Archivos

San Francisco de Asís 1182-1226

¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? ¿Qué tiene lo pequeño que tanto le gusta a Dios?

Introducción:

Si algún día la vida de los santos no nos conmoviese desde las entrañas del corazón, sería el clarividente indicativo de que dentro de nuestra alma reina una noche sin estrellas. ¡Qué hermoso es un cielo estrellado! Sin embargo, tantas veces el nubarrón de nuestras actividades diarias relega a un segundo plano la belleza de tantas estrellas, es decir, el testimonio de los santos. Los santos embellecen la bóveda de nuestra vida cristiana como las estrellas embellecen la bóveda del cielo.

Nosotros estamos viajando, esta vida es solamente un hospedaje (1), somos peregrinos hacia la patria celestial y contamos con tantos hombres y mujeres que señalan el camino. Pero la cuestión de fondo no es la escasez de medios y ejemplos para ser santos, sino nuestro apocamiento de miras espirituales o tantas veces la acedia del peregrino extenuado. Es fácil perder la ilusión, pues en nuestro mundo globalizado, tecnificado y relativizado en su urdimbre, es difícil asombrarse, y ¡vaya!, asombrarse con lo pequeño.

No lo esperaba y he aquí que la sabiduría de Chesterton está atisbando la carrera de mi pluma: la humanidad no morirá jamás de hambre de maravillas, sino de hambre de maravilla. ¡Verdad como la grandeza de una catedral gótica! Santos… ¡cuántos no habrá! Deseos de santidad… quizás ya pasamos- en este sentido, aludiendo a Chesterton- del hambre al terror de la inanición; y es aquí cuando cae delante de nuestro entendimiento como una rotunda verdad lo que afirma Santo Tomás: “que el término de este camino de la vida es el fin del deseo humano” (2), del deseo de Dios. En otras palabras, es la noche sin estrellas del corazón humano cuando se acaba el deseo de santidad. Vivimos indiferentes ante la llamada a la santidad y si llega a pasar esto de veras, si ya estamos consumidos por la inanición de maravilla, de asombro, es porque nada más tiene sentido.

No nos interpela aquello de que “la santidad no pasa de moda” (Benedicto XVI) porque ya echamos en saco roto el sueño de Dios para nosotros: la santidad. “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (cfr. Mt 5.48). Está claro que a medida en que avanzamos en el camino de la vida nos damos cuenta de que “la única cosa cierta que se puede decir de un hombre es que este no es Dios” (3). Tan cierto es que sólo de este modo, aceptando que no somos dioses, sino hombres, podemos aventurarnos a la santidad que Dios sueña para nosotros.

Se comprende entonces que ser santo no es otra cosa que bajar para subir. Bajar al realismo humano del tejer y destejer a la manera de aquella Penélope que espera contra toda desesperanza. Para subir rescatados por Dios que en la carne de Cristo se hace hombre y nos eleva, no en la facilidad de los ascensores espirituales rápidos y cómodos que proyectamos adaptados a nuestros gustos, sino por las escaleras fatigosas que nos obligan a subir paulatinamente escalón por escalón, virtud por virtud, día a día, caer y levantar.

A estas alturas es oportuno preguntarnos ¿Qué hizo afirmar a Jackes Maritain, después de su conversión al cristianismo, que como no bastasen las cinco pruebas de la existencia de Dios, la testarudez de los ateos llegan a exigir una sexta prueba válida y contundente y he aquí que esta sexta prueba es la vida de los santos? (4). Es para pensar.

Sin embargo, ¡cuánto nos estremece cuando inicia el baile variopinta de las plumas hagiográficas que, al deshumanizar a los santos, provoca en nuestra alma la disonancia que se escapa en un “eso no es para mí”! ¡Cuánta humanidad se les quita a los santos! Y es por ello que la santidad, ese sueño de Dios, se torna una utopía inalcanzable a la mente y al corazón de quienes lidian con ese tira y afloja de la dinámica existencial de esta vida entrañablemente compleja.

