Red & Black. Homenaje a MPG.

La bandera o la chica. El Ideal o mi felicidad. La Causa o mi vida. Éste es el dilema de Marius Pontmercy. Dilema que, como tal, no aparece en la novela original de Víctor Hugo, sino que se trata más bien de una especie de “licencia artística” del famoso musical “Les Miserables”, llevado al cine en el 2012 por Tom Hooper.

En él, Marius debe tomar la decisión de seguir a Cosette (“Do I follow where she goes?”), dejando a sus compañeros solos en la barricada, o unirse a ellos (“Shall I join my brothers there?”), arriesgándose a no volver a ver a Cosette. El dilema ha sido ya anunciado en la escena del Café ABC, en el que Enjolras, el frío pero carismático líder revolucionario, ridiculiza el amor de Marius por Cosette (“You talk of battles to be won, and here he comes like Don Juan…it’s better than an opera!”)  y le invita a mirar más arriba, a trascender: “Marius, you’re no longer a child; I do not doubt you mean it well, but now there is a higher call…Who cares about your lonely soul? We strive towards a larger goal…our little lives don’t count at all!”

¿Qué decir de todo esto? La postura de Enjolras no carece de grandeza humana: el revolucionario parece un gigante, al lado de los burgueses mediocres acomodados, o de personajes como los Thenardier.  Decía Ortega que el hombre superior es el que sirve: es el que se pone libremente al servicio de un ideal más grande que él, y que,  por contra, no hay nada más contradictorio que un «señorito satisfecho». Del mismo modo, Martin Buber, criticando la visión nietzscheana del hombre como voluntad de poder, afirma que el gran hombre no anhela el poder: “lo que anhela es la realización de lo que lleva en el pecho, la encarnación del espíritu”.  No cabe duda de que algo de todo esto podemos encontrar en Enjolras.

Sin embargo, todas estas ideas (…little lives…higher cause…the price we might pay…) dejan un sabor de boca agridulce. Como un poso de tristeza… queda la idea de que es necesario elegir: o la misión y los grandes ideales, o el amor y la felicidad personal. Parafraseando a Rorty, diríamos que no es posible reconciliar la esfera del bien público y de mi felicidad privada. Son dos cosas distintas.

En la entrega de los revolucionarios se percibe, por lo tanto, esa misma herida abierta que Buber detectaba en el marxismo: esta ideología-nos decía en el año 42- ofrece una “fe” que se convierte en acción, y por eso es tan atractiva…pero, en el fondo, no responde a todo el hombre, al hombre concreto que se pregunta por el sentido de su vida y su felicidad… ofrece una fe para la Humanidad, pero no una respuesta para .

La novela, en realidad, acaba bien, y ambos valores quedan a salvo. Pero, ¿es así la vida? En concreto, ¿es ése el dilema, por ejemplo, del que, llamado por Cristo a una vocación particular, se consagra totalmente a Dios y a su Reino, renunciando al amor de una mujer y unos hijos?

No. En absoluto. Para nada.

Recuerdo que, cuando estaba a punto de irme al seminario,  un amigo en una ocasión me hablaba de lo bonito que era que hubiera personas que hicieran eso por sus ideales… le paré en seco, y le dije que yo jamás renunciaría a todo por una idea. Que lo hacía por una Persona.

Y es que el sacerdote, el religioso, la persona consagrada…no parte salomónicamente en dos su alma y reprime su afectividad “for the sake of a higher cause”. No se ve obligado, como el Spiderman de Tobey Maguire, a elegir entre su felicidad y salvar el mundo. Sabe que la vida no es una tarea, sino un afecto, y por ello se siente llamado, como Santa Teresita, “a elegirlo todo”.  Es llamado a amar apasionadamente a Jesucristo, dando así testimonio de que Dios es real, y de que su amor llena, desborda, traspasa totalmente su corazón. Pero también llamado, en Cristo, a amarlo todo, gozarlo todo, bendecirlo todo, hacer el bien a todos. “Dios en las creaturas, y eran todas buenas”.

Eso no quita que el consagrado, como ser humano imperfecto, pagará su tributo a la sensibilidad, al dolor, a los límites humanos que arrastran los hijos de Adán, y que a menudo el suyo será un camino doloroso, caminando descalzo con Cristo crucificado. Pero es importante notar que su desprendimiento de todo, como dice Juan Pablo II, no es un obstáculo sino un camino para esta plenitud:  “Precisamente gracias al progresivo desapego de lo que en el mundo le impide lograr la comunión con su Señor, el monje considera el mundo como lugar donde se refleja la belleza del Creador y el amor del Redentor (…)  Con esta actitud, a veces, el monje puede contemplar ese mundo ya transfigurado por la acción deificante de Cristo muerto y resucitado”. Es precisamente en y gracias a esta existencia crucificada, que experimenta, como San Pablo, que “todo es vuestro”: los atardeceres, las montañas, la música, los pobres, la amistad, la belleza, las cervezas frías, el deporte, el arte, la poesía, las películas, la Filosofía, el dolor, el amor de todas las personas que encuentra en su camino…el Cielo, la Tierra, la Historia, ¡todo! Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.


¿Cómo es esto posible? El que lo experimenta no sabe explicarlo, y el que no, es incapaz de comprenderlo. Hay que vivirlo.

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