¿Quién soy yo? Una pregunta entre el “más allá y el más acá”.

Hay tres preguntas que a lo largo de la historia de la humanidad han estado presentes en nuestro pensamiento: ¿Qué es el mundo? ¿Quién es el hombre? ¿Quién es Dios?. La sed ilimitada de conocimiento del hombre le ha llevado a desarrollar ciencias como la física, la cosmología, la antropologia, la ética y la teología. Sin embargo, desde un cierto punto de vista, es válido cuestionarse si la respuesta a las preguntas sobre el mundo y sobre el hombre se pueden resolver en la pregunta sobre Dios.

Se suele decir que el problema de Dios es un problema del “más allá” y que el problema del hombre es un problema del “más acá”. Esta opinión crea artificialmente una barrera que separa la existencia de Dios y la del hombre, ubicando ambas cuestiones en líneas paralelas. Como consecuencia, Dios, feliz e indiferente, permanece sentado en su cielo abstracto, universal y misterioso, mientras el hombre sigue aquí en su mundo concreto, particular y conocido, intentando descubrir quién es él mismo.

Pero, ¿puede resolverse la pregunta sobre el hombre sin recurrir a Dios? Han sido muchos los intentos de las diversas ciencias por resolver el enigma “hombre”. Paradójicamente, parece que podemos hablar del mundo con seguridad y, sin embargo, ante la pregunta: ¿quién es el hombre? o mejor dicho: ¿quién soy yo?, no encontramos una respuesta satisfactoria.

La pregunta se puede abordar desde diversas perspectivas. Podemos afirmar que somos seres evolucionados de antepasados animales o que somos seres pensantes. Podemos describir con fascinación nuestros procesos neuronales y hablar de nuestra libertad, de nuestra sociabilidad, y capacidad de comunicación. Pero también podemos bajar el listón y simplemente afirmar que somos una pelota de células muy bien coordinada. Lo cierto es que ninguna ciencia, tomada de forma independiente, puede dar cuenta de la complejidad del ser humano ni descifrar totalmente su gran enigma.

Por más que se intente describir al hombre desde el laboratorio y reducirlo a su capacidad cerebral, no se conseguirá una fórmula satisfactoria que englobe su complejidad y misterio. Siempre habrá aspectos que escapen a nuestras cifras. La pregunta por la muerte, el sufrimiento, la libertad, nuestro origen, el sufrimiento, la felicidad y el sentido de la vida,  interpelan nuestra inteligencia buscando una respuesta válida a nuestro misterio personal. Una respuesta que no se puede encontrar a nivel material.

Ante esta sensación de impotencia que experimentamos al no poder saber quiénes somos, es válido preguntarnos si la cuestión sobre Dios puede arrojar algo de luz a esta búsqueda. Si consideramos que Dios es causa del ser, que es Inteligencia creadora y Amor, quizá la pregunta sobre el hombre encuentre nuevos horizontes.

Si desvinculamos al hombre de Dios jamás podremos conocer nuestro origen, nuestro fin, ni el sentido de nuestra existencia. Para comprenderlo mejor podemos pensar en una gran obra de arte: “El Guernica” de Pablo Picasso, por ejemplo. Si nos acercamos al cuadro sin saber nada de su historia, del motivo por el cual fue creado, de su contexto y sobre todo de quién es su autor, no podremos valorarlo en profundidad. Podremos quizá describir sus colores, su medida, el material del cual está hecho, pero nunca su significado real. Así, cuanto más conozcamos a Pablo Picasso, mejor comprenderemos la complejidad del Guernica. Si constatamos esta necesidad de conocer el autor para comprender mejor una obra de arte, cuánto más necesitaremos conocer el “Autor” de la persona humana, que es infinitamente más compleja y que no consigue explicarse a sí misma.

Desde los albores de la historia humana, la pregunta sobre Dios y sobre el hombre han crecido juntas. Desde que el hombre es hombre, ha sido hombre religioso. La historia y la etnología dan fe de ello con los diversas manifestaciones religiosas encontradas tras las huellas humanas. Los fósiles, el arte, la literatura, la música, la filosofia, etc., no hacen más que atestiguar ese sentido religioso e intuición de lo transcendente que nos ha acompañado desde nuestros primeros pasos. Negar que el hombre se pregunta por Dios, es negar al hombre.

Quizá el hombre de hoy, para intentar comprenderse mejor y siguiendo una falsa idea de autonomia y progreso, busca responder a la pregunta sobre él mismo prescindiendo de la pregunta sobre Dios. Una pregunta que paradójicamente está inscrita de forma indeleble en su inteligencia y en su corazón y a la cual no puede ni renunciar ni responder. Ya lo intuía Pascal afirmando que “El hombre supera infinitamente al hombre”.

Renunciar a la pregunta sobre Dios, que es causa del ser del hombre y destino final de nuestras vidas, es cerrar la puerta a una mejor comprensión de nosotros mismos. Es quitar el norte de nuestra vida para observar como la aguja de nuestra brújula da vueltas sin cesar. La cuestión de Dios es la cuestión del hombre y la cuestión del hombre se comprende mejor en la cuestión de Dios. En esta fusión de horizontes divino y humano constatamos que la cuestión de Dios no es una “cuestión del más allá sino del más acá”.

Quien no se se atreve a plantearse con radicalidad el problema de Dios, tampoco afronta con radicalidad el problema del hombre, ni el sentido de su propia vida. Caminando por el misterio del hombre podemos llegar a Dios. Quizá si caminamos por el misterio de Dios podremos llegar al fondo del hombre y responder la gran pregunta que alberga nuestro corazón: ¿quién soy yo?.

 

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