Si la santidad se comparase con una bella sinfonía, diríamos que en el fondo lo que buscamos percibir con los oídos del alma no es este o aquel acorde, tampoco el dominante, sino lo que queremos captar es el bajo continuo que sostiene toda la pieza. Este es tan importante que sobre él, como por sobre una alfombra, desfilan todas la melodías que estructuran la obra. Siempre por debajo, casi imperceptible, opacado por la belleza elocuente y melódica que predomina en la armonía del conjunto musical, ahí está: continuo y siempre bajo, sosteniéndolo todo. Bajo continuo que sostiene eternamente la armonía del cosmos, la belleza de cada alma y el destino de cada hombre. ¡Bajo continuo que es Jesucristo!

El reto de la santidad es saber percibir este bajo continuo sin apegarse como rémora a la variedad atrayente de armonías que sobre Él caminan. Como San Agustín que buscando al Autor de tantas bellezas llega a la conclusión de que “sus preguntas eran sus contemplaciones; y su respuesta (la de las creaturas), su belleza (5). Es bajo continuo: único secreto de ese bajar para subir. Es continuo: siempre fiel, siempre presente dentro de nuestra alma, aunque nos ausentemos de nosotros mismos, Él nos advierte como escribe el Maestro Interior más interior que la interioridad misma de Agustín: “¿adónde vas fuera de ti?”.

Dicho esto, es inevitable que nos preguntemos: ¿quiero ser santo? De un lado, el ideal es bello. Del otro, somos poca cosa. Hay que ser realistas, pero no pesimistas. Si es cierto que “la humildad es andar en verdad” (Santa Teresa de Jesús), demos a Dios esa poca cosa que somos. No hay que dar más que esto, pues “nemo dat quod non habet”. Poca cosa: dos moneditas (cfr. Lc 21, 1-4). Poca cosa: cinco panes y dos peces (cfr. Mt 14,13-21). Poca cosa: unas vasijas de agua (cfr. Jn

2, 1-11). Poca cosa: un poco de agua (cfr. Jn 4,5-42). Poca cosa: nuestra adoración a sus pies (cfr. Lc 10, 38-42). Poca cosa: un frasco de perfume y nuestras lágrimas (cfr. Lc 7,36-50). Poca cosa: una posada para nacer (cfr. Lc 2,1-7). Poca cosa: que le carguen la cruz para llegar al Calvario (cfr. Mt 27,32). Poca cosa: un corazón arrepentido en los estertores de la muerte (cfr. Lc, 23, 35-43). Poca cosa: un estar de pie delante de su cruz (cfr. Jn 19,25). Poca cosa: un sepulcro nuevo (cfr. Jn 20,41). Poca cosa: un lanzar las redes (cfr. Jn 21, 6). Poca cosa… ay, ¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? ¿Por qué el Todo siempre se afana y se desgasta por las partes? ¿Qué sentido tiene que el Eterno se ajuste a las manecillas efímeras del reloj humano? ¿Cómo entender con nuestra mente filosófica que el Simple se inmiscuya con la complejidad de los compuestos?

Responderá a nuestras inquietudes “el varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís…” (6). Francisco de Asís hoy es grande porque ayer fue pequeño. Hoy es santo porque ayer fue hombre. Sin pretensión de exponer todos los detalles del santo italiano, este modesto artículo facilitará que “Dios hable a la manera humana de los hombres; porque así también hablando nos busca (7). Nos enfocaremos en los momentos claves de una vida humilde que nos estimulará a seguir buscando con ahínco en nuestra propia vida el sueño de Dios para cada uno de nosotros (8).

Esperemos comprender con ojos de fe que “la santidad no consiste en el hecho de que el hombre lo da todo, sino en el hecho de que Dios toma todo” (Adrienne von Speyer).

  1. Una hermosa dama y el beso repugnante:

Francisco nace en Asís, Umbría en 1182 de Pietro Bernardone, negociante de telas finas y terciopelos, y de Pica Boulement, dama francesa. Francisco poseía una personalidad muy rica y cautivante. De buen porte físico y de una vena escurridiza para cantar y tocar instrumentos, de una vivaracha sensibilidad no sólo para contemplar la belleza que suele maquillar la sustancia de las cosas creadas, sino era capaz de abstraerla a su alma con su corazón apasionado. Joven con una desenvoltura que entreveía que estaba hecho para cosas muy grandes. Soñador y poeta de la vida y del amor humano, Francisco era un imán que atraía la curiosidad y la amistad de quienes se encontraban con él.

