Sed infinita de felicidad

¿Qué debo hacer para ser feliz? ¿por qué este deseo siempre presente de buscar la felicidad? Basta detenerme un momento en mi vida y descubro que, detrás de cada acción, de cada acontecimiento, late secretamente este deseo incesante de ser más feliz y huyo siempre de aquello que me causa dolor o daño. Pasar un rato con mis amigos, beber una coca-cola fría, ver un partido de fútbol, cosas que pueden parecer insignificantes, y que sin embargo me indican que el deseo de buscar la felicidad está siempre ahí.

Pero he aquí que no me contento con cualquier cosa. ¡Deseo ser feliz para siempre! Y encuentro en mi alma un deseo oculto de eternidad, de trascendencia. Me asedia una sed de felicidad interminable. Henri de Lubac dejó escrito que “el ser humano aspira incesantemente al infinito, languidece por no encontrar nada en la tierra que no le sea extraño”. Y me frustro cuando, después de haber buscado en algún sitio una supuesta felicidad, veo que se desvanece, que termina cuando apenas comienza.

Pero veo que todo se acaba. Decía Séneca que las cosas de este mundo están condenadas por la mortalidad. Y si todo en este mundo tiene fin, si vivo rodeado de personas, de seres, de cosas, que no son eternas, que perecen y desaparecen, entonces, ¿por qué este deseo de eternidad? ¿de dónde este deseo? Si este deseo no puede ser de verdad satisfecho, ¿no sería entonces verdad que nuestra existencia esta condenada a la desesperación, a sufrir creyendo ingenuamente que somos felices cuando en el fondo no lo somos? ¿no sería mejor vivir como los animales que no tienen conciencia y no se torturan buscando una supuesta felicidad que al final no se puede alcanzar?

Pero veo que esto no es así. Si existe un deseo es porque tiene que ser satisfecho. Si tengo sed, es porque existe el agua que puede apagarla. Si me siento cansado, es porque puedo dormir para recuperar energías. Sería absurdo pensar que existiese alguna necesidad básica en la naturaleza sin que existiese algo que lo pudiera satisfacer. Por tanto, si veo que en mí (y no sólo en mí sino en cualquier hombre) hay un deseo de felicidad infinita es porque existe algo o Alguien que lo pueda llenar, que me haga feliz por siempre.

Y ¿qué ese algo o Alguien sino sólo Dios? El Creador del Universo, el Ser eterno que ha puesto en mi corazón esa sed de felicidad infinita que sólo él, al fin y al cabo, puede llenar. ¡Qué bien lo entendió San Agustín cuando escribió aquella magnífica frase: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”!

Señor, tú sabes bien que yo quiero ser feliz. Pero sé que sólo tú puedes llenar este deseo. Más aún, tú has puesto en mi corazón este anhelo para que te pueda encontrar. Ayúdame a saciar esta sed sólo en las fuentes eternas de tu Amor. Tú que nos dijiste:

“el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13–14)

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