Preguntas inteligentes (y 3)

Recapitulando. Hemos visto la legítima necesidad de buscar motivos inteligentes por los que Dios, pediría a un joven, desperdiciar su sacerdocio en una institución como la Legión de Cristo. Haciendo un breve análisis, hemos concluido que esos motivos no debíamos buscarlos ni en sus métodos de formación, ni en su oferta pastoral, ni en su espiritualidad. Todo ello nos ha llevado a mirar en otra dirección, hacia su historia de dolor y desencanto, ya que tal vez, precisamente en esa historia, había una palabra de Dios para el mundo, –todos sabemos que en la dinámica de la redención, Dios no permite el mal, si no es en cuanto ocasión para un bien mayor–.

Esa palabra pues, que brote de su misma historia, será parte del carisma, un elemento de novedad, un motivo inteligente que justifique la continuidad en el tiempo de los Legionarios de Cristo. Y para mí es este: una oportunidad única para ser testigo de la Misericordia.

Sí. Esto tiene sentido. Entrar en una congregación religiosa para ser testimonio de la Misericordia. Hacerlo en sentido corporativo, como institución, en cuanto que el legionario se sabe rescatado, perdonado, acogido. Ha hecho la experiencia de la misericordia de Dios en sentido ya no sólo individual, sino colectivo. La experiencia de «comunidad rescatada» es una riqueza que forma parte de la predicación y de la identidad de los legionarios. Algo de lo que pueden dar testimonio a los hombres. Y esto es algo fecundo y necesario para el hombre del s. XXI, tan necesitado de humildad y de amor redentor.

Pero también testigo de misericordia dentro de la misma realidad de la Legión, en la que cada uno, precisamente por cargar ese pasado, está llamado a amar sin medidas. Una oportunidad para amar sin querer nada para ti, más que sanar heridas y construir, asumiendo una culpa de la que no te sientes ni eres responsable, y aceptando –en palabras del P. Jacques Philippe–, lo que «no hubieras elegido». Amar viviendo de un modo profundamente evangélico, la fe, la esperanza y la caridad que encierra el llamado a la Legión en este momento. Fe, obedeciendo contra muchas razones a la palabra de la Iglesia; esperanza, desde la certeza de que Dios no engaña; caridad, amando desde la humildad y la pureza de intención.

He aquí, en esta oportunidad para amar, un motivo lo suficientemente inteligente para creer que vale la pena ser sacerdote en la Legión de Cristo. Hay muchas heridas abiertas, mucho dolor. Creo que la vocación de los legionarios de este tiempo será la de poner amor ahí donde ha faltado. Amar sin medida será también liberarse de aquellas formas de mundanismo espiritual del que tanto previene el Papa Francisco a los servidores de Dios y que sabemos también entraron en la historia de los legionarios. A él pudimos sucumbir algunos, porque no es «menester poco para tratar con el mundo, y vivir en el mundo (…), y ser en lo interior extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro y, en fin, no ser hombres sino ángeles» (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, Cap. 3).

Amar sin medida será también –de nuevo en el espíritu de Francisco–, aprender a ser parte dentro de un todo, sin querer abarcar el proceso de cambio y conversión a la que los legionarios son llamados, sin querer resolver todos los problemas, y sin quedarse anclados en los errores del pasado, so pena de pecar por falta de confianza en Dios o, lo que sería más triste, corriendo el riesgo de no ser felices. Así que yo por lo pronto seguiré en la Legión, no sólo porque Dios me lo pida, sino porque, a la luz de lo dicho, se me hace una opción bastante inteligente de vivir un sacerdocio fecundo, volcado en el amor y en el testimonio de la misericordia. Muchos legionarios se sienten felices y sobre todo libres –¡palabra fundamental! –, para poder amar de esta manera. El amor te libera y el que es libre no tiene miedo de nada, como tampoco tiene miedo de hacerle a Dios preguntas atrevidas. Si además de atrevidas son inteligentes, mucho mejor.

(Fin)

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