Nació para grandes ideales y esto lo tenía muy fijo en el laberinto de sus anhelos Bernardone, que soñaba que su hijo continuaría la tradición familiar del trabajo de las telas finas, lo que les confería fama y puesto social en Asís. Francisco parecía ajustarse también al arte de la guerra. Como buen jinete vencería grandes batallas y quizás alcanzaría títulos de barón o conde por alguna de sus empresas. No olvidemos que en el corazón de medioevo y, además en el suelo italiano, abundaban las guerras de pueblos contra pueblos por mantener cada una su autonomía y sus ambiciones políticas y económicas. En este clima se encontraban Asís y Perugia.

Terciopelos y armaduras era el sueño profundo de Bernardone. Pero Dios nunca se fija en la mentalidad de los hombres, aunque se sirve de ella. Algún día tanta tela fina sería arrojada al suelo como signo de sus desposorios con Cristo pobre y el peso de las armaduras serían insoportables para sus hombros frágiles y humildes que sólo anhelarían cargar la única armadura que cuanto más pesa, más ligera hace el corazón para volar al cielo: la pobreza de Cristo.

Si así andaban las cosas en la casa de Bernardone el panorama social y político de los albores del s. XIII no interrumpía su marchar de ruedas. En 1198 sube al solio pontificio Inocencio III (11981216) que durante su pontificado convocó la cuarta cruzada en territorio hispánico y en Oriente. En su penúltimo año reinante definiría la doctrina de la Transustanciación en el IV Concilio de Letrán (1215). Gran Papa que estimuló las órdenes mendicantes, una de las cuales Francisco será más adelante el fundador.

Cuando Francisco contaba con 16 años de edad Enrique VI, hijo de Federico I Barbaroja, moría en una sublevación en Sicilia, dejando el trono de la isla a su hijo Federico II, quien viviría hasta 1250, contemporáneo de Santo Tomás de Aquino. Federico II de Hohenstaufen (1195-1250) es una figura emblemática en la historia de la época, por su carácter complicado y extravagante, aunque inteligente y muy autoritario, tanto que se empeñó en convertirse en señor absoluto de todo Occidente. Sin embargo, siempre la historia es maestra de la vida, como dice Cicerón,… y ¡tanta ambición para nada! Dentro de este escenario también aparece Felipe de Suabia (1177-1208), también hijo de Federico I Barbaroja. Este heredó Maguncia en 1198, haciéndose emperador y es en este contexto que el joven Francisco se une a las tropas de Asís para luchar contra las tropas de Felipe de Suabia que querían tomar la ciudad de Asís.

Nosotros, a pesar de trasplantarnos en el tiempo entre tanto enredo histórico, volvemos a la pregunta fundamental de nuestra reflexión: ¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? A las puertas de aquella batalla de 1205, en la noche anterior, cuando armaduras, escudos y lanzas relucían con el reflejo de la luna que invadía la habitación de Francisco, Dios permitió que nuestro joven tuviese un misterioso sueño. Allí en la incertidumbre “de quien evita preguntar los sucesos del mañana”(9), Francisco cierra los ojos y entra en un suntuoso palacio decorado de mármoles relucientes y dorados, cruces brillantes, yelmos y escudos de los cruzados… hasta que ve delante de sí una doncella muy hermosa y sonriente, que viste una vieja túnica gris, remendada y descosida. Era su prometida…entre tanta riqueza allí estaba… ¿Cuál sería su nombre? ¿Belleza por su rostro o pobreza en alusión a sus vestidos? ¿Sería la hermosa pobreza? ¿O sería la pobre hermosura humana de las vanidades del mundo? Sueño difícil de descifrar casi a las puertas del fragor de una batalla.

