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San Valentín y la ortografía del corazón

Decía el célebre escritor Gabriel García Márquez que la ortografía debería jubilarse. Según él, había demasiadas reglas que sobraban. Todos nos acordamos de los dolores de cabeza que las reglas de acentuación nos causaban en la primaria o hasta la fecha. El punto es que a veces no sabemos dónde va el famoso acento, o si la palabra se escribe con “ce” o con “zeta”. O si va con “be” o “uve”.

Al mismo tiempo, la ortografía es mucho más que una camisa de fuerza para un escritor o más que, como la llama el mismo García Márquez, “cinturón de castidad” lingüístico. Gracias a la ortografía, podemos comunicarnos, y además, de una manera elegante y sobre todo clara. Nuestro pensamiento se transforma en palabras, y las palabras tienen estética. Eso es la ortografía.

El amor en pareja es también una cuestión de ortografía. Requiere arte y atención, y no contentarse con “darse a entender”. Ocorre una comunicación no sólo clara y precisa, sino también elegante. El diálogo y la relación de pareja requieren un campo común que no dependa del humor con que te levantaste ese día. El diálogo exige hablar un mismo lenguaje, con un sistema de letras y gramática que sean iguales y parejos para los dos.

Un ejemplo son los acentos. Parece que da igual si los colocamos o no. Pero cambian todo el sentido de las palabras. Y cuando amas a alguien, es importante el lugar donde colocas los acentos. Porque sí cambia la cosa si los pones en lo positivo y en las cosas que te gustan de quien amas, de si lo pones en lo negativo y en lo que te hace rabiar del otro. No es lo mismo acentuar las cualidades y habilidades o sacrificios que el otro hace por la relación, que acentuar sus defectos y manías. Una de las claves para que la cosa funcione será decidirse a poner el acento donde va, aunque a veces se considere absolutamente inútil.

La hache intermedia es otro ejemplo. No sirve para nada, pensamos. Pero por algo está ahí. Hay cosas en la relación que podrían no estar, y no cambiaría nada. Pero a veces las pequeñas cosas, las invisibles, son las que hacen la diferencia. Podrían no estar, es verdad. No tendría nada de malo. Pero su presencia cambia algo, y le da una diferencia al momento o a la circunstancia: una rosa, un mensaje, una llamada, un piropo, un agradecimiento o reconocimiento del esfuerzo de quien amas. Una palabra de aliento puede ser esa hache intermedia que golpeas con el látigo de tu indiferencia.

A veces los puntos exclamativos pueden mejorar o empeorar las situaciones. Con el tiempo, la amabilidad en el trato puede percudirse, y podemos empezar a perder la delicadeza en nuestras formas. Ya no entonamos correctamente el “te quiero”, el “te extraño” o el simple “Buenos días” y “Buenas noches”. Ya no es como antes, y se pierde el brillo. Por ello es importante, como en la ortografía, saber colocar los puntos de exclamación e interogación en su lugar y en el momento adecuado. Saber exclamar nuestro amor y ser prudentes y humildes para preguntar o pedir perdón.

Los diptongos nos recuerdan que no hay nadie bueno o malo 100%, sino que somos simultáneamente buenos y malos, fuertes y débiles. Y esas situaciones van juntas, y se complementan. Y aunque debemos reconocer ambas facetas de nuestra existencia, debemos aprender a acentuar las vocales fuertes, y no las débiles.

Hay situaciones que requieren una pausa, una coma. O que aprendamos a dar espacio. O una pausa un poco más prolongada, como un punto y seguido. Hay temas que debemos callar y ponerles un punto y aparte, aunque nos gustaría seguir dándole vueltas al embudo, evidenciando los errores o probar nuestra inocencia o demostrar a toda costa que teníamos razón (el famoso “te lo dije”). Hay errores ajenos que es mejor poner entre paréntesis. A veces hay que explicar y contextualizar situaciones con los dos puntos. Hay historias que requieren paciencia para esperar una ulterior maduración o explicación y necesitan puntos suspensivos… en fin.

El amor y la amistad son más una cuestión de ortografía que de otra cosa. Pero difiero de la opinión de García Márquez, sobre que habría que simplificarla. Si le quitamos estas reglas al amor, dejaría de ser amor, y sería un simple y llano egoísmo. Las letras requieren un cierto orden para ser hermosas y elegantes. Eso es la ortografía. Y el amor y la amistad son también más elegantes y hermosos cuando “se escriben” bien.

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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