Radicalidad

“Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos». Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.” (Mc 6,7-13 / XV Domingo Ordinario B)

 

Quien me conoce, sabe que me encanta la adrenalina de los deportes: desde jugar un partido de fútbol al máximo, hasta saltar desde una piedra al agua cuatro o cinco metros más abajo. Uno de mis sueños es poder, algún día, tirarme de paracaídas y saltar en bungee jumping. Sé que no soy el único: cada día, los deportes extremos crecen en popularidad. El sky diving, el motocross, la escalada, el snowboarding, el freediving no sólo se ven en la tele o en YouTube: la gente va y lo hace. Pero ¿qué tienen estos deportes que atraen tanto a las personas, en especial a los jóvenes?

No creo que haya un motivo único… Podemos nombrar varios: Ante todo, la emoción y la adrenalina causada por riesgo que uno corre. También está el hecho de saber que son muchos los que “quisieran” pero pocos los que se atreven y lo hacen. Además, uno tiene la posibilidad de conocer lugares únicos: la vista desde el cielo al descender en caída libre o desde la cima de un risco, o las maravillas del fondo del mar. Quizá no sea un deporte, pero lo mismo aplica para las fuerzas militares de élite como el SAS británico, los Navy SEALs o los Shayetet 13 de Israel… con el plus de estar prestando un servicio a la patria y a la humanidad.

¿Quién se apuntaría a cualquiera de estas actividades o fuerzas militares, sabiendo lo que implica? ¡Podría perder la vida! Aun así, vemos cómo, cada día, personas deciden saltar de un avión a más de 3,500m de altura sólo con una mochila a la espalda o se lanzan de un puente para hacer bungee jumping o se unen al ejército. La respuesta es fácil: los seres humanos tenemos miedo al dolor y a la muerte… pero nuestro deseo de éxito, de seguir grandes ideales, de radicalidad, es más fuerte que cualquier miedo. Y Cristo lo sabía muy bien…

Cristo no nos pinta un evangelio fácil y cómodo: “Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.” Seguir a Cristo implica sacrificio, dolor y trabajo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame“. Pero la recompensa lo habrá valido todo, incluso la muerte: “El que pierda su vida por mi causa, la encontrará“. Quizá en estos últimos años hemos dejado a un lado este aspecto básico de nuestra fe: ¡Es hora de retomarlo! El seguimiento de Cristo no es para los cómodos y miedosos, sino para los valientes y atrevidos. Seguir a Cristo exige vivir al límite, arriesgarse, saltar al vacío… confiados en que “si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?“.

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