¿Qué elijo? ¿es para siempre?

Hoy se habla mucho de la incapacidad general de los jóvenes —y no tan jóvenes— para tomar decisiones definitivas en sus vidas. Puede ser que la tecnología y la producción industrial de un sinfín de artículos, nos haga pensar que nuestra vida puede cambiar tan fácilmente como cambiamos de una serie a otra en Netflix; o que si comentemos un error podemos simplemente ir a una refaccionaria para conseguir el repuesto que necesitamos, entonces ¿para qué tomar decisiones que nos comprometan para toda la vida?

La vida tiene una dinámica muy especial. Es única y requiere que la vivamos con mucha pasión y con la consciencia de que cada momento es muy importante en la construcción de nuestra felicidad. Es imposible saber de antemano qué ocurrirá si decido estudiar ésta o aquella carrera, o si elijo a esta persona para casarme, o si acepto este empleo o no. Me parece que es muy válido intentar tomar decisiones habiendo considerado lo mejor posible todas las opciones y posibles consecuencias, pero me he ido dando cuenta de que llega un momento en que tienes que decidir. Porque no decidir es también una decisión, y también tiene consecuencias.

Hace unos meses reafirmé una decisión que había tomado hace ya varios años; con una carta a mis superiores pedí ser admitido a la profesión perpetua en la congregación de los Legionarios de Cristo. Admito que tuve miedo antes de dar ese paso, pues dudé de mi capacidad para lograr esta meta, y a veces me parecía que las dificultades iban a vencerme. Además, esta decisión hace muy definitiva una opción de vida: ahora sí, mi compromiso es para siempre. Desde el inicio de mi vida religiosa, en 2006, quise entregarle toda mi vida a Dios, pero esa ilusión inicial fue desapareciendo gradualmente para convertirse en una alegría más profunda y serena. Cuando la emoción del comienzo desapareció me sentí un tanto perdido y decepcionado. Yo quería vivir toda la vida con un entusiasmo electrizante, como de adolescente enamorado. No niego que en las elecciones de vida tenemos que buscar las cosas que más hacen vibrar nuestro corazón, pero también creo que tenemos que ser conscientes de que cada etapa exige una respuesta particular, y una madurez propia de la edad y de los compromisos que se van adquiriendo.

La etapa del enamoramiento es muy bonita, y existe en cualquier estado de vida, tanto en las relaciones matrimoniales como en la vida consagrada. Pero eso es sólo el inicio. Después hay que entender que las nuevas fases nos traerán nuevas alegrías, más profundas y significativas, y también nuevos desafíos. Sería un error querer estar siempre en la etapa inicial. En agosto haré la profesión de votos perpetuos. Esto significa que le diré a Dios que sí quiero ser Legionario de Cristo por el resto de mi vida porque creo que esta es su voluntad para mí, porque sé que aquí voy a encontrar un camino de plenitud, y porque sé que cuento con su ayuda; quiero seguir creciendo en el amor; en un amor que no se basa en los sentimientos más o menos agradables, sino en la elección que he hecho. Cuando recibí la carta en la que los superiores me comunicaban que yo había sido aceptado, experimenté una profunda alegría: ahora me entrego plenamente a Dios en una congregación religiosa que me acepta tal y como soy.

Cada quien tiene una vida propia y experiencias particulares. Pero creo que el corazón humano es el mismo. Por eso, deseo que estas reflexiones ayuden a quienes quieren tener todas las seguridades antes de elegir un camino en la vida, o antes de casarse y tener hijos. No hay momento ideal y no hay decisión que no entrañe momentos en los que volvamos la vista atrás y pensemos si hemos hecho bien. Sí, se requiere sopesar lo mejor posible todas las variables, pero al final, la vida no se resuelve en una ecuación matemática; hace falta atreverse, confiar y lanzarse. Llega un momento en el que hay que dar pasos al frente.

He tomado decisiones que han forjado quien soy hoy, y las decisiones que tome hoy también son importantes. Le pido a Dios la gracia de vivir con gratitud los días buenos, y de luchar con alegría en los no tan buenos. Pero no quiero arrepentirme; ése es un sentimiento que no puede venir de Dios. Además, es sano saber que cualquier camino que elijamos implica abandonar otras opciones que también eran buenas. Así es esto.

No quiero vivir en el pasado, ni en fantasías de lo que pudo haber sido. Quiero vivir en el hoy que tengo, aceptando alegre y en paz las consecuencias buenas y menos buenas de mis decisiones. Pero siempre dando gracias a Dios por lo que he recibido, y con un sano realismo ir siempre adelante.

 

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