¿Qué hay en tu corazón?

“Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?». Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».” (Mc 7,1-8.14-15.21-23 / XXII Domingo Ordinario B)

 

 

En estos tiempos, la Iglesia ha pasado y sigue pasando por momentos duros de crisis, conflicto e incertidumbre. No me refiero sólo a las últimas semanas, que han sido bastante intensas, sino a los últimos años: abusos, declaraciones controversiales, renuncias inesperadas, bombas mediáticas. Por eso creo que este evangelio nos calza tan bien. El mundo, las circunstancias, la misma gente dentro de la Iglesia arremete contra nosotros, contra nuestra fe. ¿Qué podemos hacer al respecto?

“Nada que entre de fuera puede
hacer al hombre impuro…”

Me encantó un meme que vi hace unos días: “Judas traicionó a Jesús. ¿Traicionarías a Jesús por Judas?… ¡Entonces no lo traiciones por culpa de otros que tampoco le han sido fieles!” La realidad es así de sencilla: ningún “católico de verdad” es católico por sus papás o por un sacerdote muy bueno ni por haber conocido a un obispo ejemplar. Para ser católico “de a de veras”, sólo hay 1 motivo válido: el encuentro personal con una Persona, sentirse infinitamente amado por el Amor-hecho-carne, haberse enamorado de Aquel que “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

No hay razones intelectuales suficientes para ser católico. No hay suficientes ejemplos de vida humanos que nos hagan ser fieles cristianos. No hay retiro, charla o libro que nos convierta. Y tampoco hay dificultad, escándalo o traición que nos pueda alejar si hemos encontrado a ese único motivo para seguir este camino: Cristo Jesús, nuestro Salvador y Rey. Que no nos turben todas estas noticias. Que no nos sacudan los malos vientos. Que no nos destruyan los malos ejemplos. Nada de fuera nos puede hacer impuros. Lo que está en el corazón del hombre es lo que importa: y allí está Jesucristo, nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y nuestra espada, nuestro Rey y Señor.

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