Segunda conversión (Adviento II)

Por Javier Gaxiola, LC

San Ignacio de Loyola siempre me ha llamado poderosamente la atención. Quizás porque era un militar, y en mi cogregación religiosa el tema militar es algo así como la médula que conecta varios aspectos de la espiritualidad. Impregna desde el nombre (Legionarios de Cristo) hasta el izamiento de las banderas del Papa y de la congregación en días de fiesta importantes.

Hoy la liturgia nos exhorta a reflexionar en la conversión como condición necesaria para la nueva vida que Jesús nos trae en la Navidad. Pero, ¿nosotros no estamos ya convertidos? ¿No conocemos ya a Jesús? Conocemos la historia de Navidad “de pe a pa”.

El Espíritu me sugirió reflexionar hoy no tanto en la conversión así en general, sino en la que los místicos y santos llaman “la segunda conversión”.

¿En qué consiste? Te cuento la de Iñaki de Loyola.

Sobre Ignacio se cuenta que, ya “convertido”, una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa (Cataluña), que creo yo que se llama san Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas.

San Ignacio pasa del estar “en el mundo sin Dios” a “buscar a Dios sin el mundo” y de ahí finalmente a “encontrar a Dios en el mundo”, transformando esta consigna en la consigna más propia de la espiritualidad ignaciana: ser “contemplativos en la acción”, “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, “en lo más profundo de las realidades”.

En mi espiritualidad lo llamamos plenitud vocacional: ser TODO lo que Dios quiere que seamos para así ser plenamente felices. O en palabras de San Pablo, buscar siempre y alcanzar “Lo bueno, agradable y perfecto” (Rm 12,1-2).

Tal vez seas de los que no recuerdas tu primer encuentro con Jesús, porque en realidad creciste con Él, o de los que conocen la historia de Belén de memoria, o los que más o menos “ahí la llevamos” en la vida espiritual o religiosa. A ti que ya estás convertido, Juan el Bautista te grita hoy que te conviertas. Que pases de la mediocridad espiritual a la plenitud. De la oscuridad cómoda a la luz. De ser banca a ser titular. Que te atrevas a atravesar la línea que divide a los que saben cosas de Dios de los que aman en serio.

La segunda conversión, como la primera, es imposible sin un momento de crisis. Puede ser crisis moral, espiritual o física. Puede ser el hecho de verte en el espejo y no estar completamente en paz con tu conciencia, o no saber si estás viviendo la vida que querías. O el saber que no estás dando el máximo en tus relaciones o en la escuela. O el reconocer que aunque vives en casa de tu Padre Dios, hace mucho que ya no te comportas como su hijo. Todas estas crisis son buenos momentos para provocar un cambio. Y sea el que fuere, ahora en adviento, esa crisis se vuelve en una ocasión perfecta para que el Rey de Reyes venga a habitar en tu interior. Todos tenemos una segunda oportunidad. El chiste es dársela y disfrutarla.

 

 

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