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¿Puedo tener memoria del futuro?

La posibilidad de tener un recuerdo futuro parece tonta, pues ¿cómo podríamos tener memoria de algo que no ha ocurrido aún? Pero tal vez la respuesta no sea tan obvia. Hace unos meses publiqué un artículo en donde proponía una visión unitaria de nuestras vidas: somos uno, somos el mismo individuo, en cada lugar: al orar, al comer, al conversar, al reír y al llorar. Pero nuestra unidad no se reduce al espacio, va más allá. Somos uno también en el tiempo. Si no fuese así, cada mañana tendrías que reconquistar tu personalidad y conocimientos y habilidades. No, no es así como suceden las cosas. Lo que aprendiste, viviste y decidiste ayer, el mes pasado y hace 5 o 10 años define quién eres hoy.

En su obra Itinerario del alma a Dios, San Buenaventura habla de cómo podemos subir a Dios a través de las criaturas, a través de nuestras facultades y a través de la reflexión sobre los nombre de Dios. Cuando San Buenaventura habla de las facultades de nuestra alma menciona a la memoria como la operación de retener las cosas pasadas, presentes y… futuras[1]. Cuando traemos a la mente algo del pasado lo recordamos, lo re-portamos al presente, y conscientemente lo hacemos parte de nosotros otra vez.

Aquí ya podemos comenzar a entrever cómo la memoria no sólo tiene que ver con el pasado; porque cuando recordamos algo lo incluimos en nuestro presente y es cómo si extendiéramos nuestra mirada y nuestra vida: se extiende desde hoy y yendo hacia atrás hasta el momento en que ocurrió lo que recuerdo. Una buena memoria es indispensable para la toma de decisiones, de buenas decisiones. La memoria no debe hacernos vivir en el pasado, eso sería una fantasía, un anhelo estéril. Es memoria precisamente porque la vemos desde el presente, somos conscientes de que estamos en un hoy y recurrimos a un ayer para capturar una mejor impresión de toda nuestra vida.

Si olvidamos con facilidad, y si el presente nos ciega y nos impide recordar serenamente nuestro pasado, podemos tomar decisiones y vivir casi como si no fuéramos nosotros mismos. La unidad personal en el tiempo implica que debemos considerar nuestro pasado, como pasado propio, en cada presente: lo bueno y lo no tan bueno.

Ésta no es siempre una tarea fácil, sobre todo con nuestros recuerdos menos agradables; la tendencia natural es decir “borrón y cuenta nueva, me separo de mi pasado y vuelvo a comenzar, seré otro.” Para ser otro, o para seguir siendo el mismo, se requiere una buena memoria, un indicador de qué he hecho en el ayer, para saber cómo vivir cada hoy y edificar mi mañana.

No deberíamos vivir desarticulados, somos uno en el tiempo. Y aquí es donde podemos comenzar a recordar el futuro. Yo veo el presente de mi vida como el acumulado de mi pasado; lo que he hecho va definiendo lo que soy en cada momento. Es indiferente si en mi pasado hay cosas que me quitan la paz, o si ha habido decisiones importantes que definen positivamente quién soy hoy, construir auténticamente mi vida exige que sea honesto, que mire hacia atrás, que decida hoy y que camine hacia adelante.

Sí, se puede tener memoria del futuro, y creo que sólo así nuestra esperanza podrá ser fundada y realista. Si sabemos reconocer la mano providente de Dios en nuestra vida y las gracias pasadas y presentes que nos han acompañado, ¿por qué no podremos esperar que nuestro futuro será igual? Tendremos desafíos pero contaremos con las fuerzas para superarlos.

¡Recuerda bien tu futuro!

[1] San Buenaventura, Itinerario de la mente a Dios, iii, 2.

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