Madrugando, parten para luchar. Francisco en la noche de Spoleto no se siente bien, un poco de fiebre lo hace regresar a Asís para descontento de Bernardone que mucho usufructo ansiaba sacar de aquella batalla. Y su regreso a Asís se caracteriza por un cambio radical de comportamiento, todos fueron dándose cuenta que Francisco no era el mismo. A él no le importaba el dinero de su padre, ni las frivolidades de sus amistades, ni la fama codiciada por tanto tiempo. Ya poco le importa la elegancia de los finos atuendos con los que participaba de la vida social de Asís. Sentía en su interior que aquel sueño era la voz de Dios… pero su tormento era cómo interpretar correctamente aquella voz. Sus amigos que lo veían transitar por las callejuelas de Asís se desconcertaban al ver que su misma sombra podía ser confundida con los resquicios de su propio esqueleto. Flaco, demacrado, silencioso… así se retiraba a menudo Francisco a las afueras del pueblo a las cavernas para orar en la soledad.

Fue en una de esas noches de estrellas y con la luna radiante que se encontró con Cristo en el rostro de un leproso. Aquella experiencia inusitada marcaría el rumbo de su vida. Otra vez, ¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? Tan pequeño se vuelve ese gusto divino que provoca repugnancia a los ojos del hombre disipado y afanado por los placeres del mundo: un leproso. La muerte viviente, esta es la definición de un leproso. Es duro afirmar esto hoy día en que pululan otras enfermedades como reguero de pólvora como el sida- por poner un ejemplo-; pero en aquel entonces el leproso era un gusano, un maldito de Dios… o- si queremos- con un poco de piedad cristiana, era un “enfermo de Dios”. Si por desgracia un cristiano cogiese la lepra la Iglesia se encargaba de oficiarle en vida las exequias, sentenciando con estas palabras su fin: “Tú permaneces en la Iglesia con tu alma, pero tu cuerpo, señalado por Dios, está muerto a partir de ahora sólo debes esperar la resurrección de los muertos”. No en balde los arquitectos de las iglesias románicas se encargaban de dejar un orificio con un ventanuco en una de las naves laterales del templo, para que desde allí el leproso desde fuera recibiese su última comunión antes de alejarse del pueblo para esperar en la soledad la muerte de algún modo anticipada en la deformación de su propia carne (10).

Y aquel leproso, indescifrable e irreconocible, besa el rostro de Francisco. ¿Dónde estaría el gozo de Dios? ¿En el rostro dulce de Francisco o en el beso repugnante del leproso? Si su doncella del sueño era de una belleza formidable envuelta en andrajos, quizá ¿no reposaría el candor de Dios en el fétido aliento de aquel muerto ambulante…? Y a Dios le sigue gustando eso… poca cosa.

  1. Mendigo de Dios y locura evangélica:

No fue cosa de coser y cantar la transformación interior de Francisco. Mucho sufrió Bernardone al ver sus proyectos paternos caer como un castillo de naipes. Era incomprensible que el hijo del afamado comerciante llegase a casa tan tarde, hambriento y casi desnudo, por haber dado sus ropas a un pobre callejero. Era extraño que telas tras telas, y de las más costosas, fuesen desapareciendo poco a poco de las estanterías de la tienda. Algo no encajaba. No es el caso de escribir aquí todas peripecias de Francisco, pero vale recordar cuántas horas no pasó lejos de casa, en la calle, andando por las cavernas etruscas de los alrededores en compañía de pobres y leprosos.

Sin embargo, un día una gota desbordó el vaso. Francisco usó un dineral de su padre para reconstruir la iglesia humilde y abandonada de San Damián, sin el consentimiento de su padre. La actitud garrafal de Francisco nos conduce inevitablemente a la plaza de Asís ante el Obispo. En 1206 Francisco es repudiado públicamente por Bernardone, después de haber gritado a bocajarro que su único Padre era Dios Nuestro Señor y que su única suerte de allí en adelante sería la providencia divina que viste los campos de infinita belleza y alimenta con cariño los pájaros del cielo (cfr. Mt 6,24-34). ¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? Y además, si este pequeño se interpreta a los ojos humanos como locura y deslealtad… arrojar los paños paternos al suelo era la concreción de lo que rezaba el corazón de San Agustín: “¡Señor, nuestra conciencia está desnuda delante de tus ojos!” (11). 

Tres años más tarde entenderá la clave de su llamado a la luz de las palabras del Maestro: “si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y después ven y sígueme” (cfr. Mc 19,17). Siempre ante los ojos humanos la locura del evangelio será una estupidez. Lo era para los terruños de Asís y como no fue para Bernardone después de aquella tarde desconsoladora en la plaza. Quedan memorables las palabras del santo: “hasta ahora he llamado padre a Pietro Bernardone. En adelante diré: Padre nuestro que estás en el Cielo”… mientras su cuerpecillo esquelético se alzaba ante la turba asombrada y el Obispo, quitándose el manto, se apresura para cubrir al que- decía para sus adentros- “era un tabernáculo que debería ser cubierto con un velo”. Es que la santidad se notaba en aquella figura escuálida que solamente se confiaba a la paternidad celestial, pues a Dios le gusta lo pequeño.

  1. Sosteniendo la Iglesia…

No pudiendo pormenorizarlo todo, debemos dar un salto tanto en el tiempo como en el espacio. Roma, noviembre de 1210. Inocencio III intenta pegar ojo y descansar un poco, aunque velará su corazón debido a las preocupaciones que lo acosan: las desobediencias, emperadores rebeldes y orgullosos, excomuniones a borbotones, la barca de Pedro azotada por los venenos maléficos, doctrinales y pastorales sembrados por los cátaros y los albigenses (negaban la Encarnación y la Resurrección de Cristo, y consideraban que todas las cosas materiales provenían, no de Dios, sino de satanás), especialmente en el sur de Francia… Es el corazón de Pedro que, pegando ojo, velará como una candela encendida.

Francisco está con sus seguidores en la Ciudad Eterna para solicitar la bendición del Papa a la nueva orden que será netamente mendicante. Y, entrada la noche, Inocencio III tuvo un sueño: la Basílica de Letrán se estaba cayendo y su ruina parecía inevitable. Cuando un solo hombre pordiosero y andrajoso logró sujetar toda la Basílica de tal forma que esta no se cayó.

Al día siguiente el Papa le concede audiencia y bendice su propuesta, cuya única y suprema regla será el Evangelio. Serán radicales y radicados en el Evangelio de Cristo. Ante tantas adversidades y rebeldías de parte de los hombres orgullosos de la época, a comenzar por los poderosos, surge la sencillez encarnada del mensaje de Cristo en Francisco. Su rudo sayal, sus pies descalzos, su vida intensa de oración, sacrificio, fraternidad y desprendimiento de todas las cosas serán los brazos fuertes que sostendrán la Iglesia de Cristo según el sueño de Papa.

Parecería que quisiera barajar a lo largo de esta exposición hagiográfica dos preguntas diversas: una, ¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? Y la otra: ¿qué tiene lo pequeño que tanto le gusta a Dios? En honor a la verdad, no lo sé. A veces hay ocasiones en que Dios se empequeñece tanto que no hay otra alternativa que aceptar que es en lo pequeño donde Dios se esconde. Así que no son dos preguntas, sino que contemplamos el misterio de la pequeñez de Dios en la grandeza de los pequeños santos como San Francisco.

  1. La obra de Dios fue creciendo… con un instrumento bien pequeño:

En la pobreza y la austeridad evangélica fue creciendo la obra de Dios en la pequeñez de Francisco. La joven Clara de Asís más tarde fue formando también con otras ocho chicas al inicio lo que más adelante serían conocidas como clarisas.

En 1215 Inocencio III convoca una cruzada a Tierra Santa para recuperar los lugares sagrados de las manos de los infieles. Pero sus fuerzas se agotan y no vivirá mucho. Desde aquella primera audiencia concedida en Roma a Francisco nadie pudo quitarle de la cabeza que debería tener a su lado en los estertores de la muerte a Francisco. Atacado entonces por una fiebre a causa de una peste Inocencio III murió en Perusa, teniendo la presencia de Francisco antes de su último suspiro. No pudo emprender el viaje a Tierra Santa. Lo haría Francisco en su lugar. Sucedería a Inocencio III Honorio III, quien en 1223 aprobaría jurídicamente la Regla breve de San Francisco.

