Archivos

Saudade del mar, saudade de María

El verano pasado aprendí una palabra en portugués: saudade. Ya había escuchado esta palabra antes, pero por más que los brasileños me la quisieron explicar, ni ellos ni yo terminábamos contentos. No hay una traducción literal, punto. Pero este verano me percaté que desde hacía años sentía saudade del mar y no sabía qué nombre darle a ese sentimiento. Quien conoce el mar, quien ha vivido cerca de la playa, quien se ha sumergido en sus profundidades, sabe de qué estoy hablando.

Desde que el mundo es mundo, ese azul infinito que abarca todo el horizonte ha penetrado hasta la médula el corazón del hombre. Su inmensidad acentúa nuestra pequeñez; su majestad, nuestra miseria; su poder, nuestra debilidad. Ha roto los corazones de innumerables esposas. Ha sido lecho final de ejércitos enteros. Ha consumido incluso pueblos y ciudades. Sobran las leyendas que lo pueblan de monstruos feroces. Y por muchos siglos se creyó que allá muy lejos, si alguien se atreviera a ir tan lejos, se caería en un precipicio si fin.

Pero muchos aman el mar. Aún hoy día, poblaciones enteras se nutren de su fruto. Entre los manjares más refinados, se encuentran increíbles recetas afrodisíacas. Grandes magnates gastan millones para descansar al ritmo del oleaje. Las playas de Caribe, del Mediterráneo o de Australia aseguran unas vacaciones inolvidables. Cuanto más grandes las olas, mejor para los surfistas. Y la belleza del lecho marino hipnotiza a todo buceador.

¡Qué misterio! ¡Qué paradoja! Tan majestuoso, imponente, incluso aterrador, y a la vez, tan agradable, tan dulce y tan deleitable… Quien lo ve de lejos, quizá sólo percibe el aspecto más oscuro y negativo. Quien lo conoce, no puede que enamorarse de él precisamente por eso. Siempre hay un cierto riesgo, un posible peligro, un no sé qué que nos incita a retroceder. Pero el amor siempre puede más que el miedo y quien ama el mar sabe que vale la pena.

Este verano, que tuve la oportunidad de pasarlo en el mar, me di cuenta de cuánto me hacía falta. Desde hace más de ocho años que no pasaba tanto tiempo en ese ambiente que huele a sal. Cada día caminaba casi una hora para llegar al mar y aprovechaba cada segundo que tenía para disfrutarlo al máximo. Cada noche, al acobijarme, rendido por el cansancio, no podía que pensar en ‘mañana’. El mar me enseñó qué significa saudade. Tantos años añoré disfrutar del agua salada y las olas. Anhelaba sumergirme entre peces y corales. Deseaba con ardor esa libertad que transmite la inmensidad azul que reducimos a una palabra de tres letras: mar.

El mar es asombroso. Es una imagen formidable de grandeza, profundidad, riqueza y misterio. Nos ensancha el corazón porque deseamos abarcarlo todo entero. La superficie es preciosa, pero insuficiente para quien ha visto lo que se esconde más abajo. Siempre hay algo nuevo que descubrir; una sorpresa se oculta tras cada ola, cada pez, cada planta, cada cueva. Y todo lo envuelve en una niebla arcana que sólo nos provoca a querer siempre más.

María y el mar siempre se han llevado bien. No solo porque comparten letras, sino por la estrecha relación que se puede encontrar entre ambos. ¡Cuántos poetas no han cantado con estupor la maravilla que les causa ese azul infinito! “NECESITO del mar porque me enseña” (Pablo Neruda). “He always thought of the sea as ‘la mar’ which is what people call her in Spanish when they love her” (Ernest Hemingway). Lo mismo dirían todos los santos de la Madre de Dios.

Ver cuán grande la hizo Dios, podría estremecernos, pero nos lleva a bendecirla y a querer recibirla en nuestro corazón. Ella se encarga de ensancharlo para que quepa en él, el cielo entero. Cuanto más se la conoce, más se profundiza en su riqueza y más se ama. Cada día nos trae la sorpresa de una sonrisa, de una caricia, de una bendición. Y por más que creamos conocerla, más nos damos cuenta de cuánto nos falta: como si se creara un espejismo que nos hace verla tan cerca y tan lejos a la vez. Estar en su regazo nos llena el corazón. Y en cada momento que pasamos lejos de ella, nos perfora la aguja de la saudade. Solo hay una cura para un sentimiento tan fuerte: abandonarse en manos de la Madre.

Foto: Wallpapers111

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario