“Sanpablazos” y momentos de impacto.

Por Javier Gaxiola LC    

La vida está hecha de momentos. Recuerdos del pasado. Memorias. Una tras otra van configurando nuestra historia. Desde los instantes más triviales e indiferentes hasta las grandes o pequeñas decisiones. Palabras, encuentros, pensamientos. Tiempo ganado y tiempo perdido. Éxitos y fracasos. Todo va armando el entramado de nuestra vida y de nuestra personalidad.

Sin embargo, no todos nos definen con la misma fuerza. Hay momentos que dan un giro a nuestra historia y nos cambian de manera única. Se da todo para que suceda. Se juntan las cosas, solemos decir, y dan como resultado el giro inesperado. Me gusta llamarlos momentos de impacto. Impacto: choque, marca, señal, consecuencias. Estos momentos de impacto van edificando nuestra leyenda personal hasta llegar a ser quienes somos hoy. Impactos de todo tipo: decisiones bajo presión, encuentros, accidentes, enfermedades, peleas, éxitos, fracasos y hasta caídas de caballos. En esto último consistió el momento de impacto de Pablo de Tarso, que cambió su vida para siempre. Recordamos este evento el 25 de enero de cada año.

Pablo se convirtió porque vio al Señor. Entre el dolor del golpe y su ceguera milagrosa, comprendió que debía tomar nuevas decisiones. Pablo se convirtió, pero ¿en qué? ¿No era considerado ya como un hombre justo a los ojos de la Ley? Pablo era un fariseo intachable. Cumplía la Ley al pie de la letra. Conocía la Torah. Pero entendió que eso no bastaba. Más tarde lo explicará así: “la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Cor 3,6). 

¿En qué se convirtió Pablo entonces? En nada. Pablo se convirtió en propiedad de Dios. Ahora le pertenecía a Jesús y no a la Ley. Su nueva norma de vida sería el Espíritu y la ley del amor. 

Concretando. La conversión es un momento de impacto. Pero en realidad no produce el cambio en sí mismo, sino que marca el inicio de un nuevo camino, de un nuevo giro en la vida. Nos embiste ahora una nueva pregunta: ¿Cómo saber si realmente estoy convirtiéndome o simplemente estoy siendo fiel a una ley, a una normativa cristiana, a métodos de vida espiritual o devociones y tradiciones sin Espíritu? Muy sencillo. Te ofrezco algunas ideas: 

1) Soy de Dios: “Calla y escucha Israel. Hoy te has convertido en el Pueblo del Señor tu Dios” (Dt 27, 9). Tenemos que aprender a escuchar a Dios y callar mientras lo hacemos. Al escucharlo con el corazón, nos damos cuenta de la verdad fundamental de nuestra condición de creaturas: no nos pertenecemos. Realmente no llevamos nosotros las riendas de nuestra vida. Le pertenecemos a Dios y eso significa que estamos llamados a estar con Él. No seremos auténticamente felices hasta que no aceptemos con fe en el fondo de nuestro corazón que de Él venimos y a Él vamos. Es eso lo que le da sentido a nuestras luchas diarias en el camino de la vida. La auténtica conversión comenzará el día que reconozcamos a Dios como el principio y el fin de nuestra vida, razón por la que hacemos lo que hacemos. El arte es estar atento para descubrirlo, pues se suele esconder detrás de los momentos de impacto.

2) Respuesta: llega después el momento de la verdad. Tu respuesta. Ser o no ser. Decidirme a seguir la voz de mi conciencia o hacerme de la vista gorda. La respuesta es de las pocas cosas que dependen de nosotros en el proceso de conversión. La primera actitud, como ya vimos, es simplemente una constatación, una realidad a reconocer: pertenecemos a Dios. Esta segunda actitud implica cambios. Si digo sí, mi vida cambiará. Si decido ser propiedad de Dios, tengo que actuar en conformidad. Si quiero ser su discípulo, me convertiré. ¿En qué? Me convertiré a Él. Mis pensamientos palabras y actos estarán dirigidos a agradarle. Este momento de impacto, de responder a una llamada de Dios en lo íntimo del corazón, hará que Dios pueda cambiarme. 

3) Constancia: la conversión exige constancia. Constancia en la respuesta. Renovar día a día el proceso de sentirme su propiedad, responderle que sí y seguirlo. La conversión en sí no es un momento de impacto. Parte de un momento de impacto que es el encuentro y la respuesta, pero no se queda ahí. Los actos que se desprenden de ese momento son los que verificarán la autenticidad de la conversión. Digamos que si Dios es el escultor y nosotros su obra, la constancia es el abrirle todos los días la puerta al escultor para que pase al taller de mi corazón y trabaje con libertad.

4) Espera: “No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos.” (Is 55,8) Dios a veces se tarda en actuar. La demora de Dios no es una negativa. Dios es un pedagogo y nos lleva por caminos que no esperamos. Esto hace la conversión más auténtica. Siguiendo con la idea de los momentos de impacto, esta espera del momento de Dios es justo lo contrario. Son todos esos momentos diarios que no impactan y traban el entramado de nuestra vida. Nos hacen lo que somos. Dios trabaja en el silencio y en la sencillez, y es ahí donde nuestro corazón se va transformando en el de Jesús.

Si se siguen estos pasos sencillos, muy probablemente estaremos listos para descubrir a Dios detrás de los momentos de impacto. Como san Pablo en el camino de Damasco, nuestro camino tomará un rumbo nuevo. El giro que daremos será para bien, y podremos estar seguros de que la conversión es auténtica. No porque estemos siguiendo unos pasos, sino porque estamos dejando que Dios nos transforme.

“I guess we resist changing, because we are afraid of change.” – Spencer Johnson, Who moved my cheese?

 

 

 

 

 

 

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