Años antes Francisco conoce a Santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos. Ambas órdenes mendicantes (franciscana y dominica) lucharon contra las plagas heréticas de la época con la fuerza del estudio, de la oración y de la predicación, sea con la vida sea con la palabra. A los dominicos o “dominicanos” se les llamaban “Domini canes” es decir, los perritos del Señor, por su fuerza y su convencimiento a la hora de predicar la Buena Nueva y combatir dichas herejías.

La comunidad de la Porciúncula fue creciendo y paulatinamente enviando misioneros que se esparcieron por el mundo. Francisco en 1214 peregrinó hasta Santiago de Compostela. También llegó a Egipto de camino hacia la Tierra Santa (1218-1219). Allí en Egipto, trató de convertir al Sultán Al-Kamil al cristianismo. El Sultán a su vez era un hombre profundamente culto y de vivo interés por las relaciones diplomáticas, lo que permitió a Francisco el inicio de un diálogo sereno con el mundo de entonces. En Tierra Santa se establecieron algunos hermanos franciscanos que fortalecerían la custodia de los lugares sagrados.

El tiempo pasaba y más compleja se perfilaba la vida religiosa de los hijos de Francisco. Y este no es que amaba complicar las cosas. Todo lo contrario, quería obediencia, no disciplina militar; anhelaba que fuesen como Cristo y no se confundiesen con las vicisitudes que prodigaba la vida. No fue tan fácil. Aquella despreocupada sencillez de un hombrecillo lleno de fe desbarajustaba los ánimos más piadosos… ¿Qué quería Dios de él? Dicen que “fue el más santo entre los santos, y entre los pecadores uno de ellos” (12).

En 1224 se retira al monte Alvernia, donde recibe por gracia de Dios los estigmas de la pasión de Cristo. Los últimos meses de su vida fue consumido por la enfermedad y es justamente inmerso en el sufrimiento y el abandono cuando recibe inspiración para componer el Cántico de las creaturas y luego su Testamento. En este mismo año nacía en Roccaseca Santo Tomás de Aquino.

En la noche del 3 al 4 de octubre de 1226 muere Francisco de Asís en una cabaña de la Porciúncula. Dos años más tarde el Papa Gregorio IX lo canonizó.

  1. La gigantesca espiritualidad del mínimo y dulce Francisco de Asís:

¡Qué reductiva y parca llega a ser la sensibilidad espiritual de algunos! Me entenderán porqué. La imagen de Francisco de Asís es actualmente proyectada hacia intereses y enfoques puramente ecológicos: el santo de la naturaleza, de los pajarillos, del sol, de la madre tierra, de la paz, etc. Y, delante de este panorama, no en vano el Papa Francisco ha escrito la “Laudato si”, como una invitación a superar esa reducción y apocamiento de la espiritualidad franciscana sembrada en tantos ámbitos sociales.

Francisco es mucho más de lo que piensan ciertas personas. Y aún nos preguntamos, ¿no tendrá algo más sustancial que lo caracterice y que nos pueda servir para nuestra propia vida espiritual? Los muchachos escolares y universitarios leen y comentan el célebre “Canto de las creaturas”, pero no saben cómo fue compuesto.

Fue compuesto por un hombre ciego y hundido en el dolor cada vez que sentía el calor incandescente de dos botones de hierro que cauterizaban la parte enferma. Es este hombre ciego que canta la creación con lindos adjetivos, y cantándola adora a su Creador. No se trata de panteísmo, sino de ver en todo lo creado la impronta sapiente y bondadosa del Logos Eterno. Ese canto fue compuesto mientras los ratones roían su cuerpo día y noche impidiéndole rezar e incluso comer. El hombre que tantas veces tuvo por techo la bóveda del cielo, sabía trascender con su pura mirada el brillo de las estrellas, a las que si llamase “preciosas” no era porque en la materia visible se había anclado su místico corazón, sino que al mirarlas pensaba en la Eucaristía y todo lo que a Ella estuviese relacionado.

“Preciosa” quiere decir que no tiene precio, que no se compra y ni se vende, pues lo que no es bello, ni bueno y ni plenamente verdadero no es capaz de satisfacer el corazón humano, y entonces se torna fácilmente comerciable, manoseable y efímero. En cambio, lo que es eternamente “precioso” es Don y Misterio. El canto de las creaturas fue compuesto por un hombrecillo al que le daba pena pisar un gota de agua, porque, al cantar poéticamente el agua, cantaba lo que ella representa: la humildad, la castidad y la pureza; cantaba al mismo Cristo “Agua viva”. Tan fuerte y fecundo era su amor a Cristo y a su Iglesia que si escuchaba de algún sacerdote herético o un poco moralmente desvirtuado, iba a su encuentro, se arrodillaba, le besaba las manos y decía: “si tú eres un pecador no lo sé, pero sé que tus manos pueden tocar al Verbo de Dios” (13).

¡Francisco es mucho más de lo que pintan los ecologistas! Su vida es un estímulo a vivir nuestra vida espiritual con sencillez y paz. Diría que San Francisco de Asís es santo porque fue capaz de asimilar que “este mundo es algo más que un problema por ser resuelto, es un misterio gozoso que contemplamos en la alegría y en la alabanza” (14).

Para ahondar todavía en las profundidades de la grandiosa espiritualidad de Francisco basta dar unas breves pinceladas en el que décadas más tarde, después de la muerte de Francisco, se convertirá en Provincial del Orden Franciscano, San Buenaventura de Bagnoreggio. Es uno de los principales ejes del pensamiento escolástico del medioevo junto con Santo Tomás de Aquino, y conocido como Doctor Seraphicus. Buenaventura contempla en Francisco los signos de una escatología franciscana con diversos tintes teológicos como se puede apreciar en la tesis doctoral- de modo concienzudo y explícito- de Joseph Ratzinger (15). Francisco es “praeco Dei” (heraldo de Dios) y también el “angelus ascendens ab ortu solis” (el ángel que sube desde Oriente), ambos términos respaldados con su sustrato apocalíptico. En síntesis, para la teología buenaventuriana quien mejor captó la esencia de la centralidad cósmica de la cruz de Cristo (en forma de tau) fue Francisco que, al vivir pobre, casto y obediente como Nuestro Señor, convirtió su existencia entera en una participación a la salvación del mundo, a tal punto que siempre que Francisco firmaba una carta dirigida a quien fuese, metía el signo tau que hace referencia a Ez 9,4 que luego repercute en Apoc. 7,2 con el signo del Dios que vive (16). En Buenaventura la profecía del apocalipsis y la realidad concreta de Francisco, al entrelazarse en el “Christus crucifixus” y la carne sufriente de Francisco, forma una unidad indisoluble (17).

Para rematar estas reflexiones sobre su espiritualidad tenemos que reconocer que el secreto de su grandiosa vida espiritual se esconde en el hecho de que todo en su persona fue fecundado como amor dialógico, como relación recíproca con lo creado que refleja la Bondad, la Verdad y la Belleza: Dios Nuestro Señor. Detectó esto no en la disipación de los sentidos, sino en la interiorización de su más íntimo interior. Haciendo un parangón, quizá nos ayude la reflexión filosófico-teológica del entonces cardenal Ratzinger sacada de la lectura que él hizo de un almanaque sobre Gandhi (18).

Para Gandhi el cosmos posee tres espacios vitales: el mar con los peces, la tierra con sus animales y el cielo con las aves. Los peces callan dando al mar su rasgo característico: el silencio. Los animales gritan dando a la tierra su propio rasgo: el ruido. Las aves cantan y confieren al cielo su característica: el canto. Pero es el hombre y sólo el hombre quien lleva dentro de sí la totalidad del cosmos: lleva la profundidad del mar cuando guarda silencio, la carga de la tierra cuando grita y la altura del cielo cuando canta. Aquí está condensada la figura emblemática de San Francisco. La armonía de estas tres propiedades dentro del hombre es lo que nos puede ayudar a orar y a vivir la vida como una oración continua como lo hizo el pobre de Asís.

