Profeta en su tierra

“Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.” (Mc 6,1-6 / XIV Domingo Ordinario B)

 

 

No importa dónde estoy, siempre hay preguntas recurrentes… y una de ellas nace del típico dicho: “Nadie es profeta en su tierra”. Cuando la gente sabe que trabajo en el mismo país, en la misma ciudad de mi familia, mis amigos y gente que conozco desde pequeño, siempre me preguntan si eso hace que las cosas sean más fáciles o más difíciles e incómodas.

Por esta experiencia sé que el “su tierra, sus parientes y su casa” no tiene un significado literal. Si este dicho se debiera tomar tal cual, María no sería la Santísima Virgen María… y podríamos decir lo mismo de san José, santa Isabel, Santiago… Entonces, ¿qué quiere decir este dicho? ¿Cómo podemos entenderlo? Creo que la clave la podemos encontrar en la palabra “rutina”.

Cuando entramos en rutina, cuando nos acostumbramos demasiado a algo, ya no nos sorprende. El mejor café nos sabe a agua. El amor de una persona maravillosa no nos da mariposas en el estómago. No vemos el paisaje hermoso que el Creador nos pinta cada mañana. Todos esos detalles que hacen de cada momento, de cada gesto, algo único, nos pasan desapercibidos. Y eso es lo que nos pasa, con gran facilidad, en nuestra casa, con nuestra familia.

Vemos siempre a las mismas personas, vivimos siempre entre las mismas cuatro paredes. Ya no nos sorprenden sus sonrisas, sus comentarios, sus caricias, sus detalles de atención. Nos hemos acostumbrado…. Creemos que ya lo sabemos todo, que los conocemos a la perfección… Y por eso, no podemos ver la mano de Dios en sus palabras. Por eso, no sentimos el destello de la gracia divina en sus ojos. Por eso, nos cuesta escuchar al Espíritu Santo en sus gestos. ¡Quitémonos los lentes oscuros de la rutina! ¡Abramos los ojos ante las maravillas que nos rodean! ¡Descubramos el amor de Dios en cada una de esas personas que nos rodean! Dios está allí: si no lo vemos, es porque no queremos verlo…

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