Preguntas inteligentes (2 de 3)

Tras estas últimas semanas en las que hemos vivido la ordenación sacerdotal de treintaicinco compañeros, el recuerdo de siete hermanos sacerdotes que murieron fieles a su sacerdocio y el cincuenta aniversario de ordenación de varios más que todavía están entre nosotros, la pregunta postulada en el artículo anterior puede parecer doblemente absurda.

Con todo, seguimos en este camino, vertiginoso, preguntándole a Dios por qué le pediría a un joven «desperdiciar» su sacerdocio, en una institución como la Legión de Cristo. Se me ocurren algunos motivos, pero confieso –y el que avisa no es traidor–, que ninguno de ellos me convence del todo.

Podría ser, tal vez, por el modo en que busca integrar en su estilo de vida y formación los elementos que en otras instituciones se han demostrado con el paso del tiempo, útiles y acertados: una vida sacerdotal equilibrada, ordenada entre oración, trabajo, estudio y descanso; una vida sacerdotal en comunidad (¡qué dura puede llegar ser la soledad de un sacerdote!); y una vida sacerdotal espiritualmente interpelada, (challenged dirían en inglés), provocada siempre de nuevo por la profesión de los consejos evangélicos, en forma de voto.

O pudiera ser por la actualidad de sus constituciones, que en obediencia a la Madre Iglesia, hacen referencia explícita no sólo a su fundamento en la Sagrada Escritura, sino también al vínculo que las une al Magisterio más reciente y al sano espíritu de reforma que ha animado los dos últimos pontificados.

O tal vez sea su propuesta apostólica y pastoral. Aquí habría que pensar en su amplia gama de apostolados: sacerdotes trabajando en territorio de misiones –¡qué poco se habla de ellos! –, o en la formación de seminaristas diocesanos. Sacerdotes inmersos en el mundo de los medios de comunicación o apasionados por el trabajo con  jóvenes y adolescentes; sacerdotes profesores y educadores en colegios y universidades –la gran mayoría–  y otros que en calidad de capellanes acompañan el camino de matrimonios y familias de todas las edades. Sin olvidar a los párrocos, cada vez más numerosos. Por último, están los que trabajan con empresarios ricos (menos mal que el Papa Francisco los incluye dentro de las periferias existenciales y los considera «ricos saciados de bienes pero con el corazón vacío»), o con políticos. Por esto último se les considera elitistas, pero curiosamente bien que nos lamentamos todos por la ausencia de valores cristianos en el mundo político y empresarial. Ironías de la vida.

En fin, buscando más motivos, quizás sea su espiritualidad. Por un lado sencilla, evangélica: Jesús crucificado, con su corazón vivo y latente en el sagrario, sediento de almas; y María, su madre, a la derecha de la cruz (así son las capillas). Por otro, una espiritualidad liberada de cualquier fijación colectiva por otro fundador de la congregación que no sea el mismo Jesucristo.

Pero como dije al inicio, ninguno de estos motivos me acaba de convencer. Hay muchas instituciones, cada una con su nota distintiva, que ofrecen los mismos ideales, la misma gama de posibilidades apostólicas y la mismas líneas de espiritualidad. Luego tendría que haber algo más, un motivo lo suficientemente inteligente, por el cual al Señor se le ocurrió, no solamente dar vida a la Legión en la Iglesia, sino decidirse a no acabar de rematarla cuando, herida de muerte, no le faltaban motivos, también inteligentes, para hacerlo.

Habrá que mirar pues en otra dirección. Tal vez… hacia su historia. Una historia dolorosa, sin precedentes e irrepetible (esperemos) que, guste o no a los legionarios, es parte de su carisma. Y aquí llega la pregunta del millón: ¿Es posible encontrar, precisamente en esa historia, una palabra de Dios, un mensaje que los legionarios estén llamados a comunicar como parte constitutiva de su misión, de su carisma?

Ese mensaje sería para mí, esta vez sí, un motivo lo suficientemente inteligente por el que valga la pena, no sólo entrar o seguir en la Legión, sino estar orgulloso de hacerlo.

 (Continuará)

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