Siendo así, ¿Cuándo es que perdemos trascendencia y echamos en saco roto la santidad? Cuando queremos ser sólo tierra, tierra propia con el grito y el bullicio de este mundo, convirtiendo el canto del cielo y el silencio del mar en tierra propia y no en una relación de amor dialógica- diría más- teológica. Y cuando nuestra alma es solamente tierra carece de significado el silencio para orar y el canto para alabar. Se enfría el amor porque se enfría dentro de nosotros el misterio de la “dialogía” divina. Francisco con su amor por la creación manifiesta la belleza de su misma alma que en armonía consigo misma llega a los brazos del buen Dios. ¡Vaya! Esto es mucho más que ecologismo barato. Es la espiritualidad de un gigante de Occidente que es grande porque fue pequeño.                 

 Conclusión: 

 La tentación de quien se ha explayado bastante hasta aquí es la de querer tener la sensación de haber dicho todo, la sensación de quien dice ¿a quién más le tocaría poner punto final a esta presentación hagiográfica que a mí?

No hay que dejarse hipnotizar por la arrogancia de aquellos espíritus que al final de todo creen que lo han dicho todo, que lo han escudriñado todo, sea con la buena voluntad de sus ánimos sea con la sagacidad de su inteligencia. Si un hombre, sea con su pluma sea con su predicación, lo dice todo, mejor sería que no dijese nada, pues cuando está el “todo de un hombre” no hay espacio para “la pequeñez de Dios”; cuando está “nuestro punto final tan autoritario y arrogante” ya no hay cabida para “la Palabra Eterna de Dios” que, enmudeciéndose, habla. Nosotros hacemos el pastel; la cereza… ¡que la ponga Dios Nuestro Señor!

¿Qué tiene Dios que tanto le gusta lo pequeño? Y ¿Qué tiene lo pequeño que tanto le agrada a Dios? ¿Responder o no? No. Ya tenemos en el admirable ejemplo de santidad de San Francisco de Asís. No es oportuno colocar punto final a la aventura de la santidad que a partir de ahora iniciará en cada uno de los lectores para el Reino de Cristo y la Gloria de Dios.

Que vibre en nuestro interior la voz de Francisco de Asís que nos anima a la santidad:  ¡Paz y bien!

 Bibliografía:

  1. SAN AGUSTIN, In Jo 40 10.
  2. SANTO TOMAS DE AQUINO, In Jo 14 2.
  3. HANS URS VON BALTHASAR, Gloria, Volumen 1: La percepción de la forma.
  4. ANGELO COMASTRI, I santi dei nostri giorni, Edizione Messaggero Padova.
  5. SAN AGUSTIN, Confesiones, X.
  6. RUBEN DARIO, poesía Los motivos del lobo.
  7. SAN AGUSTIN, De civitate Dei, XVII, 6,2.
  8. LOUIS DE WHOL, “El Mendigo alegre”, historia de San Francisco de Asís; Ediciones Palabra, Madrid; 10 Edición.
  9. HORACIO, Carmina 1 9 13.
  10. P. ANTONIO RIVERO, LC, Comentario a la liturgia dominical, 6 domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B. publicado en Zenit.
  11. SAN AGUSTIN, Confesiones, X, VI, 9.
  12. Vita prima, n.83.
  13. ANTONIO SICARI, Ritratti di santi, Editorial Jaca Book, Milano, 1987; pag.: 30,32 e 33.
  14. PAPA FRANCISCO, Enciclica Laudato si, n.12.
  15. 16. 17. JOSEPH RATZINGER, San Bonaventura, La Teologia della storia, Editore Nardine; Biblioteca medievale, 1991. 2.La teologia di Francesco con particolare attenzione all“Hexaemeron”; a. La figura dell’Agnello con il segno del Dio vivente; pags. 83,84; pag. 85. Véase también la profundización a pie de página.

18. JOSEPH RATZINGER, Un canto nuevo para el Señor, Ediciones Sígueme, Salamanca, España, 2005; 2 Edición, pag: 149.

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario