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Redes sociales… ¿satisfacción o infelicidad?

Últimamente ha habido interés sobre la «infelicidad» que trae –en ciertos casos– el uso de las redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram. ¿Infelicidad en qué sentido? Algunas personas equiparan su autoestima o su realización al número de likes o de followers que tienen. Esto puede causar frustración e incluso depresión en los casos donde no hay éxito o popularidad. Lo más sorprendente es que esto también sucede en quienes «sí» gozan de popularidad. Probablemente el caso más actual es el de Essena O’Neill.

A partir de estos fenómenos han surgido diversos artículos que critican dichas redes porque bajan el autoestima, “desencarnan” las relaciones humanas, encierran a las personas en un mundo virtual, promueven el narcicismo y la vanidad… No descarto que todo esto pueda darse. Pero me pregunto: ¿cuál es la razón de fondo? ¿Acaso estas redes conducen “inevitablemente” a estos males? Sin querer defender ni atacar las redes, procuremos descubrir qué hay más allá del simple fenómeno. ¿Qué es lo que lleva a esos jóvenes –y no tan jóvenes– a sentirse infelices e incompletos?

La raíz del problema está en la tergiversación del concepto de compartir. En todas estas redes la palabra clave es «compartir». A través de estas redes solemos compartir fotos, momentos, frases, estados de ánimo, canciones, experiencias… ¿El hecho de compartir estas cosas es causa de infelicidad? Evidentemente no. El problema es precisamente publicar con una intención equivocada. Cuando uno comparte algo –sea lo que sea– lo hace para ofrecer un bien a alguien más, no para recibir un bien para uno mismo.

Apliquemos esto a las redes sociales… Si tu intención y tu expectativa realmente es compartir, entonces no habrá razón para sentirte frustrado. El mismo hecho de publicar algo te traerá la satisfacción de haber logrado tu objetivo. Si, por el contrario, tu satisfacción depende de cuántos likes te dan, entonces tu objetivo no era simplemente compartir. Tal vez no lo pienses de modo explícito, pero en el fondo buscas una gratificación de parte de los demás. Tu expectativa no está en el otro, está en ti mismo. En la raíz hay egoísmo y vanidad. El «compartir», en cambio, nace de la generosidad.

Si no quieres sufrir de este mal, pregúntate en cada ocasión: ¿cuál es mi expectativa con esta publicación? ¿quién quiero que sea el beneficiario, yo mismo o los demás? Si son los demás, entonces conténtate con compartir. Si eres tú mismo, es posible que pronto te unas al grupo de los que se sienten insatisfechos al usar las redes sociales. Recuerda, la base del «compartir» no es el egoísmo es la generosidad.

(En este artículo hemos analizado las cosas desde el punto de vista del «egoísmo». En un próximo artículo –donde veremos más de cerca el caso de Essena O’Neill– abordaremos el tema desde el enfoque de la «autenticidad»).

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