de tanto amor. El Señor, por el contrario, viene a nuestro encuentro a decirnos que nos quiere, que nos ama a pesar de todas las veces que le hayamos ofendido. El Señor tiene sed de nuestro amor, de nuestro corazón y quiere sanar y aliviarnos de todas nuestras heridas. Por esto ahora sentimos en nuestro corazón esta pregunta: ¿me amas? Y nuestra respuesta libre y llena de ilusión, aunque dolorida por tantas faltas, responde al Señor: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!!!

Nuestro corazón sediento del Amor de Dios y de su Divina Misericordia empieza a latir más fuerte con nuevos ánimos y fuerzas para seguirle. En las dificultades y fracasos de la vida nunca nos olvidemos que hay Alguien que está con nosotros, que nunca nos abandona. Las olas pueden agitar nuestra barca. El viento puede arrastrarla a otros lugares. La profundidad del mar nos puede asustar de miedo. Las tormentas pueden querer hundir nuestra barca. Pero nunca nos olvidemos que Cristo está con nosotros y si Él está con nosotros nada de mal nos puede pasar. Recordar este encuentro del Señor con los discípulos y en especial con Pedro, nos hace ver que Dios nos ama y nunca nos abandona.

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! Ayúdame a nunca dudar de tu amor por mí. Señor, Tú eres el horizonte que me lleva a adentrarme en este mar de la vida. Ilumíname y guíame para no hundirme en el miedo y saber, con el corazón en paz y lleno de confianza en ti, mirar el sol de tu amor que me ilumina y me confirma que estás conmigo y que nunca me abandonas. En el silencio del amanecer, el susurro de una voz que vibra en mi corazón: ¡¡¡Estoy contigo!!! ¡¡¡Confía en mí!!!

 

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2 Comments

  1. 23 febrero, 2016 at 15:29 — Responder

    ¡VTR! Hno. Wagner, bella reflexión la cual me alegro hayas hecho pública. Con toda seguridad será de gran ayuda para muchas personas. Que el Espíritu Santo continue su labor de iluminar tu mente y corazón como hasta hoy hace. Un fuerte abrazo y siempre muy unidos en oración.

  2. jorge roman
    24 febrero, 2016 at 00:05 — Responder

    Tu lo sabes todo es una frase para el desapego y la confianza en Dios

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Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo