¿Qué es la CARIDAD?

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La vemos a cada momento: ayudar a los otros desinteresadamente, donar el propio tiempo a personas, comunidades y organizaciones que se dedican a ayudar a los demás; trabajar voluntariamente para apoyar instituciones que tienen el propósito específico de mejorar las condiciones de vida de los seres vivos… Es una realidad que nos rodea y, gracias a Dios, existe en la sociedad. Es un amor al género humano. Así es, hablo de la filantropía.

Es curioso que la filantropía tenga vestidos de caridad, y que la caridad se confunda con la filantropía.

La caridad es una virtud teologal. Esto es, una gracia dada por Dios, y por Él solamente. No es fruto de nuestro esfuerzo personal, ni podrá ser consecuencia de actos filantrópicos, porque la caridad anima nuestros actos. Es la causa, no la consecuencia.

Pero cuando se trata de estos temas hay que hilar muy fino… En las formas, la caridad y la filantropía son semejantes: hacen el bien a las personas, y esto se refleja en la cantidad de organizaciones que existen para ayudar a los necesitados. Pensemos por ejemplo en la Cruz Roja, que ha hecho tanto bien a nivel internacional, o en las menos aparatosas que excavan pozos de agua en países de África para dar de beber a la población en vías de desarrollo. En el fondo, sin embargo, la diferencia es abismal.

Mientras la filantropía ondea como bandera el amor al género humano, la caridad tiene como estandarte el amor a Dios. De ahí parte todo; de Él nace todo. El amor divino genera la vida espiritual en la persona, y así como el alma es la vida del cuerpo, del mismo modo Dios pasa a ser vida del alma.

La caridad no sólo se queda en revestimientos externos; se expande sobre todo en lo profundo del alma. Es así que quien se mueve por la caridad percibe grandes transformaciones dentro del propio corazón. Una de ellas es obrar siempre conforme a la ley de Dios, y en concreto amarse unos a otros como Cristo nos ha amado.[1] Este amor al prójimo se hace real en obras de misericordia y ayuda al necesitado, que satisfacen las necesidades humanas, pero sobre todo las espirituales. Por eso la caridad no se puede limitar a quien en apariencia está necesitado, pues también hay muchos pobres que lo único que tienen es dinero.

Otra característica de la caridad es la fortaleza, que brinda ayuda en la adversidad. Quien está lleno del Señor sabe que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.[2] Sólo así es posible llevar a cabo obras de gran envergadura, independientemente de las dificultades, y siempre con una sonrisa, expresión de la felicidad que la caridad deja en el alma.

Las obras de filantropía podrán terminar por falta de recursos, pero las obras de caridad nunca terminarán por falta de amor. San Pablo lo recita así: la caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca.[3]

La filantropía y la caridad podrán tener expresiones semejantes, pero la caridad es perfecta.

[1] Jn 13, 34

[2] Rm 8, 28

[3] 1Cor 13, 4-8

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